viernes, 2 de diciembre de 2016

No Borders No Nations! (por Marcello Belotti)

Como ciudadano italiano que vive en Barcelona me siento orgánicamente incluido en esta nueva Europa, que no separa, que no construye otras fronteras, sino que lucha para derrumbarlas. Sin lugar a dudas, si Altiero Spinelli estuviese con nosotros, estaría preocupado por el resurgir de movimientos nacionalistas y neofascistas en Europa, que ganan cada vez más terreno, y estaría con nosotros manifestándose en las calles y cantando: No Borders No Nations!



(Intervención de Marcello Belotti en la presentación de Federalistes d’Esquerres en el Parlamento Europeo el 28 de septiembre de 2016)

En 1924, Altiero Spinelli, a quien está dedicado un edificio de este Parlamento, con 17 años, se afilió al Partito Comunista de Italia. Fue el año del asesinato del diputado socialista Giacomo Matteotti a manos de los sicarios de Mussolini.
Entre 1924 y 1927 en Spinelli fue muy activo en la lucha contra la dictadura que se encontraba en fase de ascensión y consolidación.
En 1927 fue arrestado en Milán y se quedó en las cárceles fascistas hasta agosto de 1943, año en que cayó Mussolini:  estuvo preso desde los 20 años hasta los 36 años, seguramente los mejores en la vida de una persona.
Entre 1928 y 1937, además de muchas otras cosas, estudió ruso, español, economía y filosofía; en 1937 fue expulsado del PCI por sus críticas feroces a la dictadura estalinista. En 1976 volvió a reconciliarse con el PCI al presentarse como candidato independiente para el Congreso italiano por el partido de Enrico Berlinguer y siempre por el PCI, en 1979, resultó elegido en las primeras elecciones directas del Parlamento Europeo.
Desterrado forzosamente en las islas de Ponza (1937-1939) y de Ventotene (1939-1943), cerca del golfo de Nápoles, conoció a los más importantes exponentes del antifascismo militante italiano, entre los cuáles figuran Ernesto Rossi y Eugenio Colorni, con quienes luego escribirá el “Manifiesto de Ventotene”. También estaba allí Sandro Pertini, futuro presidente de la República Italiana, aún el más querido de la historia republicana italiana.
En junio de 1941 redactaron el Manifiesto por una Europa Libre y Unida, en el cual plantean crear una Europa políticamente unida e igualitaria para evitar el resurgir de nuevas guerras europeas y de nuevos fascismos.
Me gustaría leer algunos fragmentos:

La línea divisoria entre los partidos progresistas y los reaccionarios recae, por tanto, ya no sobre la línea formal de más o menos democracia, de mayor o menor socialismo a instituir, sino sobre una nueva línea sustancial que separa a los que conciben lo antiguo como propósito esencial de la lucha, es decir, la conquista del poder político nacional y los que consideran como tarea central la creación de un Estado internacional sólido, dirigiendo hacia este objetivo a las fuerzas populares y que, incluso si tienen el poder nacional, lo usarán ante todo como un instrumento para lograr la unidad internacional.
Una Europa libre y unida es la premisa necesaria para el fortalecimiento de la civilización moderna, de la que la era totalitaria representa una interrupción. El fin de esta era reiniciará de inmediato el proceso histórico contra la desigualdad y los privilegios sociales.
La revolución europea, para poder responder a nuestras necesidades, deberá ser socialista, es decir, deberá proponerse la emancipación de la clase obrera y la obtención de condiciones de vida más humanas para ésta (Manifiesto de Ventotene. 1941-44)

Por ello, la federación debe tener el derecho exclusivo de reclutar y emplear a las fuerzas armadas; de llevar a cabo la política exterior; de determinar los límites administrativos de los diversos Estados asociados para satisfacer las necesidades básicas nacionales y de vigilar que no se produzcan injusticias sobre las minorías étnicas; de abolir las barreras proteccionistas y de impedir que se reconstruyan; de emitir una moneda única federal; de garantizar la plena libertad de circulación de los ciudadanos dentro de las fronteras de la federación; de administrar las colonias, es decir, los territorios todavía carentes de vida política autónoma.
La federación debe disponer de un poder judicial federal, de un aparato administrativo independiente del de los Estados individuales, del derecho de recaudar directamente de los ciudadanos los impuestos necesarios para su funcionamiento, de órganos legislativos y de control fundados en la participación directa de los ciudadanos y no en representantes de los Estados federales.
Ésta es, en definitiva, la organización que se puede llamar de los Estados Unidos de Europa, y que es el requisito indispensable para la erradicación del militarismo imperialista.
Pero hace ya mucho que la cultura europea ha superado las mezquinas fronteras nacionales, y tiene ahora un carácter cosmopolita. El nivel más alto de la cultura europea está más allá de cualquier nacionalismo, y está condenado a volverse estéril y desaparecer si Europa sigue por el camino de los nacionalismos, porque este recorrido le quitaría el alimento básico del libre intercambio mundial de ideas, y le impediría ejercer su función natural de mostrar a los Estados menos cultos el camino de la elevación espiritual. La federación europea garantizaría el cosmopolitismo intelectual y la posibilidad de que la alta cultura ejerza su función de guía (Los Estados Unidos de Europa y las diversas tendencias políticas. 1942).

Lejos de desaparecer, el corporativismo se ha convertido en la característica predominante de nuestra época. El corporativismo surge del hecho de que no hay una armonía automática ni espontánea entre los intereses especiales y las necesidades generales de un cierto tipo de civilización.
Para que estas necesidades puedan satisfacerse es necesario establecer normas generales que marquen los límites dentro de los cuales puedan desarrollarse los intereses particulares, y que vayan acompañados de la fuerza suficiente para ser respetados. Cuando la fuerza de los intereses particulares de ciertos individuos o grupos logra romper estas reglas generales e imponer otras en las que sólo cuentan esos intereses, aplastando al resto de la sociedad, dañando y vaciando el modelo de civilización, surge el fenómeno del “corporativismo” (Política marxista y política federalista. 1943).

Lo que decía Spinelli, pese a que hayan pasado más de 70 años, mutatis mutandis, tiene aún una fuerza y una frescura de ideas y propuestas que quizás ni él hubiese podido imaginar.
Nuestra tarea, por tanto, es recuperar esas ideas spinellianas tan vanguardistas y rupturistas de la visión ‘corporativista’ de los estados-nación, actualizándolas por supuesto a nuestros tiempos.
Estoy convencido de que Spinelli hubiese apoyado a los movimientos que hace pocos días se manifestaron en Bruselas contra los tratados económicos TTIP y CETA, y que se hubiese preocupado mucho por el resurgir de movimientos nacionalistas y neofascistas en Europa que en los últimos tiempos han ganando mucho terreno.
También por ello, es necesario que todos los federalistas no se callen, sino al revés que levanten bien fuerte la voz a favor de una Europa unida y social: el federalismo debe entenderse también como un movimiento rotundamente antifascista.
Desde el federalismo, bajo el legado de Spinelli, promovemos una Europa social que se renueve profundamente; en la que se activen mecanismos radicales de democracia participativa; en la que las decisiones tengan su legitimación sólo en el voto popular y no en un grupo reducido de personas; en la que las políticas económicas rescaten a las personas y no a los bancos; en la que los más ricos paguen más impuestos que las clases populares; en la que se fomente un Green New Deal poderoso;en la que las personas extranjeras y extracomunitarias, ya sean migrantes ‘económicos’ o refugiadas puedan encontrar su amparo del hambre, la violencia, y volver a reconstruir una vida de paz y bienestar como ciudadanas y ciudadanos europeos de plenos derechos. Europa, desde siempre, es el resultado de la mezcla, del cruce de culturas, del melting pot en el sentido cultural y también político.
Como ciudadano italiano que ya desde hace muchos años vive en Barcelona, me siento orgánicamente incluido en esta nueva Europa, que no separa, que no construye otras fronteras, sino que lucha para derrumbarlas: recuerdo, a mediados de los ’90, una manifestación muy alegre y divertida en Roma donde se bailaba y cantaba: No borders no nations.
En mi ciudad, Barcelona, se hablan más de 277 idiomas, conviven alrededor de 160 nacionalidades: ésta sí es la Europa que quiero, la de la solidaridad y de la mezcla de culturas y de lenguas.
Por último, como filólogo italiano y traductor de Spinelli al castellano me gustaría referirme a una lingüista estadunidense, Ofelia García, quien en 2014 escribió un libro importante sobre una nueva herramienta para estudiar los usos lingüísticos de las personas bilingües, el de translanguaging o sea una visión dinámica y heteroglósica del bilingüismo que hace hincapié en el hecho de que las prácticas lingüísticas cambian según la situación sociolingüística y no al revés – como muchos nos hacen creer.
El translanguaging se refiere a prácticas discursivas que no pueden asignarse fácilmente a una o a otra lengua sino que son el resultado de la mezcla de las dos; focaliza por tanto la atención sobre el acto del languaging y no sobre un concepto abstracto de la lengua, a menudo definido, construido, a veces incluso inventado por estados-nación, es decir, por esas ‘mezquinas fronteras nacionales’ de las que nos hablaba Altiero Spinelli, y que a través de su legado debemos combatir.
Sí, companyes i companys, sense cap dubte, també l’Altiero Spinelli s’hagués declarat a favor del translanguaging i del plurilingüisme, i hagués estat aquí amb totes i tots nosaltres, i també amb mi en la manifestació de Roma, ballant i cantant: No Borders No Nations!

Vídeo del acto:




martes, 15 de noviembre de 2016

El espacio político del federalismo en Cataluña (por Ramón Máiz)

Ni todos los catalanes que están a favor del proceso quieren lo mismo en cuanto a la acomodación territorial de Cataluña, ni todos los que están en contra desean seguir como están en un Estado de las autonomías. Existe un espacio de comunidad plural, lleno de matices, de ciudadanos y ciudadanas  que esperan soluciones políticas más creativas y flexibles,  menos estáticas. Y existen soluciones viables si se trabaja políticamente de modo adecuado el heterogéneo espacio de confluencia ajeno a la confrontación entre soberanismo español y soberanismo catalán


(Este texto es un extracto de uno de los capítulos de un libro de próxima publicación del que son autores Nieves Lagares y Ramón Máiz)


La asunción generalizada, en el discurso informativo y político de nuestro país, a saber, que “estar a favor del proceso de independencia”, “querer separarse de España” y “ser nacionalista” constituyen un único argumento y significan exactamente lo mismo, ha servido para simplificar y ocultar un debate muy complejo, plural y lleno de matices.
¿Es lo mismo estar a favor del proceso independentista que plantearse una solución territorial del conflicto en el que Cataluña quede fuera del Estado español? ¿Es la secesión la única salida posible? Los datos de una encuesta postelectoral de elaboración propia nos dicen claramente que no.
Mientras la mayoría de los catalanes (49.5%) se declara abiertamente a favor del proceso por la independencia, sólo algo más del 30% es partidario de una solución territorial que contemple una Cataluña independiente del Estado español. Y esta aparente contradicción, que los políticos y los medios de comunicación tienden a pasar por alto, necesita ser explicada desde un análisis y una argumentación algo más profundos y matizados.
El hecho de que sólo el 57.9% de los catalanes que están a favor del proceso de independencia piensen que la mejor solución territorial para Cataluña es su independencia del Estado Español obliga a hacerse dos preguntas. La primera, ¿a qué solución territorial aspiran los catalanes que están a favor del proceso y, sin embargo, no quieren una solución territorial que los coloque fuera del Estado español? La segunda, ¿cuál es el perfil de esos ciudadanos que, estando a favor del proceso, tienen aspiraciones tan diferentes?
A la primera pregunta contestan los propios ciudadanos de forma directa, tal y como vemos en la tabla III. Lo cierto es que un modelo federal satisfaría al 23.6% de estos catalanes que están a favor del proceso de independencia; y que otro 15.1% aspiran a un modelo autonómico con más competencias o con un estatus fiscal equiparable al País Vasco o Navarra.
Dicho de otro modo, casi el 40% de los catalanes que declaran estar a favor del proceso de independencia aspiran a una solución territorial que encaja en el concepto de federalismo adaptativo – plurinacional, no cooperativo, no centralizado, no simétrico.

En el análisis descriptivo de los datos de nuestra investigación se hacen patentes dos factores fundamentales:


  • Que los ciudadanos de Cataluña tienen opciones alternativas, diferentes y plurales a la hora de afrontar el conflicto territorial catalán.
  • Que esas diferencias existen también entre los que están a favor del proceso independentista y que, en este caso, están relacionadas con cuatro factores: (a) la antigüedad (el tiempo) en el sentimiento separatista,  (b) la actuación de los líderes políticos, (c) la relación con los partidos y (d) los temas de campaña. Veámoslos con más detalle.

Efectivamente, los datos nos muestran, de manera contundente, que los catalanes son muy plurales a la hora de hablar de la solución político-territorial más adecuada para Cataluña. Hay quienes quieren construir un Estado catalán independiente del Estado español, hay  quienes desean permanecer en España dentro del actual modelo autonómico, y hay otros, en fin, que quieren permanecer en España pero con cambios de vario relieve. Estos tres grupos básicos no son homogéneos políticamente ni socialmente, pero es cierto que algunos han construido mejor internamente su homogeneidad política que otros.
Reducir el debate a la dicotomía continuismo o ruptura, Autonomía o Independencia, no es más que la muestra del fracaso de una política y unos actores políticos y el correlativo triunfo de otros, porque es evidente que en la ciudadanía hay una pluralidad mayor que las opciones dominantes que están ofertando los políticos, y una complejidad mayor de la que hoy es capaz de abarcar y canalizar una  competición política muy polarizada.
Pero tampoco todos los catalanes, que en medio de esta polarización inmovilismo-separatismo se han sumado al proceso independentista, tienen una lectura homogénea de la solución territorial y mucho menos coincidente con la postura de los independentistas tradicionales. Varios factores están relacionados con la posición de los ciudadanos respecto a la solución territorial que prefieren: la antigüedad (el tiempo) en el sentimiento separatista; la acción de los líderes políticos; la relación con los partidos y los temas de campaña (maltrato e intereses económicos) son algunos de ellos.
Efectivamente, el tiempo desde el que se sienten independentistas los ciudadanos catalanes resulta ser una variable clave para entender su lectura de este sentimiento, de tal modo que parece existir una suerte de independentismo “esencial” y otra de independentismo “estratégico”, los dos igualmente sustantivos (no se trata de una cuestión de intensidad, no hay un “independentismo light”), pero construidos desde anclajes diferentes y, por lo tanto, diversamente susceptibles al diálogo y al encuentro. La diferencia es tan extrema que mientras el 78.5% de los independentistas tradicionales aspiran efectivamente a la solución separatista, en el caso de los nuevos independentistas, los que lo son sólo desde hace un año, este porcentaje se reduce únicamente al 13%.
Apenas un 20% de catalanes independentistas tradicionales aspiran a una solución territorial que suponga permanecer dentro del Estado español. Pero esta cifra crece a casi un 40% cuando nos referimos a los que se reconocen independentistas desde hace más de cinco años; sube a un 45% para los que son independentistas desde hace sólo 5 años; y se eleva a más de un 70% para los que lo son desde hace tres y a casi un 80%  para los que lo son desde hace sólo un año.
Observando los datos, vemos claramente como son las opciones JuntsxSi y CUP, las que acumulan la práctica totalidad de los ciudadanos que quieren una solución territorial que coloque a Cataluña fuera del estado español. Sin embargo, se ve también que incluso en esas opciones electorales, el porcentaje de ciudadanos que opta por la secesión no supera el 60% y son más de un 35% en los dos casos los que aspiran a soluciones alternativas a la separación tout court.




El resto de las opciones partidarias no tienen componente separatista, ni siquiera CatSiqueesPot, pero la pluralidad de opciones respecto a la solución territorial sigue siendo la constante que define a todos estos partidos. Solo en el caso del PP la opción claramente mayoritaria es la de permanecer en el actual estado de las autonomías (53.8%), aunque también aquí, por cierto, cabe  destacar la existencia de un 25% de ciudadanos que preferirían un modelo federal.
El caso de los votantes de Ciudadanos, partido que exhibe la bandera del centralismo y que agrupa a la mayoría de los catalanes que quisieran retornar a un estado centralizado, aunque estos no constituyan más que un 10% de la masa de sus votantes, da muestra de la complejidad política de Cataluña y de las necesidades que tienen tanto los nuevos partidos como los viejos de repensar sus posiciones. Efectivamente, casi la mitad de los votantes de ciudadanos aspiran a una solución territorial que les deje como están actualmente o incluso algunos, una minoría, plantean un retorno a un modelo centralizado. Sin embargo, existe prácticamente otra mitad de votantes que pertenecen a ese tercer grupo heterogéneo que aspira a soluciones federales más flexibles de las que hoy ofrece el panorama político actual.
Un análisis de los datos revela también que los ciudadanos que están a favor del proceso de independencia y optan efectivamente por separarse, esgrimen como razón fundamental de su posición “el maltrato del Estado español a Cataluña”. Pero lo importante no es el motivo en sí mismo, lo importante es que este motivo no es discriminante sino que es común a todos los catalanes que están a favor del proceso, independientemente que opten por la solución territorial separatista o por cualquier otra. Lo cierto, es que la idea del maltrato se ha impuesto entre los catalanes que están a favor del proceso y sólo podremos entender la posición de estos ciudadanos si entendemos los motivos.
El segundo motivo que eligen los catalanes para estar a favor del proceso es la creencia de que el futuro económico de Cataluña es mejor fuera de España. El hecho de que estas sean las dos primeras razones tanto para los que aspiran a separarse efectivamente del estado español, como para todos los grupos que aspiran a una solución alternativa a la actual pero dentro de España, muestra dos cosas: la primera, que los temas estratégicos se han impuesto a los esencialistas y étnico-culturales en los motivos de construcción de la decisión; la segunda, que dichos motivos (temas) estratégicos generan marcos comunes a una inmensa mayoría del pueblo catalán que le permite superar la escisión nacionalistas-no nacionalistas o incluso la de izquierda-derecha


La tabla XI muestra claramente como la idea del maltrato y la de un futuro mejor fuera de España se han impuesto a motivos tradicionales tales como los motivos históricos, el sentimiento antiespañol o incluso el derecho a decidir. Los verdaderos motivos son ahora pragmáticos y estratégicos, y no obligan a los ciudadanos a asumir posiciones esencialistas, lo cual permite la creación de marcos comunes en los que nadie se sienta necesariamente excluido. Y por eso las opciones son tan heterogéneas incluso entre votantes de las mismas fuerzas políticas; y por eso también resulta posible crear y movilizar ese espacio de comunidad nacional entre votantes de opciones políticas tan diferentes. 
En definitiva, pese al innegable crecimiento del independentismo al hilo del proceso, existe un espacio político sustantivo para una acomodación federal adaptativa y flexible- asimétrica y plurinacional- de Cataluña en el Estado español. Pero este es un espacio que, ante la polarización nacionalista entre independentistas e inmovilistas, permanece hasta la fecha huérfano o al menos deficitario de los factores que políticamente han construido con éxito ambas alternativas hegemónicas: discurso, organización y liderazgo.
Ni todos los catalanes que están a favor del proceso quieren lo mismo en cuanto a la acomodación territorial de Cataluña, ni todos los que están en contra desean seguir como están en un Estado de las autonomías recentralizado y resimetrizado. Existe un espacio de comunidad plural, lleno de matices, de ciudadanos y ciudadanas  que esperan soluciones políticas más creativas y flexibles,  menos estáticas. Y existen soluciones viables si se trabaja políticamente de modo adecuado el heterogéneo espacio de confluencia ajeno a la confrontación entre soberanismo español y soberanismo catalán. Aspectos ligados al reconocimiento, al trato justo,  a la negociación y el pacto resultan básicos para dar salida a las expectativas de los catalanes.

Leer el texto completo de Nieves Lagares y Ramón Máiz

 

martes, 1 de noviembre de 2016

Ser o no ser catalán (por Beatriz Silva)

¿Se siente usted tan catalán como español?¿Más español que catalán?¿Más catalán que español? Muchas de las encuestas intentan encasillar a los ciudadanos en unas categorías que no responden a una realidad que se asemeja cada vez más a la retratada por Claudio Magris en El Danubio: una mezcla inseparable de etnias, lenguas y culturas




¿Se siente usted tan catalán como español?¿Más español que catalán?¿Más catalán que español? Muchas de las encuestas que se hacen en Cataluña y en España intentan encasillar a los ciudadanos en unas categorías que cada vez responden menos a nuestra realidad social.
¿Qué tienen que contestar aquellas personas que han nacido en Cataluña pero tienen padres de otros lugares de España, lugares que visitan regularmente, con los que mantienen vínculos y que se sienten también un poco andaluces, vascos o extremeños? Ser ‘español' no es equivalente a ser parte de alguna de estas identidades que en cada una de sus variantes tienen sus propias especificidades y su valor añadido.
¿Qué sucede con los miles de inmigrantes que no han nacido ni en España ni en Cataluña pero han construido sus vidas aquí? Europeos, latinoamericanos, asiáticos o africanos que se han adaptado a las costumbres locales, que aprecian su cocina, que han aprendido las lenguas que se hablan en Cataluña y han hecho de esta tierra su hogar ¿Qué son todas estas personas?¿Qué serán sus hijos que comparten distintas herencias culturales?¿Y los catalanes que han emigrado a otros lugares?¿O los hijos de los que se vieron forzados al exilio y han regresado hablando el catalán con acento extranjero?
¿Qué tendríamos que contestar en estas encuestas los que no nos encontramos en ninguna de estas categorías o lo estamos sólo en parte?
Vivimos en un mundo en que las fronteras cada vez marcan menos la identidad de las personas. La globalización ha tenido como consecuencia que el mundo sea más accesible y que las personas se muevan con mucha más facilidad que hace unas décadas.
Si a mediados del siglo XX ya era imposible poner en Europa unas fronteras que separaran las comunidades que compartían una etnia, una cultura, y una lengua, como magistralmente explica Claudio Magris en su libro El Danubio en el que disecciona la civilización centroeuropea y el peso de las minorías étnicas ¿Es posible hacerlo en pleno siglo XXI?
Magris convierte el río El Danubio en un símbolo de una aspiración pluralista de convivencia entre pueblos en contraposición al exclusivismo del nacionalismo alemán que se siente representado por el Rin. El libro transmite la admiración del autor por la cultura germánica- ‘los alemanes han sido los romanos de Mitteleuropa’, afirma- pero también está impregnado de recelo ante la idealización de los particularismos que luego se convierten en bandera de lucha y que estos días vuelven a hacerse presentes en la proliferación de toda clase de movimientos nacionalistas y xenófobos.
La realidad es que cada vez más territorios dentro y fuera de Europa son el Danubio, una mezcla de etnias, culturas y lenguas que comparten sus tradiciones y enriquecen las sociedades haciéndolas más interesantes, complejas y, por qué no decirlo, más divertidas. La noción de pueblo uniforme no tiene sentido en sociedades que son esencialmente heterogéneas en origen, intereses, creencias y costumbres como nos recuerda Toni Sitges-Serra en un artículo publicado esta semana en El Periódico.

Todas estas encuestas que escarban en la identidad de las personas acaban con una opción anodina, la de ‘no sabe/no contesta’, que es probablemente en la que nos situamos una gran mayoría de ciudadanos que vivimos en Cataluña: no sabemos/no contestamos.

sábado, 22 de octubre de 2016

Cap a una Europa federal (per Silvia López Valentín)

El federalisme no és una solució conjuntural a l'onada nacionalista, no és únicament un tipus d'ordenament territorial o administratiu, sinó que és una cultura, una forma de vida que construïm entre tots i totes cada día mitjançant la globalizació, amb les xarxes socials, els viatges... El federalisme és l'única solució possible per poder garantir la justícia social i la igualtat d'oportunitats per a totes i tots


(Intervenció de Silvia López Valentín a la presentació de Federalistes d’Esquerres al Parlament Europeu)



El que m'agradaria dir es basa, per descomptat, en les meves experiències personals i una petita reflexió sobre la situació política actual europea. Per a mi i per a la meva generació, que hem crescut amb el programa Comenius als instituts, amb el que vam tenir l'oportunitat de viure intercanvis entre estudiants de diferents països europeus. Amb el programa Erasmus, que ens oferia l'oportunitat de viure uns mesos a una ciutat europea introduint-nos a la vida universitària, i sabem que viatjar per Europa, és viatjar per casa nostra, ens desconcerta que l'augment dels sentiments nacionalismes ens obliguin a viure certes situacions quan arribem al "món adult", al moment d'accedir al nostre primer lloc de treball, i us explico per què dic això:
Estarem d'acord en el fet que Europa, avui dia, està sent víctima de grans amenaces que són impossibles d'afrontar des d'una posició nacional. Per a poder afrontar aquests reptes que se'ns presenten, necessitem, entre altres coses, tenir una política fiscal i exterior harmonitzada. Per exemple, mentre les grans transnacionals i el capital puguin moure's d'un país a un altre, sense cap tipus de barreres, instal·lant-se en funció de l'Estat Membre que millors condicions els hi ofereixi, els europeus i les europees mai tindrem la força suficient per a poder reclamar uns drets laborals i civils dignes i justos. Si fóssim capaços de no fer-los el joc als grans capitals, tal com els hi estem fent, permetent-los instal·lar-se a Irlanda perquè paguen pocs impostos i contractar a les persones a Grècia perquè allà els salaris són més baixos, guanyaríem com a classe social, guanyaríem com a humanitat.
A causa d'aquesta situació, les joves, sobretot les del sud d'Europa, ens veiem obligades a competir entre nosaltres, per culpa també d'aquesta tendència de polítiques ultraliberals que van començar als anys vuitanta i que encara no hem sigut capaços de parar i a haver d'establir-nos on el capital decideixi explotar-nos.
Als últims anys, a més, estem sent testimonis d'altres grans problemes que també seran impossibles d'afrontar mentre s'abordin des d'una visió nacional. Estem patint un canvi climàtic contra el qual, òbviament, serà inútil qualsevol mesura que es vulgui prendre des d'un sol país, i també estem presenciant cada dia, pels mitjans de comunicació, la gran crisi humanitària que s'està donant a les portes d'Europa a causa de la gran onada de persones refugiades que busquen un lloc digne i segur on poder viure. Amb les seves vides sembla que estiguem jugant, discutint-nos a quants et toca acollir a tu, o a mi.
Des de fa molts anys, sé que l'únic fi possible per a la Unió Europea és la unió federada dels seus actuals Estats Membres, l'únic possible per a poder seguir evolucionant i poder garantir una vida digna i justa per a totes i tots. Però l'onada de moviments nacionalistes al llarg i ample d'Europa, ens fa trontollar aquest objectiu i, a causa d'això, estem en perill de quedar-nos estancats en aquest procés d'evolució cap a lo federal.
Per finalitzar, m'agradaria remarcar que el federalisme no és una solució conjuntural a l'onada nacionalista, no és únicament un tipus d'ordenament territorial o administratiu, sinó que és una cultura, una forma de vida que construïm entre tots i totes cada dia mitjançant la globalització, amb les xarxes socials, els viatges... El federalisme és l'única solució possible per poder garantir la justícia social i la igualtat d'oportunitats per a totes i tots.

Vídeo de l’acte:

martes, 18 de octubre de 2016

Intervenció de Joan Botella a la presentació de Federalistes d’Esquerres al Parlament Europeu

L’única via de solució a la crisi institucional és la recuperació dels elements federals que procedeixen de les millors tradicions espanyoles. El federalisme no s’ha de concebre com una recepta pre-establerta, com un mer arranjament institucional. El federalisme és, sobretot, un conjunt de valors i un conjunt de propostes d’acció política i legislativa. Pot ser una recepta complexa; però és l’única que està a l’altura dels nostres temps




“Federalistes d’Esquerres” és una associació ciutadana creada el 2012, com a resposta a un doble repte, a una doble insatisfacció: En primer lloc, la constitució d’un govern central a Espanya, presidit pel senyor Rajoy, amb una orientació alhora enormement restrictiva dels drets ciutadans i fortament centralitzadora; i en segon lloc, el sorgiment d’un extens moviment separatista a Catalunya, amb àmplia base social (encara que no majoritària) i amb el suport de les institucions de govern de la comunitat autònoma.
Creiem que tots dos moviments constitueixen respostes errònies i unilaterals a un problema real, com és el de la configuració deficient de les estructures estatals a Espanya. La creació al llarg dels últims 35 anys de l’anomenat “Estat de les Autonomies” no s’ha completat adequadament, i es pot considerar avui com una operació frustrada, en la qual tant l’administració central com els governs regionals competeixen entre si, sense que hi hagi suficients incentius per a l’acord i la cooperació lleial entre els dos nivells de govern.
D’aquí es deriven diverses qüestions: una mala articulació entre el govern central i els governs de les comunitats autònomes; una cultura d’escassa responsabilitat fiscal entre uns i altres (especialment visible en els últims anys, en què l’esforç per reduir la despesa pública ha recaigut només sobre els governs regionals i locals, però no sobre el govern central), la gestió ineficient dels programes i serveis d’infraestructures, concebuts d’una manera centralista pel govern de Madrid, la qual cosa fins i tot ha motivat el retret per part d’institucions de la Unió Europea, i la constant desautorització dels governs locals i regionals, obligats a reduir els seus pressupostos, a seguir les orientacions cada vegada més intervencionistes del govern central i, en definitiva, a veure retallada la seva autonomia.
Davant d’això, creiem que l’única via de solució és la recuperació dels elements federals que procedeixen de les millors tradicions espanyoles, i que en bona part es van veure recollits en la Constitució espanyola de 1978. El federalisme no s’ha de concebre com una recepta pre-establerta, com un mer arranjament institucional. El federalisme és, sobretot, un conjunt de valors i un conjunt de propostes d’acció política i legislativa.
Aquests valors i propostes -reconeixement i respecte recíproc; diàleg; polítiques acordades; govern compartit; descentralització i subsidiarietat; racionalitat política i solidaritat- no poden limitar-se a la política nacional. Es poden i s’han de projectar també a l’àmbit europeu: Les dificultats que avui viu la Unió són filles d’una visió parcial, tancada, insuficientment federal (com mostren el retorn dels nacionalismes, la tecnocràcia, l’allunyament entre ciutadans i institucions, el creixement de la “eurofòbia” en alguns països, etc…)
“Federalistes d’Esquerres” és una associació políticament plural, que reuneix ciutadans d’esquerres, tinguin o no tinguin una identitat de partit més precisa, o fins i tot vinculats a diferents partits polítics. Per això com a associació no prenem partit sobre qüestions concretes de l’actualitat, ni adoptem pronunciaments concrets o propostes d’alternatives precises davant de situacions complexes, com la que ara es dóna a Espanya.
Preferim concentrar-nos en els elements més generals, més propers als valors i als grans principis democràtics i constitucionals, fent difusió i informació pública sobre el federalisme, sobre els seus valors i continguts, i especialment sobre les seves potencialitats com a element d’aproximació, com a metodologia d’abordatge de qüestions candents de la realitat social, com la crisi dels refugiats, les polítiques hidràuliques, els mecanismes de solidaritat, la gestió de la complexitat nacional i cultural o el creixement de les desigualtats socials.
Aquest conjunt d’objectius i valors que els hem presentat han de transformar-se en propostes institucionals i polítiques més precises. El nostre objectiu no és prendre partit, ni tan sols formular de manera precisa aquestes propostes (encara que oferim la nostra col·laboració a les forces que la sol·licitin).
Definim la nostra activitat com una activitat predominantment social, i això en un doble àmbit:
  • En primer lloc, difonent la cultura federal entre els nostres conciutadans: actes de presentació, col·loquis, taules rodones, edicions de materials (com el llibre que veuen), o la preparació d’un film documental que, amb el títol de “FEDERAL”, vol mostrar com el federalisme ha resolt problemes aparentment intractables en territoris tan diversos com els Estats Units, l’Índia, Alemanya, Bèlgica o Sud-àfrica.
  • Convocant a grups de tècnics i experts, per elaborar anàlisis de processos que permetin elaborar ulteriorment propostes, tant en el terreny institucional, com en la formulació de polítiques substantives. Volem mostrar de quina manera una perspectiva federal permet abordar i millorar la resposta política davant molts dels problemes plantejats (com l’acollida de refugiats, la gestió de la crisi ambiental, les negociacions de tractats de comerç internacional, les polítiques de recursos hidràulics, o l’ús de llengües minoritàries, com el català, en les institucions de la Unió).
Per concloure: Creiem que l’estancament, l’hostilitat i la insatisfacció ciutadana que es viuen avui a Catalunya, al conjunt d’Espanya i a la mateixa Unió Europea, només es poden superar des d’una actitud que promogui els valors propis de la tradició federalista. La tradició federal ens ofereix els elements avui necessaris per abordar els nostres problemes: Respecte mutu, participació, diàleg, subsidiarietat, autogovern, i govern compartit. Pot ser una recepta complexa; però és l’única que està a l’altura dels nostres temps, molt més solidària i eficaç que els nacionalismes que hem conegut i patit en el passat. Creiem que el futur és federal; i en aquesta direcció volem treballar.
Moltes gràcies!
Vídeo de l’acte:

sábado, 1 de octubre de 2016

Las naciones, entes o entelequias. Hacia un Estado transubjetivo (por Alberto Marco)

En la actualidad, la política territorial en España está prisionera  de un paradigma –hegemónico hasta el siglo XX– que ya no es capaz de resolver los retos de la gobernanza del Estado en el contexto de la Unión Europea y de la mundialización irreversible. Obviamente este paradigma es la nación y su correlato populista de la soberanía nacional. En los comienzos del Siglo XXI, toda soberanía es ya soberanía compartida y colaborativa y, por supuesto, supraestatal; o sea, de fundamento óptimamente federalizante


Del libro “Las naciones, entes o entelequias (hacia un Estado transubjetivo)” (Editorial Montesinos, 2016)


La concepción general del libro se sustenta en una premisa principal: en un Estado democrático moderno, el fundamento del vínculo común de la ciudadanía constituyente nunca puede ser ni trascendente ni preexistente a la propia sociedad actual –históricamente vigente– que se instituye como Estado de Derecho. Asume esta premisa que todo orden jurídico-político origen de un contrato social entre el Estado y la ciudadanía individual (Ej.: Constitución de 1978) no se basa en argumentos categóricos de carácter esencialista, antecedentes y preeminentes a la propia sociedad vigente en un periodo histórico dado; ya sean discursos nacionalistas vindicadores de presuntos derechos históricos, doctrinas religiosas, ideologías populistas utópicas, propuestas de fundamentación social iusnaturalistas, historicistas o étnico-culturales. Todo lo contrario, el fundamento del contrato social ilustrado, origen de la modernidad democrática actual, se sustenta exclusivamente en los conceptos de “civilidad” y “ciudadanía”, a los que es consubstancial el acervo de los derechos humanos fundamentales; independientemente de las preferencias nacionales, religiosas, ideológicas o culturales individuales.

(…..)

Frente al paradigma del Estado-nación –ya periclitado–, se argumenta y se promueve en este libro la disociación conceptual de estas dos entidades filosófico-políticas, históricamente relacionadas, pero no equiparables en la época actual de mundialización. Una nación, su realidad sociológica, es siempre una entidad intersubjetiva subsumida en el Estado; y ello, precisamente en razón de su carácter identitario: una nación es una experiencia de comunión colectiva, una experiencia ritualizada de exaltación comunitaria plena de simbologías, celebraciones, conmemoraciones, efemérides, héroes y próceres de la patria; todo ello dirigido por una elite o aristocracia nacional que se arroga la misión de regir el acontecer social y político de la nación de acuerdo con unos presuntos designios históricos nacionales; un destino providencial ineluctable protagonizado en el transcurso de la historia por el Pueblo en el que –literalmente– se encarnan la identidad y el espíritu colectivo nacionales. Es, por tanto, una entelequia.

Identitario implica además que una nación deriva de una experiencia individual intensamente emotiva que se manifiesta como “sentimiento de pertenencia” a la comunidad nacional. Por esa razón, la adscripción individual al ideario de una nación es resultado de una elección subjetiva estrictamente personal y, coherentemente, tal sentimiento de pertenencia comunitaria e identificación a un colectivo nacional no puede ni debe predicarse en absoluto de quien libremente no desea adscribirse a dicha comunidad. Como afirma Félix Ovejero, una persona que no “siente” su pertenencia a una nación, por definición, no pertenece a ella ¿Y pierde entonces la condición de ciudadanía? En absoluto, porque la condición legal y administrativa de ciudadanía nada tiene que ver con el atributo de nacionalidad, el cual sólo debería ser considerado contingente y circunstancial –por electivo– a efectos jurídico-políticos.

Así pues, una nación siempre está sociológicamente subsumida en el Estado pero no es Estado en sí misma, ya que la pertenencia a una comunidad nacional es una prerrogativa volitiva individual que sólo se hace efectiva mediante el ejercicio del derecho básico de la libertad de elección, pero no tiene carácter jurídico-administrativo o político intrínseco. Congruentemente, si la adscripción a un colectivo nacional tiene un carácter personal y opcional, la “pertenencia” a una nación, en cuanto prerrogativa individual, ni es susceptible de represión (a quien lo desea) ni de imposición (a quien no lo desea).

(…..)

Las personas, en razón del psiquismo humano, se identifican con aquello que constituye el fundamento de sus querencias y sus creencias y, por tanto, con todo aquello a lo que aspiran y anhelan. Y esa identificación deviene indefectiblemente en fundamento de su carácter social, no en cuanto atributo contingente de su carácter, sino como rasgo esencial de su personalidad social. Como muy lucidamente estableciera Erich Fromm, la religiosidad natural –anhelo de trascendencia– consubstancial al modo de ser humano tiende a definir siempre un “objeto de devoción” sobre el que proyectar su anhelo de felicidad utópica, y ese objeto de devoción modula y modela su carácter, “porque somos aquello a lo que nos consagramos, y a lo que nos consagramos motiva nuestra conducta”. De manera que una vez instaurado un objeto de devoción colectiva, consecuentemente, las personas “deseen hacer lo que deben hacer” según lo establecido por el código de devoción comunitario. Nótese que este objeto de devoción, si logra transubstanciarse en “nación” como resultado de un discurso social y cultural hegemónico, devendrá entonces espontáneamente en experiencia identitaria nacionalista pseudoreligiosacolectiva. Reflexiones todas ellas también coincidentes con el pensamiento humanista de Carlos Marx cuando asevera que "no es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, es el ser social lo que determina su conciencia" (Contribución a la crítica de la economía política. Prólogo).

(…..)

Civilidad, civismo, ciudadanía, cívico no significan lo mismo que nacionalidad, nacionalismo, nación o nacional; ni tan siquiera equivalen a Pueblo, patria o patriotismo. A diferencia de los primeros, que aluden a un sujeto político de derecho individual, una patria o una nación siempre requieren de una elite social que la defina y la regule; que la usufructúe a mayor gloria de sus intereses estamentales. Y esas élites son invariablemente aristocracias nacionales creadoras de un discurso colectivo cultural e histórico mitificado que se autoarroga la detentación del poder –si hegemónico, mejor– y la soberanía política; todo ello en nombre de la nación.

Frente a toda esta mistificación se argumenta en este libro que la soberanía es y sólo puede ser –éticamente– individual. La soberanía es atributo individual y no colectivo porque es connatural e inherente a la dignidad humana primordial, razón por la cual se instituye como atributo ínsito de la ciudadanía. De acuerdo con ello, la soberanía no puede ni debe ser atribuida en ningún caso a una entidad intersubjetiva conceptuada como “nación”, ni tampoco a un territorio definido categóricamente como “nacional”. Porque el carácter de la entidad histórico-cultural que se denomina “nación” es, por su propia naturaleza, preexistente y subsistente al Estado vigente con el que se pretende identificar;  o sea, de carácter pre-político y pre-constitucional. Y, también, aunque pueda sorprender en primera instancia, a-histórico, porque su esencia es por definición –y devoción– intemporal, y aun inmutable e incuestionable en tanto discurso o metarrelato intersubjetivo colectivo mitificado y utópico.

La entidad real que gestiona la soberanía constituyente y ejerce legítimamente la actividad política es el Estado, siendo este último, por definición y por precaución, contingente, mutable y estrictamente temporal, puesto que tiene una fecha fundacional concreta e inequívoca (en el caso de España la Constitución de 1978). Y tampoco le es extraña a un Estado la posibilidad de su potencial caducidad o acabamiento si la ciudadanía soberana instituye un nuevo periodo constituyente que substituya y suceda al anterior (Ej.: la República francesa). Pero se argumenta reiteradamente en este libro que una nación, cualquiera de ellas: española, catalana, vasca, gallega… no debería tener en puridad entidad jurídico-política legitimada constitucionalmente; ni tampoco ser sujeto de soberanía, porque la soberanía política es inherente al consenso de la ciudadanía constituyente del Estado democrático en cada periodo histórico, pero ni deriva ni es inmanente a una nación, en tanto que entidad pre-existente y trascendente al propio Estado democráticamente constituido. Una nación sólo es inteligible como concepción sociocultural e histórica, pero en absoluto como entidad equivalente o equiparable a un Estado democrático constitucional.  

(…..)

¿Cuál es el verdadero demos, la “nación” o la “ciudadanía”?

La significación del paradigma “nación” sólo es inteligible políticamente si se acepta su equiparación conceptual al Estado; ese y no otro es el desiderátum de toda ideología nacionalista; ese es el problema esencial de lo que se denomina el debate territorial en España actualmente. Pero este hecho, sociológicamente incuestionable, en absoluto avala la equivalencia entre los conceptos “nación” y “ciudadanía”; paradigmas ambos pertenecientes a diferente categoría formal y conceptual: libremente opcional la primera; de iure la segunda. Vinculada por un sentimiento emocional de pertenencia a un colectivo identitario la primera; objeto de acatamiento legal constitucional y democrático la segunda. De carácter histórico-cultural sociológico la primera; inapelablemente jurídico-política la segunda. Socialmente intersubjetiva la primera; políticamente transubjetiva la segunda.

Todo esto implica que, por su propia naturaleza, el refrendo social de una nación no aporta necesariamente legitimidad ni soberanía política a una ideología nacionalista, simplemente constata el refrendo sociológico del ideario nacional en cuestión, porque la existencia de cualquier nación es tan real como relativa; explicitada precisamente por el correspondiente refrendo social que suscita. Las naciones existen y tiene una realidad inequívoca porque existentes, reales y soberanas son las personas que se identifican con ellas. Pero carece de sentido el planteamiento de un referéndum sobre presupuestos teóricos que justifiquen y legitimen la equiparación jurídico-política de los paradigmas “nación” y “Estado”: son realidades intercurrentes pero diferentes. Ahora bien, desde instancias de un Estado democrático y de acuerdo con la legislación constitucional que la avale, siempre es posible plantear un referéndum de autodeterminación-independencia, como lo demuestran los ejemplos de Escocia y Quebec. Pero vindicar y exigir un referéndum de independencia justificándolo mediante la premisa de que “una nación –por el mero hecho de serlo– tiene derecho a decidir” (Ej.: DUI), no es ni éticamente procedente, ni legal jurídicamente, ni legítimo políticamente.



miércoles, 14 de septiembre de 2016

El sueño europeo de Altiero Spinelli (por Beatriz Silva)

Cuesta imaginar como Spinelli soñó una Europa unida y sin fronteras en medio de la extrema violencia de la II Guerra Mundial. Sus propuestas cobran actualidad en un momento en que el proyecto europeo aparece amenazado por la crisis del euro, la incapacidad de hacer frente a la presión migratoria y el avance de los nacionalismos y la ultraderecha xenófoba


El Manifiesto de Ventotene (Ediciones La Lluvia)
Un comunista italiano, Altiero Spinelli, fue capaz de imaginar en 1941, cuando el continente se desangraba por la guerra, una Europa libre y unida, sin fronteras, solidaria y garante de los derechos de las personas. Su sueño nació en un penal de la Isla de Ventotene, en el golfo de Nápoles, donde le había recluido la dictadura fascista de Benito Mussolini.
Entre los muros de la cárcel de Santo Stefano, frente al Mar Tirreno, Spinelli redactó el Manifiesto de Ventotene, un texto que sentó las bases del movimiento federalista y europeísta que sería decisivo en la creación de lo que hoy conocemos como Unión Europea. En su redacción, colaboraron otros dos intelectuales italianos que compartían confinamiento con Spinelli: Ernesto Rossi y Eugenio Colorni.
El Manifiesto propone la formación de una Federación supranacional europea que imposibilite una nueva guerra y que ponga fin a los Estados nación a los que Spinelli y sus compañeros responsabilizaban de la extrema violencia que vivía el continente. La primera versión del texto, que se tituló il Manifesto per un’Europa libera ed unita, fue escrito en papel de fumar, a escondidas, y guardado en el doble fondo de una caja. De alguna forma llegó a manos de la Resistencia Italiana donde comenzó a circular hasta que en 1943 fue asumido como programa político del Movimiento Federalista Europeo fundado en agosto de ese año.
Coincidiendo con su 75 aniversario, el Manifiesto de Ventotene ha sido publicado por primera vez en castellano por Ediciones La Lluvia. La obra, traducida por Marcello Belotti, incluye además del Manifiesto, dos ensayos posteriores de Altiero Spinelli, ‘Los Estados Unidos de Europa y las diversas tendencias políticas’ y ‘Política marxista y política federalista’, además del prefacio original de Eugenio Colorni.
Esta versión del Manifiesto de Ventotene es la que fue revisada por sus autores y publicada clandestinamente en Roma en 1944 cuando la ciudad se encontraba aún ocupada por los nazis.
Altiero Spinelli, Eugenio Colorni y Ernesto Rossi
Cuesta imaginar como Altiero Spinelli consiguió soñar una Europa distinta en un momento en que la extrema violencia de la II Guerra Mundial tenía sumido al continente en una carnicería que parecía no tener fin.
Eugenio Colorni da pistas al respecto en su prefacio en el que apunta a la rígida disciplina de la cárcel y a la lejanía de la vida política activa como motores de “un proceso de revisión de los problemas que habían constituido el motivo mismo de la acción llevada a cabo y de la actitud tomada en la lucha”.
Y añade: “se abrió camino en la mente de algunos, la idea central de que la contradicción esencial responsable de las crisis, de las guerras, de las miserias y de las explotaciones que afligen a nuestra sociedad es la existencia de estados soberanos geográfica, económica y militarmente identificados, que consideran a los demás estados como competidores y enemigos potenciales”.
La necesidad de superar el Estado nación se encuentra en la base de la propuesta federalista del Manifiesto de Ventotene en la que se afirma que el Estado nación “sólo piensa en su propia existencia y su propio desarrollo, (…), se siente amenazado por el poder de los demás y considera que su ‘espacio vital’ es un territorio cada vez más basto”.
El texto analiza en profundidad esta cuestión y subraya que incluso los tiempos de paz son asumidos por los Estados nación como “pausas para preparar las siguientes guerras” donde predomina la voluntad de dominio y hegemonía del más fuerte en vez de la cooperación y el bien común.

Coincidiendo con su 75 aniversario, el Manifiesto de Ventotene ha sido publicado por primera vez en castellano por Ediciones La Lluvia


Penal de Santo Stefano en Ventotene donde estuvo recluido Spinelli
¿Qué propone el Manifiesto de Ventotene?
Básicamente un ejército único federal, unidad monetaria, abolición de las barreras aduaneras y de las restricciones a la inmigración entre los Estados que pertenecen a la Federación, representación directa de los ciudadanos en las asambleas federales y una política exterior única.
En uno de los ensayos incluidos en la obra de Ediciones La Lluvia, Spinelli desarrolla con más profundidad las competencias que debería tener la federación y apunta a “vigilar que no se produzcan injusticias sobre las minorías étnicas; abolir las barreras proteccionistas, emitir una moneda única federal y garantizar la plena libertad de circulación de los ciudadanos dentro de las fronteras de la federación”.
Las propuestas de Altiero Spinelli cobran actualidad en un momento en que el proyecto europeo aparece amenazado por la crisis del euro, la incapacidad de los países miembros de hacer frente a la presión migratoria y el avance de los nacionalismos y la ultraderecha xenófoba. Sus recetas, surgidas entonces para blindar al continente de los nacionalismos que habían conducido a las dos grandes guerras, siguen siendo vigentes para los problemas del siglo XXI.
Tras el fin de la guerra, Spinelli continuó luchando para convertir Europa en una federación y lo hizo trabajando como activista pero también como comisario europeo (1970-1976) y eurodiputado (1979-1984).
Altero Spinelli interviniendo en el Parlamento Europeo
En 1984, Altiero Spinelli recordaba desde su escaño del Parlamento Europeo que “o se construye seriamente esta unidad o el proyecto Europa está llamado a una muerte segura y con consecuencias muy graves”. Y subrayaba: “no hay que olvidar que Europa nació como la unidad de una serie de Estados enemigos para poder convivir entre ellos, Estados que consideraban a sus vecinos como enemigos potenciales. Si por desgracia se derrumbase la idea de crear la unidad europea se volvería irremediablemente a las luchas intestinas de antaño”. Tenía 76 años y moriría dos años después.
En un artículo anexo de esta edición del Manifiesto de Ventotene, Pablo Faura y Domènec Devesa, presidente y vicepresidente de UEF España, analizan la parte de las propuestas de Spinelli que se han materializado y las que siguen pendientes y apuntan a la plena federalización de la toma de decisiones- el fin de los vetos nacionales en el ámbito del Consejo Europeo- y la unificación de la política exterior y de seguridad como las más importantes.
Y destacan una cuestión primordial: Spinelli y los otros impulsores del federalismo europeo consideraron la federación europea sólo como el primer paso para alcanzar la unión política mundial, verdadera garantía de la paz internacional y del progreso de la sociedad. El sueño federalista de Spinelli no estaba reservado sólo para los europeos sino para toda la humanidad.