viernes, 2 de diciembre de 2016

No Borders No Nations! (por Marcello Belotti)

Como ciudadano italiano que vive en Barcelona me siento orgánicamente incluido en esta nueva Europa, que no separa, que no construye otras fronteras, sino que lucha para derrumbarlas. Sin lugar a dudas, si Altiero Spinelli estuviese con nosotros, estaría preocupado por el resurgir de movimientos nacionalistas y neofascistas en Europa, que ganan cada vez más terreno, y estaría con nosotros manifestándose en las calles y cantando: No Borders No Nations!



(Intervención de Marcello Belotti en la presentación de Federalistes d’Esquerres en el Parlamento Europeo el 28 de septiembre de 2016)

En 1924, Altiero Spinelli, a quien está dedicado un edificio de este Parlamento, con 17 años, se afilió al Partito Comunista de Italia. Fue el año del asesinato del diputado socialista Giacomo Matteotti a manos de los sicarios de Mussolini.
Entre 1924 y 1927 en Spinelli fue muy activo en la lucha contra la dictadura que se encontraba en fase de ascensión y consolidación.
En 1927 fue arrestado en Milán y se quedó en las cárceles fascistas hasta agosto de 1943, año en que cayó Mussolini:  estuvo preso desde los 20 años hasta los 36 años, seguramente los mejores en la vida de una persona.
Entre 1928 y 1937, además de muchas otras cosas, estudió ruso, español, economía y filosofía; en 1937 fue expulsado del PCI por sus críticas feroces a la dictadura estalinista. En 1976 volvió a reconciliarse con el PCI al presentarse como candidato independiente para el Congreso italiano por el partido de Enrico Berlinguer y siempre por el PCI, en 1979, resultó elegido en las primeras elecciones directas del Parlamento Europeo.
Desterrado forzosamente en las islas de Ponza (1937-1939) y de Ventotene (1939-1943), cerca del golfo de Nápoles, conoció a los más importantes exponentes del antifascismo militante italiano, entre los cuáles figuran Ernesto Rossi y Eugenio Colorni, con quienes luego escribirá el “Manifiesto de Ventotene”. También estaba allí Sandro Pertini, futuro presidente de la República Italiana, aún el más querido de la historia republicana italiana.
En junio de 1941 redactaron el Manifiesto por una Europa Libre y Unida, en el cual plantean crear una Europa políticamente unida e igualitaria para evitar el resurgir de nuevas guerras europeas y de nuevos fascismos.
Me gustaría leer algunos fragmentos:

La línea divisoria entre los partidos progresistas y los reaccionarios recae, por tanto, ya no sobre la línea formal de más o menos democracia, de mayor o menor socialismo a instituir, sino sobre una nueva línea sustancial que separa a los que conciben lo antiguo como propósito esencial de la lucha, es decir, la conquista del poder político nacional y los que consideran como tarea central la creación de un Estado internacional sólido, dirigiendo hacia este objetivo a las fuerzas populares y que, incluso si tienen el poder nacional, lo usarán ante todo como un instrumento para lograr la unidad internacional.
Una Europa libre y unida es la premisa necesaria para el fortalecimiento de la civilización moderna, de la que la era totalitaria representa una interrupción. El fin de esta era reiniciará de inmediato el proceso histórico contra la desigualdad y los privilegios sociales.
La revolución europea, para poder responder a nuestras necesidades, deberá ser socialista, es decir, deberá proponerse la emancipación de la clase obrera y la obtención de condiciones de vida más humanas para ésta (Manifiesto de Ventotene. 1941-44)

Por ello, la federación debe tener el derecho exclusivo de reclutar y emplear a las fuerzas armadas; de llevar a cabo la política exterior; de determinar los límites administrativos de los diversos Estados asociados para satisfacer las necesidades básicas nacionales y de vigilar que no se produzcan injusticias sobre las minorías étnicas; de abolir las barreras proteccionistas y de impedir que se reconstruyan; de emitir una moneda única federal; de garantizar la plena libertad de circulación de los ciudadanos dentro de las fronteras de la federación; de administrar las colonias, es decir, los territorios todavía carentes de vida política autónoma.
La federación debe disponer de un poder judicial federal, de un aparato administrativo independiente del de los Estados individuales, del derecho de recaudar directamente de los ciudadanos los impuestos necesarios para su funcionamiento, de órganos legislativos y de control fundados en la participación directa de los ciudadanos y no en representantes de los Estados federales.
Ésta es, en definitiva, la organización que se puede llamar de los Estados Unidos de Europa, y que es el requisito indispensable para la erradicación del militarismo imperialista.
Pero hace ya mucho que la cultura europea ha superado las mezquinas fronteras nacionales, y tiene ahora un carácter cosmopolita. El nivel más alto de la cultura europea está más allá de cualquier nacionalismo, y está condenado a volverse estéril y desaparecer si Europa sigue por el camino de los nacionalismos, porque este recorrido le quitaría el alimento básico del libre intercambio mundial de ideas, y le impediría ejercer su función natural de mostrar a los Estados menos cultos el camino de la elevación espiritual. La federación europea garantizaría el cosmopolitismo intelectual y la posibilidad de que la alta cultura ejerza su función de guía (Los Estados Unidos de Europa y las diversas tendencias políticas. 1942).

Lejos de desaparecer, el corporativismo se ha convertido en la característica predominante de nuestra época. El corporativismo surge del hecho de que no hay una armonía automática ni espontánea entre los intereses especiales y las necesidades generales de un cierto tipo de civilización.
Para que estas necesidades puedan satisfacerse es necesario establecer normas generales que marquen los límites dentro de los cuales puedan desarrollarse los intereses particulares, y que vayan acompañados de la fuerza suficiente para ser respetados. Cuando la fuerza de los intereses particulares de ciertos individuos o grupos logra romper estas reglas generales e imponer otras en las que sólo cuentan esos intereses, aplastando al resto de la sociedad, dañando y vaciando el modelo de civilización, surge el fenómeno del “corporativismo” (Política marxista y política federalista. 1943).

Lo que decía Spinelli, pese a que hayan pasado más de 70 años, mutatis mutandis, tiene aún una fuerza y una frescura de ideas y propuestas que quizás ni él hubiese podido imaginar.
Nuestra tarea, por tanto, es recuperar esas ideas spinellianas tan vanguardistas y rupturistas de la visión ‘corporativista’ de los estados-nación, actualizándolas por supuesto a nuestros tiempos.
Estoy convencido de que Spinelli hubiese apoyado a los movimientos que hace pocos días se manifestaron en Bruselas contra los tratados económicos TTIP y CETA, y que se hubiese preocupado mucho por el resurgir de movimientos nacionalistas y neofascistas en Europa que en los últimos tiempos han ganando mucho terreno.
También por ello, es necesario que todos los federalistas no se callen, sino al revés que levanten bien fuerte la voz a favor de una Europa unida y social: el federalismo debe entenderse también como un movimiento rotundamente antifascista.
Desde el federalismo, bajo el legado de Spinelli, promovemos una Europa social que se renueve profundamente; en la que se activen mecanismos radicales de democracia participativa; en la que las decisiones tengan su legitimación sólo en el voto popular y no en un grupo reducido de personas; en la que las políticas económicas rescaten a las personas y no a los bancos; en la que los más ricos paguen más impuestos que las clases populares; en la que se fomente un Green New Deal poderoso;en la que las personas extranjeras y extracomunitarias, ya sean migrantes ‘económicos’ o refugiadas puedan encontrar su amparo del hambre, la violencia, y volver a reconstruir una vida de paz y bienestar como ciudadanas y ciudadanos europeos de plenos derechos. Europa, desde siempre, es el resultado de la mezcla, del cruce de culturas, del melting pot en el sentido cultural y también político.
Como ciudadano italiano que ya desde hace muchos años vive en Barcelona, me siento orgánicamente incluido en esta nueva Europa, que no separa, que no construye otras fronteras, sino que lucha para derrumbarlas: recuerdo, a mediados de los ’90, una manifestación muy alegre y divertida en Roma donde se bailaba y cantaba: No borders no nations.
En mi ciudad, Barcelona, se hablan más de 277 idiomas, conviven alrededor de 160 nacionalidades: ésta sí es la Europa que quiero, la de la solidaridad y de la mezcla de culturas y de lenguas.
Por último, como filólogo italiano y traductor de Spinelli al castellano me gustaría referirme a una lingüista estadunidense, Ofelia García, quien en 2014 escribió un libro importante sobre una nueva herramienta para estudiar los usos lingüísticos de las personas bilingües, el de translanguaging o sea una visión dinámica y heteroglósica del bilingüismo que hace hincapié en el hecho de que las prácticas lingüísticas cambian según la situación sociolingüística y no al revés – como muchos nos hacen creer.
El translanguaging se refiere a prácticas discursivas que no pueden asignarse fácilmente a una o a otra lengua sino que son el resultado de la mezcla de las dos; focaliza por tanto la atención sobre el acto del languaging y no sobre un concepto abstracto de la lengua, a menudo definido, construido, a veces incluso inventado por estados-nación, es decir, por esas ‘mezquinas fronteras nacionales’ de las que nos hablaba Altiero Spinelli, y que a través de su legado debemos combatir.
Sí, companyes i companys, sense cap dubte, també l’Altiero Spinelli s’hagués declarat a favor del translanguaging i del plurilingüisme, i hagués estat aquí amb totes i tots nosaltres, i també amb mi en la manifestació de Roma, ballant i cantant: No Borders No Nations!

Vídeo del acto:




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