viernes, 19 de junio de 2015

¿Quién es el siguiente? (por Mireia Esteva)

Nacionalismo y federalismo se anteponen en sus principios básicos: mientras el nacionalismo trata de homogeneizar la sociedad, eliminando la diferencia a costa de la misma libertad individual, el federalismo parte del respeto a esta diferencia y genera convivencia y libertad para los individuos que la integran


Las verdades absolutas son conceptos que se aceptan emocionalmente sin razonamiento. Los individuos que se sienten imbuidos por este tipo de ideas se creen portadores de la verdad y son impermeables a las ideas de los demás e incapaces de negociar. Simplemente sienten que son incompatibles, tienen necesidad de separarse, de no contaminarse y, si pueden, de imponer su voluntad a los demás.



Los individuos que están convencidos con ideas irracionales "verdaderas" suelen tener características autoritarias y son poco democráticos. Se instituyen como vanguardias revolucionarias organizadoras del pueblo; utilizan la democracia para llegar al poder, pero no creen en ella: el derecho a decidir es válido mientras es movilizador; se presentan a las elecciones para ejercer determinados cargos y toman decisiones al margen de las competencias para las que han sido elegidos; hacen declaraciones unilaterales cuando ostentan el poder o cambian las constituciones, independientemente de los votos obtenidos durante el proceso; adecuan el relato de la realidad a sus creencias; se creen con derecho a adoctrinar a los niños de todos con sus verdades; excluyen de su sociedad a los diferentes y los despojan de derechos y muchas cosas más. Pero son atractivos para la gente, ya que los que forman parte del grupo se sienten parte de algo extraordinario, hacen historia cada día de su vida o trabajan activamente para su redención futura. De ejemplos, nuestra realidad nos provee generosamente todos los días.
Cualquiera que quiera negociar de buena fe con ellos, acabará cediendo irremediablemente. Cuando llegue al final del proceso observará con sorpresa que se ha situado en la agenda del otro y que el contrincante apenas se ha movido de su posición inicial. Habrá sido simplemente un útil compañero de viaje o un "dudoso" que no se ha dejado convencer.
Así es el nacionalismo y no hay nada de transversal en él. Por definición, y porque es portador de la verdad, no es negociador. Por ello, cualquier pacto o proceso de negociación que se quiera hacer de buena fe con el nacionalismo excluyente acabará situado en la agenda nacionalista, no en el punto intermedio como sería de esperar. Por eso al nacionalismo no le gusta el federalismo, porque el federalismo significa reconocimiento y aceptación del otro, solidaridad, pacto y respeto a las reglas del juego pactadas.  Nacionalismo y federalismo se anteponen en sus principios básicos: mientras el nacionalismo trata de homogeneizar la sociedad, eliminando la diferencia a costa de la misma libertad individual, el federalismo parte del respeto a esta diferencia y genera convivencia y libertad para los individuos que la integran.  Ante la globalización, cada vez las sociedades son más complejas y los problemas más globales, existiendo fuertes corrientes federalizantes para resolver los problemas que nos atañen a todos. El nacionalismo, al negar la diversidad y evitar “contaminarse”, va contracorriente y lo único que puede generar son sociedades cerradas al intercambio, autoritarias y culturalmente empobrecidas.
El nacionalismo genera sociedades divididas, establece fronteras con el diferente y es expansionista con el similar absorbible. La historia nos ha enseñado que el nacionalismo más excluyente se sienta a la mesa a negociar y luego boicotea los resultados, ya que su objetivo en la negociación es, únicamente, rebajar las expectativas del contrincante. Sólo hay que recordar el comportamiento de ERC durante la negociación y su abstención en el referéndum del Estatuto de Cataluña.
Nuestra historia reciente nos vuelve a demostrar que los partidos políticos que se han dejado influir por la retórica nacionalista, han terminado divididos y desmovilizados, con la mitad de sus componentes en el terreno del otro. Esta es la realidad y si las fuerzas políticas no lo quieren ver, peor nos irá a todos.
En Cataluña, el PP tras las últimas elecciones parece desaparecer del mapa, Ciutadans tenía su techo marcado hasta que ha salido hacia España, Convergencia tiene dificultades para sobrevivir desde que tuvo la idea de tener como socio a los mejores unilaterales, los partidos históricos de izquierdas están divididos o desangrados, en plena discusión, absorbidos o escondidos en otros siglas, y los nuevos ya han mordido el anzuelo, aunque sigan convencidos de que buenamente pueden dominar la situación. Después del pasado domingo UDC, el mejor socio de Convergencia ya se partió en dos con una pregunta constitucionalista en un partido que desde su fundación ha sido constitucionalista por definición. Algunos políticos elegidos por UDC para participar en el gobierno de la federación ya juegan en el terreno del otro. ¿Quién será el siguiente?

viernes, 12 de junio de 2015

Ada, no te equivoques (Por Francisco Morente Valero)

BComú no se presentó con un programa independentista ni en el que se plantease la posibilidad de apoyar esa opción, al menos, no sin una consulta ciudadana previa. No se entiende que Ada Colau haya declarado ahora que participará en la manifestación del 11 de septiembre como alcaldesa. La manifestación del 11S será por la independencia y ella estará representando a toda la ciudadanía de Barcelona, también los cientos de miles que se oponen 



Fueron los partidos independentistas, y muy especialmente Convergència Democràtica de Catalunya (CDC) y Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), quienes plantearon las elecciones municipales en términos de primera vuelta del 27S. El President Mas lo dejó meridianamente claro el viernes anterior a la votación cuando afirmó que, sin Barcelona en manos de un independentista, el proceso lo tendría difícil para salir adelante (“no ens en sortirem”). Era un descarado intento de atraer el voto útil independentista hacia Xavier Trias, pero reflejaba también algo que muchos comentaristas habían indicado en las semanas previas: la batalla de Barcelona era decisiva, porque sin Barcelona el “proceso” tendría plomo en las alas. Pues bien, la llamada de Mas no surtió efecto y Barcelona no va a estar en manos de quienes impulsan el proceso independentista catalán. ¿O sí? Veamos.
Barcelona en Comú (BComú) se presentó a las elecciones con una posición aparentemente clara en lo relativo a la cuestión nacional: defensa del derecho a decidir, y, en su caso, convocatoria de una consulta ciudadana para decidir si la ciudad debe incorporarse o no a la Associació de Municipis per la Independència. En el programa no había ni una sola referencia a que BComú apoyase (o rechazase) la independencia y, desde luego, por ningún lado salía que se iba a apoyar (ni tan solo plantearse hacerlo) el “full de ruta” firmado por CDC, ERC, la Assemblea Nacional Catalana (ANC) y Òmnium Cultural. Todo el mundo sabía, por otra parte, que BComú era el resultado de la confluencia de partidos y grupos políticos diversos, algunos federalistas y otros independentistas. La propia Ada Colau había confesado haber votado Sí-Sí el 9N, pero también no ser independentista. No son dos afirmaciones muy coherentes entre sí, pero dejo esa cuestión para otro momento, porque ahora me interesa otra cosa.
Lo que se deriva del párrafo anterior es que BComú no se presentó con un programa independentista ni en el que se plantease la posibilidad de apoyar esa opción (al menos, no sin una consulta ciudadana previa) De hecho, si se mira el programa de BComú, y sobre todo sus puntos prioritarios, se verá claramente que la cuestión nacional y, más específicamente, la de la independencia no ocupan un lugar relevante. El eje que permitió construir BComú fue el social, y la solución a las discrepancias sobre la cuestión nacional entre los diferentes componentes de la plataforma electoral fue la que se ha indicado más arriba.
Pero en la hora de los pactos, resulta que los votos de ERC en el consistorio son esenciales para hacer alcaldesa a Ada Colau y, especialmente, para poder gobernar los próximos cuatro años. Y ERC planteó, como condición sine qua non para su apoyo a Colau, que esta y su grupo se pronunciasen inequívocamente por la independencia. En un primer movimiento defensivo, pero que deja bien claro dónde está la hegemonía política en este momento en Cataluña, Colau declaró que ellos no serían un obstáculo para el “proceso”. En realidad, con ello ya fue un paso más allá de su compromiso electoral, porque el “proceso” ya no es el derecho a decidir, sino la independencia. Y si alguien declara que no solo no va a ser un obstáculo para el “proceso”, sino que va a ser, incluso, como afirmó poco después la propia Colau, su mejor aliado, entonces está colocándose en una posición donde, en mi opinión, la inmensa mayoría de sus electores no pretendía que se colocase cuando depositó su papeleta en la urna.

El voto joven que se estrenó en estas elecciones y el proveniente de sectores tradicionalmente abstencionistas, no parece que vibre demasiado con la exhibición de esteladas ni con las concentraciones masivas como la que se anuncia para el 11S en la Meridiana


Unos días después del órdago de ERC y de esas declaraciones poco tranquilizadoras para muchos de sus votantes, Ada Colau ofreció la imagen que esperaban de ella quienes habían dado su confianza a la candidatura que encabezó: fidelidad al programa y cumplimiento del mismo hasta allí donde las circunstancias lo permitan. Eso fue lo que hizo al rechazar la exigencia de ERC con el argumento de que BComú no había contemplado en su programa la incorporación a la hoja de ruta patrocinada por Mas y Junqueras. No ha pasado ni una semana de esta razonable argumentación, y Ada Colau vuelve a sembrar dudas sobre qué hará un Ayuntamiento encabezado por ella en relación con un posible proceso unilateral de independencia en Cataluña. Un nuevo cambio de posición que, junto a otros que se han producido en las últimas semanas en otros temas, pudiera llevar a pensar que a Ada le falta políticamente un hervor (en el mejor de los casos) o que (en el peor) para ella eso de los principios es relativo y que, como hubiera dicho el gran Groucho, si no nos gustan esos, tiene otros.
De otra manera no se entiende que, tras reunirse este lunes con los líderes de la ANC y de Òmnium, haya declarado que participará en la manifestación del 11 de septiembre, no a título individual, en ejercicio de sus derechos de ciudadana, sino como alcaldesa. Y el argumento es que con ello mostraría el apoyo institucional al “proceso” y reforzaría la pluralidad del mismo. Colau parece olvidar que la manifestación del 11S no será por el derecho a decidir, sino por la independencia, y que la única pluralidad que tiene el “proceso” en este momento es la que hay entre independentistas de derechas e independentistas de izquierdas. Como alcaldesa, Ada Colau representará a toda la ciudadanía de Barcelona y no puede ignorar que cientos de miles de barceloneses votaron el 24M a candidaturas que se oponen abiertamente a la independencia de Cataluña o que, como mínimo, y sería el caso de la suya propia, no hicieron bandera de ella en la campaña electoral. Es más, Colau no puede no saber que una gran parte de sus votos provienen de un electorado que ha votado tradicionalmente socialista y que esta vez no lo ha hecho, no por la tibieza del PSC con el “proceso” (quienes se fueron por ese lado han acabado en ERC, no en BComú), sino por su tibieza izquierdista y su responsabilidad pasada en las políticas que han llevado al desastre social en el que estamos. Ese granero de votos, que se suma al aportado por ICV-EUiA, el voto joven que se estrenó en estas elecciones y el proveniente de sectores tradicionalmente abstencionistas, no parece que vibre demasiado con la exhibición de esteladas ni con las concentraciones masivas como la que se anuncia para el 11S en la Meridiana.
Esta última afirmación no es una mera suposición, sino que hay datos que permiten sostenerla contundentemente. Para empezar, no debe perderse de vista una cuestión creo que muy relevante: en Barcelona se presentaron en las pasadas elecciones dos candidaturas con programas muy similares en casi todo, excepto en la cuestión nacional: la de BComú y la de la Candidatura d’Unitat Popular (CUP.) De hecho, los programas están tan próximos que la CUP no ha tenido problemas para ir en otras ciudades (Badalona, Terrassa…) con grupos que en Barcelona formaban parte de BComú. Programas similares en lo social, en lo económico y en muchos aspectos políticos. Pero con una divergencia radical: mientras la CUP defendía sin reservas la independencia y la creación de una República Catalana si el 27S hay mayoría independentista en el Parlament, BComú no lo hacía y optaba por la prudente (ambigua, dirán algunos) posición antes mencionada.
Eso quiere decir que quienes en Barcelona estaban por una propuesta de ruptura política y cambio social podían escoger entre dos candidaturas muy similares en función de sus preferencias en la cuestión nacional, y más concretamente de su posición sobre la independencia. Con esta premisa, analicemos algunos datos relativos a los resultados electorales del 24M.
La primera evidencia es que BComú recabó el 25,21% de los votos en la ciudad, frente al 7,42% de la CUP. Es posible que una parte de los votos de BComú pudieran venir de sectores independentistas, pero dudo mucho que fuese un porcentaje relevante habida cuenta de que la CUP cubría nítidamente esa opción. Pero veamos algunos datos especialmente significativos. Los 10 barrios de Barcelona donde BComú obtuvo sus mejores resultados fueron, por este orden, Vallbona, Trinitat Nova, Torre Baró, Can Peguera, Prosperitat, Bon Pastor, Marina del Prat Vermell-Zona Franca, Roquetes, Canyelles y Baró de Viver. En ellos, el resultado de BComú osciló entre el 40,3% de Vallbona y el 37,4% de Baró de Viver. Pues bien, en esos diez barrios, la CUP no llegó al 5%, con la sola excepción de Can Peguera, donde obtuvo el 8,2%. En los otros nueve barrios, su resultado osciló entre un mínimo del 1,0% (Marina del Prat Vermell-Zona Franca) y un máximo del 4,6% (Vallbona).
Si en el conjunto de la ciudad, BComú multiplicó por 3,4 los votos de la CUP, en Marina del Prat Vermell-Zona Franca lo hizo por 37, en Baró de Viver casi por 21, en Torre Baró por más de 17, y en Vallbona casi por 9. Nótese que en esos 10 barrios (que están entre los de menor renta de toda la ciudad), la CUP estuvo en todos (menos, nuevamente, en Can Peguera) muy por debajo de su media en el conjunto de Barcelona (7,42%) Esos barrios tienen una estructura social netamente popular, de clase trabajadora y predominantemente castellanohablante. Una estructura idéntica a la de localidades del área metropolitana de Barcelona como Santa Coloma de Gramanet, L’Hospitalet o Cornellà donde el nacionalismo catalán ha sido reducido a la irrelevancia y donde las posiciones contra la independencia son abrumadoramente mayoritarias.

BComú ha ganado las elecciones por sus propuestas de ruptura política y de cambio social, pero también porque se ha presentado como el ejemplo de lo que debe ser la nueva política


BComú ha ganado las elecciones porque esos barrios (y otros muchos de características similiares donde BC ha superado el 30% de votos, como La Clota, Verdun, Ciutat  Meridiana, Teixonera, Carmel, Besòs i Maresme…) se movilizaron masivamente para desalojar a la derecha independentista del Ayuntamiento. Lo hicieron movidos por el eje social (despreciaron absolutamente el voto independentista a la CUP) y seguramente no entenderían cómo su voto puede llegar a ser utilizado para hacer del Ayuntamiento dirigido por Ada Colau el mejor aliado del “proceso”.
BComú ha ganado las elecciones por sus propuestas de ruptura política y de cambio social, pero también porque se ha presentado como el ejemplo de lo que debe ser la nueva política. Pues bien, esa nueva política no puede iniciar su camino traicionando a un amplísimo sector de sus bases electorales. Peor: no puede empezar utilizando el voto de sus electores para avanzar justo en la dirección contraria a la que, en la cuestión de la independencia, la mayoría de los mismos querría situarse.
Todo ello, además de éticamente grave, sería un inmenso error político. Si algo han demostrado las elecciones del 24M en toda España es que la confluencia de las fuerzas situadas a la izquierda del PSOE (el PSC en Cataluña) es la única posibilidad de desbancar (en colaboración postelectoral con los socialistas) a la derecha española y catalana de las posiciones de poder que ocupa. En Cataluña, como ha demostrado BComú, esa confluencia solo es posible poniendo el eje de la política en la cuestión social, sin que eso suponga renuncia al cambio del modelo territorial del estado español en un sentido radicalmente federal y plurinacional, pero siendo conscientes de que, en este momento, esa no es la prioridad para muchos de los potenciales votantes de un Frente Amplio. Las declaraciones de Ada Colau el pasado lunes no ayudan precisamente a esa confluencia, y más bien la dificultan y ahuyentan a un electorado que puede no estar seguro de lo que se va a hacer después con su voto.
Finalmente, y por si Colau no se ha dado cuenta, la manifestación del 11S ya ha sido presentada como el acto unitario con el que abrirán la campaña electoral catalana los partidos que han firmado el “full de ruta”. Con el anuncio de su presencia en la manifestación, Colau puede estar dando apoyo a un acto electoral de los competidores directos de una hipotética formación equivalente a la que a ella la va a llevar a la alcaldía. Así pues, Ada, piénsatelo un par de veces y no te equivoques.


domingo, 7 de junio de 2015

Libertad de expresión, mala educación y fundamentalismo (Por Adrià Casinos)

Uno puede preguntarse si la libertad de expresión tiene límites, o si la mala educación es sancionable, pero lo que es incuestionable es que hubo premeditación, alevosía y mala fe, por parte de no pocos. Como muestra un botón: la media sonrisa cínica de Artur Mas durante el ejercicio de la libertad de expresión



La monumental bronca de la final de copa ha generado polémica. Con situaciones intermedias, las opiniones se mueven, fundamentalmente, entre los que la justifican en nombre de la libertad de expresión, y los que piden sanciones.
Por supuesto que en una democracia existe la libertad de expresión, como tantas otras (al menos de momento). Y por supuesto que todas ellas tienes sus límites. La libertad de comercio no autoriza la estafa. Se me dirá que la transgresión de los límites de la libertad de comercio, es más clara que el equivalente respecto a la de expresión. Quizá. Pero si un tipo le suelta una grosería a una mujer en la calle, creo que nadie lo defendería en nombre de la libertad de expresión. La mujer se sentiría insultada, como creo que se debieron sentir insultados miles de aficionados que vieron el partido sin estar en el estadio. Y algunos que sí estaban y tuvieron que tragar quina. Pondré otro ejemplo, ese también en términos colectivos.
Si no recuerdo mal, a consecuencia de la masacre del 11-M se organizó en Madrid un concierto de solidaridad, en el que participó Raimon. Su actuación fue boicoteada por los gritos de los energúmenos de la caverna contraria. Fuimos muchos los que nos indignamos (y remarco la primera persona del plural) y supongo que entre ellos debía haber algunos de los que justifican lo del pasado sábado. ¿Fue víctima Raimon de la libertad de expresión? Si ahí el insulto fue individual, también lo fue el que se propinó, de forma igualmente gratuita, al jefe constitucional del estado. Y eso lo dice un republicano de los pies a la cabeza.
Añado que a mí las charangas patrioteras, ni fu, ni fa. Ni por ética, ni por estética. Musicalmente suelen ser bastante deleznables y, por lo que hace a la letra, acostumbra a reducirse a un “Viva nosotros, mueran los otros”, con variación en el número de pareados. En muy pocos casos me motivan. En sentido negativo, tengo que confesar que el Deutschland über alles no deja de producirme escalofríos, al menos por lo que hace a la letra. Y eso a pesar de los bellos compases de Haydn, en especial en el cuarteto originario, que constituyen una excepción en lo dicho antes a propósito de la calidad musical. 

Creo que ya va siendo hora de desdramatizar símbolos, lo cual no es incompatible con el respeto hacia los demás, y la buena educación


Pocos himnos me motivan positivamente. En primer lugar, La Marsellesa, como símbolo del tránsito de súbdito a ciudadano; ha sido himno universal en muchas situaciones de opresión durante dos siglos. Le Chant des Partisans, por razones obvias. El Himno de Riego, borrado de la faz de la tierra española por la reacción local, aliada a la exterior (1823, los Cien Mil Hijos de San Luis; 1939, Legión Cóndor y tutti quanti). La Internacional, como expresión de una utopía a la que no renuncio.
Pero a pesar de los pesares, salvo en una situación realmente excepcional, no silbaría el Deutschland über alles, porque comprendo que para muchos alemanes progresistas puede significar o haber significado algo. 
Creo que ya va siendo hora de desdramatizar símbolos, lo cual no es incompatible con el respeto hacia los demás, y la buena educación. Un ejemplo de desdramatización lo tuve hace pocos años en Buenos Aires, un 25 de mayo, aniversario de la Primera Junta. Acudí a un teatro de Corrientes y antes de empezar la función sonó el himno nacional argentino (“Oíd mortales…”). En un momento determinado del citado himno, se interrumpe la letra y solo suena la música, lo que fue aprovechado por una chica que tenía en la fila de delante para marcar el ritmo con sus bellas posaderas. Creo que sería un buen ejemplo a seguir, un pequeño antídoto antichovinista.
En definitiva, uno puede preguntarse si la libertad de excepción tiene límites, o si la mala educación es sancionable, pero lo que es incuestionable es que hubo premeditación, alevosía y mala fe, por parte de no pocos. Como muestra un botón: la media sonrisa cínica de Artur Mas durante el ejercicio de la libertad de expresión.
Y vayamos ahora a hablar del fundamentalismo. Mientras hacía las maletas para partir a Qatar (el “pagano” del Barça),  Xavi Hernández ha sido una de los voceros que ha salido en defensa de la libertad de expresión. Pues nada, a ejercerla en su nuevo destino. No se trataría de heroicidades como la de Charlie Hebdo. Tan solo comentar que no entiende cómo en pleno siglo XX sigue habiendo monarquías absolutas, o poligamia (empezando por el propio jeque); o por qué de los dos millones de habitantes de Qatar, únicamente 250.000 tienen la ciudadanía; o el papel que están desempeñando los petrodólares cataríes en el conflicto de Siria, el sufrimiento de su pueblo y la destrucción de monumentos patrimonio de la Humanidad. Pero en fin,  “qui paga, mana”, como decimos en catalán. Y dónde haya un buen estadio, que se quiten las cuatro piedras viejas de Palmira.

sábado, 23 de mayo de 2015

Entrevista a Cayo Lara: “La salida para Cataluña y España es el Estado federal” (por Beatriz Silva)

El coordinador federal de Izquierda Unida (IU) aboga por un proceso constituyente que desemboque en una república federal dotada de una nueva constitución que blinde derechos sociales y laborales. “Desde EUiA deberíamos haber defendido con más intensidad el estado federal en Cataluña”, afirma




“Los problemas que está sufriendo la clase trabajadora y la mayoría social en Cataluña son idénticos a los que está sufriendo la clase trabajadora y el conjunto de territorios del Estado: paro, corrupción, precariedad. Estos problemas deberían estar por encima de los territoriales”. Cayo Lara (Argamasilla de Alba, Ciudad Real, 1952) es rotundo en sus respuestas. Hijo de una familia de agricultores de Castilla La Mancha y con una trayectoria marcada por las luchas sindicales, defiende con convicción “un modelo de Estado Republicano y Federal, cooperativo y solidario, que ayude a resolver las contradicciones derivadas de la realidad plurinacional, multicultural y plurilingüística”. Una propuesta que está recogida en el documento ‘República federal. La propuesta de Izquierda Unida’ que la coalición aprobó en febrero pasado y que fija la posición de IU en un posible debate constituyente.
Cayo Lara fue el encargado de inaugurar el 25 de mayo pasado el ciclo ‘Propuestas federales’ con el que Federalistes d’Esquerres busca ahondar en los distintos proyectos que existen en España en relación a la reforma del estado de las autonomías.

¿Cuál es la salida a la actual tensión que vive Cataluña y España respecto al modelo territorial?

C.L. Desde mi punto de vista, y desde el de Izquierda Unida, la salida al conflicto que se ha creado entre Cataluña y España respecto a la configuración del Estado es el Estado federal. Izquierda Unida lleva en sus documentos desde su nacimiento, en 1986, la propuesta de estado federal. Nosotros entendemos que si se hubiera empezado a trabajar hace ya tiempo, nos habríamos ahorrado muchos de los problemas actuales.

¿Cómo ve la situación en Cataluña?¿Con preocupación?

C.L. La veo igual que en el conjunto del Estado. Los problemas que está sufriendo la clase trabajadora y la mayoría social en Cataluña son idénticos a los que está sufriendo la clase trabajadora y el conjunto de los territorios y las comunidades autónomas del Estado. Hay un alto deterioro de la democracia y de los derechos sociales, laborales y sindicales que habíamos conquistado a lo largo de muchos años. Los ciudadanos comparten problemas idénticos: paro, corrupción, precariedad.

Izquierda Unida ha presentado un documento en el que propone una reforma federal de la Constitución. ¿En qué consiste esta propuesta?

C.L. Nosotros estamos hablando de caminar hacia un proceso constituyente en el que participen todas las fuerzas políticas y sociales de nuestro país. Y creemos que el federalismo es el modelo que más se ajusta a las izquierdas que deberían apostar siempre por la solidaridad y la cooperación, que es una característica del modelo federal. El problema es que en vez de avanzar hacia un proceso constituyente, estamos inmersos en un proceso deconstituyente: se están robando derechos fundamentales que están reflejados y consagrados en distintos artículos de la Constitución como el derecho al trabajo, a la vivienda y a la sanidad pública.

¿Por qué cree usted que se está produciendo este proceso que define como deconstituyente?

C.L. Porque el poder financiero que formó parte del pacto del 78’, está robando estos derechos. Necesitamos caminar hacia un proyecto constituyente para conseguir tener una constitución del conjunto de estados federados que sea garante de derechos básicos, esenciales, de ciudadanía.  Y cuando hablo de derechos, hablo de los derechos que están siendo pisoteados de manera importante por determinados poderes con respecto a la propia Constitución española.

Las encuestas apuntan a un cambio en el escenario político en 2015. ¿Cree que las elecciones permitirán avanzar hacia una reforma constitucional en sentido federal?

C.L. Hay incertidumbre de cuál será la configuración de las nuevas mayorías pero lo que sí parece claro  es que van a ser diferentes a la mayoría absoluta del Partido Popular. Habrán condiciones para que hayan cambios y para recuperar derechos democráticos pero también civiles, sociales, laborales y sindicales.

Hay otras fuerzas políticas, la más importante el PSOE, partidarias de una reforma constitucional en sentido federal. ¿Qué cosas hay en común con Izquierda Unida?

C.L. En el caso del PSOE, ellos hablan de hacer una reforma de la Constitución e Izquierda Unida, un proceso constituyente. Nosotros creemos que en 1978 quedaron elementos en la propia constitución que deberían cambiarse por completo. Nosotros apostamos por un estado laico y por la renuncia a la guerra como instrumento de defensa, cosas que ya recogía la Constitución española de 1931. Nosotros hablamos de derechos básicos garantizados y de una república. El PSOE sigue hablando de una monarquía. En esto último tenemos elementos importantes que nos diferencian porque ellos sólo tienen posiciones reformistas respecto a la corona. Aspiran a que el derecho de sucesión sea igualitario respecto al hombre y la mujer pero no abordan lo sustancial que es el derecho de sangre. Nosotros no compartimos que se justifique la monarquía desde ningún punto de vista.

¿Un referéndum de reforma de la Constitución debería incluir por fuerza dar a la ciudadanía la posibilidad de escoger entre monarquía o república?

C.L. Sí. Nosotros defendemos de forma permanente la necesidad de un referéndum sobre la monarquía. Lo hemos hecho con más fuerza a raíz de la abdicación de Juan Carlos en Felipe VI. Nosotros pensamos que se tiene que someter a la opinión pública la decisión de que caminemos hacia un estado republicano o sigamos manteniendo un estado monárquico con todo lo que eso significa.

¿Cómo vive el debate que se está produciendo en Cataluña en relación a la independencia?

C.L. En mi opinión deberíamos haber defendido con más intensidad el estado federal en Cataluña. EUiA ha asumido una posición determinada que yo respeto como coordinador federal de Izquierda Unida pero en mi opinión se habría tenido que apostar por la defensa del estado federal y desde una concepción de una política de clase. Lo que esta ocurriendo con este debate es una inmensa estafa. El debilitamiento de las clases sociales, de las clases populares, está por encima de los problemas territoriales que podamos tener en el conjunto del Estado.

El principal argumento a favor de la independencia es el supuesto expolio fiscal que Cataluña sufre respecto del resto de España. ¿Cree que se puede asumir este argumento desde una perspectiva de izquierda?


No sólo no la puede asumir una persona de izquierdas sino ninguna que aspire a una sociedad en la que exista la igualdad y la solidaridad entre las personas. Hay un problema fiscal y tenemos que discutir sobre un nuevo pacto federal entre los distintos actores. Habrán posiciones diferentes pero tenemos que resolver esto con un pacto. Mucho más grave que el tema de las balanzas fiscales, es lo que se ha producido en el conjunto de la hacienda pública del estado donde ha habido una desfiscalización. Se han bajado los impuestos a los más ricos incorporando figuras que pagan pocos impuestos, reduciendo tipos impositivos en lo que tiene que ver con el impuesto de sociedades y suprimiendo impuestos como el de patrimonio. Todo esto ha posibilitado un deterioro de la hacienda pública que, sumado al estallido de la burbuja inmobiliaria, ha dejado a la hacienda pública exhausta y que tiene una repercusión directa en los fondos que se transfieren a las comunidades autónomas. Esta es la verdadera razón de porqué faltan recursos, no sólo para Cataluña sino para el conjunto de comunidades autónomas del Estado.

domingo, 10 de mayo de 2015

Del Regne Unit al Regne Federal, de la Unió Europea a la Federació Europea (per Francesc Trillas)

Al Regne Unit, a Espanya i a Europa, o avancem cap a un pacte federal, o ens enfonsem en la paràlisi, que a la llarga vol dir retrocedir, i retrocedir vol dir arriscar-nos a veure de nou els fantasmes de la història d’Europa que s’amaguen arrecerats a cada racó



L'objectiu de la igualtat en la llibertat haurà d'esperar al Regne Unit després del resultat de les darreres eleccions de dijous passat, però potser l'objectiu d'un millor federalisme recolzat pel Partit Laborista i altres forces està més a prop del que s'esperava. Igual que va succeir després del referèndum d’Escòcia del passat mes de setembre, un cop s’han vist els resultats i la situació que s’obre, molts comentaristes han girat la mirada a les receptes del federalisme.




No cal dir que al Regne Unit no hi ha associacions massives ni cap govern que defensi oficialment amb molt d’entusiasme el federalisme, però cada vegada més el concepte s’utilitza amb més normalitat, perquè molts hi veuen un conjunt de principis que poden donar resposta als reptes que tenen plantejats. Sense despertar grans entusiasmes, pot ser l’única solució viable. Aquests reptes són fonamentalment els d’organitzar de forma coherent en primer lloc un territori de quatre nacions asimètriques amb forces diferències entre elles pel que fa a les preferències polítiques (respecte a la qüestió europea i a qüestions distributives); i en segon lloc les relacions d’aquest territori amb una realitat més ampla de la qual forma part amb grans beneficis per a tots, com és la Unió Europea.
Avui mateix, el diputat laborista Chuka Umunna, a qui Janan Ganesh del Financial Times va descriure com "l'home que els conservadors més temen", ha dit al programa de la BBC "Andrew Marr Show" (el més important dels diumenges) que està a favor de més federalisme a les Illes. El mateix Marr, un periodista escocès, semblava molt interessat en el federalisme, i ha insistit en la idea amb diversos dels seus convidats al programa (i ningú, incloent, Nicola Sturgeon del Partit Nacional Escocès SNP i David Davies dels conservadors, no ha rebutjat la idea).
No estic segur que el retorn al Nou Laborisme de Tony Blair sigui la resposta a la derrota del passat dijous. Serà un gir al centre capaç de restaurar la fe dels votants que han optat per partits nacionalistes com UKIP i el SNP en barris obrers? A tots els partits d’esquerra i centre-esquerra hi ha els components més moderat i més radical, i en les societats modernes el resultat més lògic és un equilibri negociat de forma permanent entre les diferents faccions. No crec que això hagi de canviar substancialment al Regne Unit en el futur. Però el que necessita desesperadament el Partit Laborista és discutir obertament un projecte institucional que doni coherència, per un costat a les disposicions internes entre les nacions al Regne Unit, i per l’altre a la seva relació amb la Unió Europea. Chuka Umunna, potser l'Obama britànic, sembla estar-hi d’acord.


Després del resultat de les darreres eleccions de dijous passat, potser l'objectiu d'un millor federalisme recolzat pel Partit Laborista i altres forces està més a prop del que s'esperava


El mateix passa amb intel·lectuals i periodistes de la talla de Timothy Garton Ash (així com Will Hutton o Phil Stephens), que ha fet un seguit de propostes cap a un "Regne Federal" per comptes d’un Regne Unit, per concloure que "tot això és inseparable de la qüestió d'Europa. Després de tot, l'argument britànic essencial sobre la UE es tracta de qui fa què en quin nivell. Això és el que la gent buscarà en els resultats probablement migrats de l’autoanomenada re-negociació de Cameron amb Brussel·les. Però una altra paraula per a tals arranjaments de diverses capes és, precisament, el federalisme". Un altre gran savi del federalisme europeista, Eugenio Scalfari, diu coses molt semblants avui a La Repubblica, i també es fa ressò de l’important article de Garton Ash.
Els principis del federalisme són els de govern multinivell, competències i finançament amb regles clares, relació directa i democràtica de cada nivell de govern amb els ciutadans (a diferència de les confederacions), sobirania compartida i respecte a la identitat. Donen lloc a formes molt flexibles i diferents, pactades, i avui permeten viure en pau a la major part de persones que viuen en democràcia al món. Les aspiracions de l’independentisme anglès de l’UKIP i de l’independentisme escocès del SNP (dos partits molt diferents, units pel nacionalisme i el sobiranisme) són a llarg termini les d’avançar en una altra direcció: la direcció dels monopolis de la sobirania. Però aquesta direcció entra en conflicte amb la naturalesa global i internacional dels grans problemes a què s’enfronta el Regne Unit i tot el món. I tant l’UKIP com el SNP viuen feliços en un calendari marcat per la successió de referèndums; l’UKIP ja s’hi veu, monopolitzant el No en el proper referèndum sobre la UE, i per tant disposant de paritat d’espais i protagonisme, de forma que a les properes generals espera passar del 13% actual a un percentatge molt més elevat, gràcies a la subvenció implícita de la seva capacitat de mobilització que suposarà el referèndum.
Alguns conservadors i alguns euroescèptics moderats creuen que la solució per negociar un nou pacte amb la UE és tenir més dret de veto. Però com a ha explicat molt bé l’ex comissari europeu Peter Mandelson al mateix programa d’Andrew Marr, per la via del veto no s’aconseguirà cap acord amb la Unió Europea. Mandelson ha dit que el que sí que hi ha a Europa és un desig compartit de trobar reformes que facin la Unió viable en la seva diversitat. Si els britànics volen més poder de veto per a algunes coses, el mateix demanaran altres estats membre per a altres assumptes. La suma de vetos és el contrari d’un millor federalisme. La reforma cap a una millor arquitectura institucional és la via sensata i possible. Al Regne Unit, a Espanya i a Europa, o avancem cap a un pacte federal, o ens enfonsem en la paràlisi, que a la llarga vol dir retrocedir, i retrocedir vol dir arriscar-nos a veure de nou els fantasmes de la història d’Europa que s’amaguen arrecerats a cada racó.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Antes de llegar a todo esto (por Ferran Gallego)

Antes de llegar a todo esto existió una Assemblea de Catalunya en cuyas propuestas se hallaba la hegemonía de un partido, el PSUC, a cuya debilidad y práctico desmantelamiento cabe achacar buena parte de lo que nos sucede, empezando por la pérdida de una conciencia de clase que identifique a los verdaderos adversarios de quienes sufren esta crisis





"Aquí no se trata de convencer a nadie con argumentos, porque el discurso nacionalista no los necesita y, además, considera que dar explicaciones es ultrajante"


Cuando, como bien lo escribía Manuel Cruz, el máximodirigente de ERC empieza sus disertaciones con la palabra “evidentemente”, lo que se expresa es más que una coletilla de emergencia para los incómodos titubeos de una velada social. Lo que sigue a ese “evidentemente” no es una opinión, lastrada por la fuerza evocativa del adverbio, sino un desvelamiento de la auténtica realidad. Lo que se nos concede es la guía espiritual para encontrar ese lugar tan obvio para todos menos para nosotros, los invidentes ideológicos. Lo que se nos regala es el camino de perfección para alcanzar el sentido común que nuestra extravagancia moral se niega a aceptar. Es como el “voilà” en la carpa del mago de feria, aunque alzado al púlpito de los medios de comunicación públicos y subvencionados de Catalunya.  “Voilà!”, proclama Forcadell. “En verdad en verdad os digo”, martillera Mas. “Evidentemente”, empieza Junqueras.  Y la magia, el milagro o la revelación ocupan el escenario, que los incrédulos mirábamos con nuestro perverso y reticente escepticismo.  
Bienvenidos a la sociedad del espectáculo, que nunca ha sido un espacio de diversión y alegría, sino el de la sustitución del debate político por la exhibición estética.  Aquí no se trata de convencer a nadie con argumentos, porque el discurso nacionalista no los necesita y, además, considera que dar explicaciones es ultrajante.  El discurso nacionalista nunca busca convencer, sino delimitar. Jamás ha querido dar razones, sino marcar diferencias. Sus planteamientos no pertenecen a un mundo real en el que cualquier actitud debe ser racionalizada en una exposición de motivos, sino a un universo simbólico en el que cualquier emoción debe disponer de su emblema verbal.  Podrán discutirse estrategias entre los creyentes, podrá matizarse este o aquel asunto entre quienes tienen fe. Pero ¿por qué habría de discutirse lo esencial? Y el problema no es que estemos ante una personalidad tozuda y enfurruñada,  que se empeña en no poner en duda las motivaciones de su conducta. Estamos ante quienes empuñan la palabra para dar voz a la nación entera. Lo que es lógico que les incomode es la existencia de otras voces, que ponen en duda lo que para ellos es fundamento incuestionable de toda discusión posterior.
El desacuerdo,  en lo más profundo de lo que unos y otros entendemos por “lo político”, provoca tanta perplejidad como desaliento entre quienes no pueden comprender que la comunidad pueda hablar para negarse a sí misma. Esa voz discrepante tiene el regusto de la blasfemia. Esas alternativas que se propugnan tienen el aspecto de una profanación. Que nadie crea que nos encontramos ante una actitud deshonesta o patológica, porque demasiadas personas lo ven honrada y sensatamente de este modo. Evitemos criticar lo que ocurre como si fuera el resultado de una cínica manipulación, aunque el cinismo y la instrumentalización de las emociones se encuentren también en la conducta de quienes llevan muchos años siendo elite dominante o de quienes llevan otros tanto queriendo llegar a serlo. Lo que ocurre es mucho más grave, porque la deshonestidad de unos cuantos puede remediarse en un proceso de regeneración nacional. Lo más difícil es hacer frente a un desplazamiento masivo de la perspectiva, que ha acabado por crear un escenario en el que el acuerdo resulta ya inviable, y en el que la cohesión necesaria para hacer frente a los problemas de reconstrucción tras esta crisis devastadora parece descartada.   

"El nacionalismo concede a una parte de la opinión pública su función de portavoz de la nación, dejando a quienes no están de acuerdo con sus planteamientos en una lamentable situación de extranjería"


Lo que aquí se plantea, entendámoslo de una vez, no son cuestiones referentes a una manera de pensar, sino asuntos que pretenden manifestar una forma de ser. Esto nada tiene que ver con un debate sobre normas, esto no es una disputa de intereses políticos, esto no pertenece al campo de las negociaciones entre ciudadanos en conflicto. Esto se ha convertido en la afirmación de lo que, simplemente, es. Y lo que es en su totalidad unánime tiene que expresarse con una sola voz cuya función es corroborar tal existencia. Ese es el cambio radical de perspectiva que el nacionalismo inserta en la arena política para bloquear cualquier argumentación que pueda secularizar y someter a discusión  lo que, según él,  nunca puede ser motivo de enfrentamiento. Y, peor aún, lo que nunca puede ser experimentado como un bien social común y diverso, plural y perteneciente en igual grado a  todos los que lo habitan, opinable en sus estructuras, criticable en sus fundamentos, pensable en sus distintos modos de resolver las encrucijadas históricas.  
El nacionalismo es siempre, en todas partes, un proceso inflamatorio de la comunidad, una ruptura de las posibilidades de que los ciudadanos ejerzan sus derechos. Del mismo modo que el populismo no construye el sujeto histórico del pueblo, el nacionalismo nunca ha fabricado históricamente la soberanía nacional. El populismo otorga a un sector social determinado la representación de la totalidad del pueblo, y deja en silencio o en el oprobio a quienes pierden esa condición prestigiosa y legítima. El nacionalismo concede a una parte de la opinión pública su función de portavoz de la nación, dejando a quienes no están de acuerdo con sus planteamientos en una lamentable situación de extranjería. Han sido ya demasiadas las experiencias históricas en las que el populismo no ha tratado de justificar su exclusividad, sino que se ha limitado a movilizarse como si su actividad encarnara e hiciera visible al verdadero pueblo.  Han sido bastantes los episodios del pasado en los que el nacionalismo ha irrumpido como manifestación tangible de un ser nacional. Un ser cuya existencia solo se cree realizable en el escenario construido por quienes se consideran sus intérpretes leales.
Tanto en el populismo como en el nacionalismo conviven la mística, que eleva una posición ideológica al rango de una sagrada constatación de la verdad, y la campechanía, que rebaja una actitud política al nivel de la naturalidad. Por eso podemos ver a los dirigentes populistas y nacionalistas presas del éxtasis al palpar la Sagrada Forma del pueblo o la nación paseándose en las calles en las fiestas de guardar.  O podemos verlos con esa expresión de hastío e impaciencia de quien tiene que explicar a los más necios  lo que es tan natural como la vida misma. Poco tendrá esto que ver con la afirmación de la solvencia democrática que definen a un pueblo y a una nación en estado de madurez política.  El populismo no permite que los ciudadanos vayan constituyéndose, de forma dialogante y diversa, sin imposición metafísica y sin determinaciones ecológicas, como un pueblo en el que cada individuo proyecta su personalidad diferenciada. Y el nacionalismo no deja que los miembros de una comunidad política vayan afirmando su soberanía, mediante un discurso que a todos considere individuos iguales en derechos. Empezando por el derecho a que la opinión de cada uno sea tan nacional, tan propia,  tan legítimamente defensora del interés general y el bien común  como la opinión de cualquier otro ciudadano. 

"El proceso que ha llevado a la inmensa movilización del nacionalismo en Catalunya procede directamente de la crisis económica, cuya duración y persistencia ha provocado fracturas sociales, impresión de pérdida de soberanía, anulación de derechos arduamente conquistados y desmoronamiento del prestigio de las instituciones"


Nada de esto implica que el nacionalismo haya instaurado una cultura política que lleva a las formas de gobierno dictatoriales. Nada de ello supone que los nacionalistas no puedan ser considerados opción legítima que compite por el apoyo que le brindan o no los ciudadanos, en función de decisiones libremente meditadas y libremente ejercidas. Lo que sí manifiesta esta situación es una calidad deteriorada de la democracia, en especial cuando el nacionalismo alcanza determinados niveles de influencia en la opinión pública. Porque el nacionalismo, llamándose democrático y aceptando el marco de una democracia parlamentaria –como es el caso de nuestro marco de actuación pública-, siempre considera que su discurso tiene una relación con la nación más legítima, más congruente con la comunidad, que la establecida por las culturas políticas con las que pueda competir en su territorio. Esa superioridad moral que nunca está ausente de la percepción nacionalista; esa convicción de que el nacionalismo representa con mayor autenticidad a la nación; esa actitud de considerarse una manifestación propia de la comunidad, mientras las demás son vistas como culturas políticas híbridas, entregadas a lealtades nacionales en conflicto; todo ello, es lo que lleva a que el nacionalismo, por su misma hipertrofia representativa, acabe lesionando las posibilidades de un ejercicio pleno de la soberanía, que en una sociedad democrática debe ser ejercida de forma equivalente por todos los que viven en una misma comunidad política. De ahí que no dejemos de observar las delaciones de un lenguaje que, descuidada o voluntariamente, expresan ese plus de representación que el nacionalismo se adjudica a costa de la igualdad de los ciudadanos. Cuando se dice, por ejemplo, que “los catalanes queremos esto o aquello”, en lugar de indicar que quien lo quieren son los nacionalistas, a los que las elecciones nunca han dado ni la totalidad ni una mayoría abrumadora de los votos en Catalunya. O cuando se reclama a los responsables de nuestras instituciones, desde una movilización que se ve a sí misma como la totalidad del auténtico país en marcha,  que actúen como si en este país solo tuvieran existencia real y legítima los nacionalistas, incluyendo la forma de presentar los procesos electorales previstos por la ley.
Nada hay, por tanto, de acusación de actitudes antidemocráticas en estas reflexiones, sino de reproche por la normalización de una perspectiva política que daña las libertades de todos. De todos, insisto: incluyendo a quienes se dice querer beneficiar. Porque cuando la igualdad de los ciudadanos empieza a corromperse, el proceso de oxidación no se detiene nunca, desborda las intenciones iniciales de una segregación controlada, y acaba por dejar a la intemperie a quienes también habrán de ser víctimas de una deslegitimación como la que ahora sufrimos los no nacionalistas. ¿No observamos, ahora mismo, que los nacionalistas no independentistas empiezan a ser cuestionados en sus virtudes cívicas y en su patriotismo por los sectores más radicales? ¿Qué es lo que nos asegura que en un tiempo futuro no serán los independentistas más inclinados a posiciones sociales de izquierda quienes sean considerados extraños a la cultura nacional por quienes ostenten un poder orientado hacia posiciones conservadoras, y que podrán hacer creer que el único modo leal de ser catalán es coincidir con un determinado modelo de sociedad, rápidamente identificado con la forma de ser de nuestro pueblo?

"Plantear candidaturas que escenifiquen un conflicto sustancial entre Catalunya y España sepulta el conflicto entre intereses sociales y modelos de sociedad antagónicos que es el que los demócratas, sean de izquierdas o conservadores, deberían considerar la forma adecuada de organizar las diferencias en un sistema parlamentario"


En mi opinión, el proceso que ha llevado a la inmensa movilización del nacionalismo en Catalunya procede directamente de la crisis económica, cuya duración y persistencia ha provocado fracturas sociales, impresión de pérdida de soberanía, anulación de derechos arduamente conquistados y desmoronamiento del prestigio de las instituciones. La misma elite que ha gobernado Catalunya mediante los instrumentos fabricados por el proceso constituyente de 1977-1980 ha podido presentarse como alternativa al régimen que ha gestionado durante casi toda la etapa autonómica. Y por régimen no me refiero solamente al que se instauró en la llamada “construcción nacional de Catalunya” -frente a la “reconstrucción nacional” que proclamaba el PSUC como objetivo, lo que es mucho más que un detalle de estilo-, sino a las relaciones normalizadas entre la Generalitat y el Gobierno de España, en un bloque de poder y modelo de Estado que resultó perfectamente asimilable al juego de permanente reivindicación espiritual y saldo clientelar favorable que se mantuvo desde la dirección del pujolismo.
La actuación popular contra la crisis se ha formalizado  mediante el impulso nacionalista hacia la independencia. Un impulso que ha debido romper cualquier debate sobre “las cuestiones que nos dividen”, para encontrar un ficticio mínimo común denominador de la conciencia que es la identidad nacionalista. Cualquier otra manera de responder a la catástrofe social que estamos padeciendo habría supuesto una demanda de responsabilidades a la elite que ha gobernado institucional, económica, social y culturalmente este país desde la Transición. Una movilización popular con una conciencia nacional democrática, de resistencia social a los recortes, de formalización de una protesta contra la pérdida acelerada de derechos sociales, habría debido definir la lucha de los ciudadanos catalanes pasando por encima de una identificación nacionalista que solicita, de entrada, la pérdida de cualquier otra identidad personal y colectiva. El desarrollo de esta forma nacionalista de movilización, que empieza por demandar el abandono de las tradiciones socialistas, de las opciones de clase, de las actitudes de izquierda,  es el producto de un desguace de una cultura progresista, que alcanzó su más insensata expresión en los años del Tripartito.
No entraré a detallar los aspectos de este último y más que lamentable paréntesis político y cultural en la hegemonía nacionalista. Lo que sí puede decirse es que en los siete años de gobierno de una izquierda acomplejada, atemorizada ante la posibilidad de ser destituida de su carácter catalanista, incapaz de situar las cosas en el terreno de la perspectiva social que esperaban sus votantes, se perdió –y creo que definitivamente- el pulso que parecía haberse recobrado para hacer frente al modelo de sociedad que el nacionalismo había constituido desde 1980. Y, por tanto, cuando la crisis derramó su lluvia ácida sobre todos los factores de la seguridad vital de los ciudadanos, cuando destrozó las barreras de protección y los ámbitos de servicios identificados con la democracia, el nacionalismo pudo marcar el territorio de la propuesta sin adversario alguno, en especial aquellos competidores que debían haber alzado los criterios de una cultura política como la que movilizó a los catalanes en la fase inicial de la Transición.
Por ello, cuando se observan análisis de periodistas, historiadores, sociólogos y comentaristas diversos ante esta coyuntura, nunca se presenta objeción a lo que son las dos características fundamentales de sus planteamientos. La primera, la deformación de aquel proceso constituyente de 1977 y de las luchas sociales que lo precedieron, convirtiéndolo en una primera etapa conscientemente asumida por todos, en el camino de una soberanía nacional plena que se identifica con la independencia y que se comprende con los recursos culturales del nacionalismo. La segunda, la pretensión de promover instancias unitarias que parecen olvidar las diferencias radicales que separan a federalistas y nacionalistas, roto ya el pacto constitucional y estatutario que permitió llegar a acuerdos en las circunstancias de fabricación. Ni es el momento de advertir que estamos a punto de revertir las condiciones de 1979 en un giro centralista, como forma de animar a que olvidemos todos la forma en que este país ha sido llevado a una escisión radical difícilmente revocable; ni es el momento de plantear candidaturas que escenifiquen un conflicto sustancial entre Catalunya y España, sepultando el conflicto entre intereses sociales y modelos de sociedad antagónicos que es el que los demócratas, sean de izquierdas o conservadores, deberían considerar la forma adecuada de organizar las diferencias en un sistema parlamentario. La vibración plebiscitaria que late en estos dos planteamientos pertenece por entero a la cultura nacionalista, no a la federal. Y en su desarrollo solo podríamos esperar algo muy distinto a la tensión democrática que se vivió en la lucha contra la dictadura franquista y en los momentos primeros del combate por la autonomía. Lo que se asentaría es, precisamente, lo opuesto a aquella actitud: una unanimidad de posiciones hegemonizada por los sectores que son, al mismo tiempo, poder y alternativa de poder; gobierno y movilización callejera; opinión de partido y presunción de representación completa de la nación.
                              

“El combate de la Assemblea implicaba, entre otras cosas, asegurar la cohesión social de Catalunya y tramarla sobre algo distinto al discurso nacionalista.  No debería sorprendernos que la derrota de este proyecto acabara por repercutir en un modo de entender las relaciones institucionales y políticas entre Catalunya y España"


Antes de que llegara todo esto, en los momentos previos a la autonomía gestionada por el pujolismo, existió una Assemblea de Catalunya en cuyas propuestas se hallaba la hegemonía de un partido a cuya debilidad y práctico desmantelamiento cabe achacar buena parte de lo que nos sucede, empezando por la pérdida de una conciencia de clase que identifique a los verdaderos adversarios de quienes sufren esta crisis, y acabando por la evaporación de aquella vinculación orgánica entre conflicto social y proyecto nacional que la izquierda llegó a plantear como emulación de otras experiencias antifascistas europeas. Los objetivos y la forma de trabajar de aquella organización popular fueron ejemplares. La calidad de su trabajo para construir líneas de resistencia y fundamentos de una sociedad democrática debería servir como pieza de contraste para examinar las deficiencias de nuestra situación actual.
Para quien tenga memoria suficiente, o para quien tenga la voluntad de conocer cómo se dieron procesos históricos no mitificados, deberá tenerse en cuenta la manera en que aquellos objetivos y aquella forma de trabajo provocaban el disgusto de quienes preferían ámbitos de discusión más restringidos. El temor permanente de quienes veían con recelo una movilización popular de masas que nunca controlaron. El miedo a la calle que se observó en fuerzas políticas que siempre consideraron conveniente reducir el poder de aquella intervención de todas las formas de sociabilidad democrática que la lucha contra la dictadura había ido constituyendo: los partidos, las asociaciones vecinales, las organizaciones sindicales, claro está, pero también la incorporación individual de quienes se agrupaban en una inmensa plataforma que representaba a una sociedad aún no desvertebrada por el cambio de paradigma que se estableció en los últimos tramos del siglo XX.
Aquella  movilización acabó como resultado de muchos factores –la conquista de libertades que acababan con el estado de excepción, el propio agotamiento de una ofensiva que no podía mantenerse indefinidamente, la entrada en una fase de conflictos y competencia interna de quienes habían mantenido posiciones unitarias antes del proceso constituyente-. Pero hubo un factor que deberá ser señalado sin descanso, porque sin él resultaría incomprensible lo que sucedió más tarde y lo que ha ido evolucionando hasta nuestros días. Y ese factor fue la agrupación de las fuerzas conservadoras para acabar con la movilización propiciada por la Assemblea y que podía haber llevado a la victoria electoral y la hegemonía cultural de la izquierda. No fue un frente nacionalista el que destruyó las posibilidades políticas –y, en su momento, electorales- de un presunto sector “españolista” en Catalunya. Los nacionalistas españoles y los nacionalistas catalanes de derecha,  con el auxilio de una Esquerra Republicana que hizo escaso honor a ambas partes de su denominación, se comprometieron a frenar el horizonte de la “reconstrucción nacional de Catalunya” que se había teorizado en la izquierda más consecuente. Era reconstrucción, es decir, recuperación de las libertades perdidas con el mismo espíritu con el que en otros momentos de democracia plena se ejercieron los derechos de los ciudadanos. Reconstrucción para proporcionar a la nueva democracia el talante popular y avanzado que se encontraba en una determinada zona de la tradición del catalanismo, prolongado en los años más oscuros de la segunda mitad del pasado siglo.
En 1980, aquella propuesta fue derrotada sin paliativos, en especial por la falta de participación de quienes creyeron que aquella no era su batalla, frente al mantenimiento de los votos de quienes siempre tuvieron claro que sí lo era. Que lo era, quizás, en un nivel de mayores posibilidades políticas que el combate por una democracia avanzada que iba a darse en el conjunto de España. Un combate que implicaba, entre otras cosas, asegurar la cohesión social de Catalunya y tramarla sobre algo distinto al discurso nacionalista en el que habría de apoyarse la hegemonía conservadora desde entonces.  De hecho, no debería sorprendernos que aquella derrota acabara por repercutir en un modo de entender las relaciones institucionales y políticas entre Catalunya y España. Pero, también, en la forma en que se reconstruyó un Estado cuya vinculación con la sociedad estuvo muy lejos de satisfacer las esperanzas de un sector de la oposición democrática. Quizás una determinada forma de entender España, la abrumadora espesura de un nacionalismo español conservador y su repunte en las formas más pintorescas de regionalismo anticatalán –no anticatalanista- se levante también por el influjo de esa derrota que fue mucho más que un simple episodio electoral y pasajero.

Antes de que llegara todo esto, se produjo una derrota que nunca hizo referencia, más que en la grosera campaña contra “partidos sucursalistas” del pujolismo, a la línea de discriminación nacional, sino a un modelo de sociedad, un proyecto de país, que había de construirse en una perspectiva nacionalista o en una perspectiva federal. Los resultados están a la vista. Y cada uno deberá decidir si ha sido para bien o para mal. De cada uno y del país entero.

domingo, 26 de abril de 2015

Record de Margarita Rivière. In Memoriam (per Xavier Roig)

Com tanta i tanta gent a Catalunya estava certament preocupada per la deriva que estava agafant aquest país, per l’enorme manipulació de la història, la manipulació de l’opinió, el control governamental  dels mitjans de comunicació públics, per la pressió sistemàtica sobre els privats i, en general, per la manca de respecte a les regles del joc pròpies de la informació  generalment acceptades en el nostre entorn

(Intervenció de Xavier Roig en forma d’homenatge a la periodista Margarita Rivière a l’acte celebrat per Federalistes d’Esquerres el 25 d’abril de 2015)

Se m’ha demanat que digui unes paraules de record de Margarita Riviere, desapareguda fa poc. És un encàrrec que compleixo amb molt de gust però  amb la recança de no tenir gaire clar si el que diré estarà a l’alçada de la memòria de la  persona que ens proposem honorar.



Perquè Margarita va ser un gran personatge, una col.lega i companya periodista que vàrem tenir a prop durant anys i anys per molt que les nostres vides professionals anessin per camins diferents. Sabíem on era i què estava fent, tot i que pogués passar molt de temps sense el menor contacte.
Em centraré en alguns records personals que poden completar, potser, la visió de Margarita Riviere que han donat els molts amics que aquestes darreres setmanes han glosat la seva personalitat i la seva enorme activitat professional.
Vaig conèixer Margarita Riviere fa ja molt de temps, al començament del curs 1968-1969 de l’Escola de Periodisme de l’Església de Barcelona. M’havia graduat el juny anterior i vaig ser convidat a formar part del tribunal que examinava els aspirants a fer estudis de periodisme.
Margarita era una de les futures periodistes que es presentava a l’examen oral, una prova tradicional en aquells temps a les escoles, on s’intentava descobrir si l’estudiant tenia imaginació i curiositat periodístiques. Es tractava de comprovar si s’havia fixat prou en l’estructura de carrers de Barcelona, en determinats edificis i anuncis publicitaris, institucions o botigues i si sabia, per exemple, qui organitzava el Premio Nadal i on es celebrava l’acte de concessió.
Aquesta última pregunta era un clàssic que, òbviament, Margarita no va tenir cap dificultat a superar. Amb el temps, Margarita acabaria essent una referència permanent del món editorial i literari de Barcelona. Qualsevol cosa que volguessis saber d’aquest àmbit, un nom, un número de telèfon ... sabies que Margarita te’l conseguiria.
Com que a l’Escola de Periodisme de l’Església es respirava un ambient més aviat progressista i es practicava la resistència tranquil.la pròpia d’aquells anys, hem de remarcar que ens feia molt gràcia la convivència allà al CICF de Via Augusta amb una estudiant com Margarita Riviere  - i alguna altra – que provenia d’una família burgesa de veritat, de la burgesia industrial per ser més exactes. Despertava una curiositat no gens dissimulada entre tants i tants aspirants a provar de fer la revolució o només una mica de revolució.
Que escrivís un primer llibre sobre la moda ens va fer molta impressió. El camp de la moda no era precisament un focus privilegiat de l’atenció dels estudiants de periodisme d’aquells anys però, en canvi, tot això de la semiòtica, tot i que no sabíem massa de que es tractava, començava a fer forat. Ens intrigava. Segur que Margarita devia ser molt llesta i segur que ens estava marcant un camí.
Margarita Riviere va tenir una activitat periodística diguem-ne convencional molt considerable. Va aconseguir – ho han deixat registrat tots els records que s’han publicat aquests dies – treballar en pràcticament tos els periòdics que en aquell moment vèiem llunyans i gairebé inabastables: La Vanguardia, El Periódico, El País, Diario de Barcelona, l’agència EFE ...  
Però va ser recentment, quan ja començava a estar malalta, que vàrem tornar a multiplicar els contactes, les llargues converses, la coordinació en algunes accions. Sempre per telèfon o per correu electrònic.
Margarita no havia afluixat mai en el seu activisme però arran del llançament de Federalistes d’Esquerres, Margarita va passar a ser una interlocutora més freqüent. I compromesa.
Perquè com tanta i tanta gent a Catalunya estava certament preocupada per la deriva que estava agafant aquest país, per l’enorme manipulació de la història, la manipulació de l’opinió, el control governamental  dels mitjans de comunicació públics, per la pressió sistemàtica sobre els privats i, en general, per la manca de respecte a les regles del joc pròpies de la informació  generalment acceptades en el nostre entorn.
L’omnipresència de Margarita en els combats per les causes de la llibertat d’informació i per la democratització de les institucions representatives dels periodistes van tornar a prendre un sentit en aquests darrers anys de la seva vida.  Margarita, present novament en totes les batalles malgrat  la seva molt seriosa malaltia.
Només uns dies abans de morir, ens presentava una novel.la que és com un testament del seu compromís i una prova de la seva voluntat  de deixar registrat el peculiar ecosistema polític que es va viure en aquest país sota un llarg govern nacionalista. És un gest que ens interpel.la i que ens ha d’estimular a seguir el seu exemple de treball constant per les causes que s’ho mereixen.