miércoles, 6 de mayo de 2015

Antes de llegar a todo esto (por Ferran Gallego)

Antes de llegar a todo esto existió una Assemblea de Catalunya en cuyas propuestas se hallaba la hegemonía de un partido, el PSUC, a cuya debilidad y práctico desmantelamiento cabe achacar buena parte de lo que nos sucede, empezando por la pérdida de una conciencia de clase que identifique a los verdaderos adversarios de quienes sufren esta crisis





"Aquí no se trata de convencer a nadie con argumentos, porque el discurso nacionalista no los necesita y, además, considera que dar explicaciones es ultrajante"


Cuando, como bien lo escribía Manuel Cruz, el máximodirigente de ERC empieza sus disertaciones con la palabra “evidentemente”, lo que se expresa es más que una coletilla de emergencia para los incómodos titubeos de una velada social. Lo que sigue a ese “evidentemente” no es una opinión, lastrada por la fuerza evocativa del adverbio, sino un desvelamiento de la auténtica realidad. Lo que se nos concede es la guía espiritual para encontrar ese lugar tan obvio para todos menos para nosotros, los invidentes ideológicos. Lo que se nos regala es el camino de perfección para alcanzar el sentido común que nuestra extravagancia moral se niega a aceptar. Es como el “voilà” en la carpa del mago de feria, aunque alzado al púlpito de los medios de comunicación públicos y subvencionados de Catalunya.  “Voilà!”, proclama Forcadell. “En verdad en verdad os digo”, martillera Mas. “Evidentemente”, empieza Junqueras.  Y la magia, el milagro o la revelación ocupan el escenario, que los incrédulos mirábamos con nuestro perverso y reticente escepticismo.  
Bienvenidos a la sociedad del espectáculo, que nunca ha sido un espacio de diversión y alegría, sino el de la sustitución del debate político por la exhibición estética.  Aquí no se trata de convencer a nadie con argumentos, porque el discurso nacionalista no los necesita y, además, considera que dar explicaciones es ultrajante.  El discurso nacionalista nunca busca convencer, sino delimitar. Jamás ha querido dar razones, sino marcar diferencias. Sus planteamientos no pertenecen a un mundo real en el que cualquier actitud debe ser racionalizada en una exposición de motivos, sino a un universo simbólico en el que cualquier emoción debe disponer de su emblema verbal.  Podrán discutirse estrategias entre los creyentes, podrá matizarse este o aquel asunto entre quienes tienen fe. Pero ¿por qué habría de discutirse lo esencial? Y el problema no es que estemos ante una personalidad tozuda y enfurruñada,  que se empeña en no poner en duda las motivaciones de su conducta. Estamos ante quienes empuñan la palabra para dar voz a la nación entera. Lo que es lógico que les incomode es la existencia de otras voces, que ponen en duda lo que para ellos es fundamento incuestionable de toda discusión posterior.
El desacuerdo,  en lo más profundo de lo que unos y otros entendemos por “lo político”, provoca tanta perplejidad como desaliento entre quienes no pueden comprender que la comunidad pueda hablar para negarse a sí misma. Esa voz discrepante tiene el regusto de la blasfemia. Esas alternativas que se propugnan tienen el aspecto de una profanación. Que nadie crea que nos encontramos ante una actitud deshonesta o patológica, porque demasiadas personas lo ven honrada y sensatamente de este modo. Evitemos criticar lo que ocurre como si fuera el resultado de una cínica manipulación, aunque el cinismo y la instrumentalización de las emociones se encuentren también en la conducta de quienes llevan muchos años siendo elite dominante o de quienes llevan otros tanto queriendo llegar a serlo. Lo que ocurre es mucho más grave, porque la deshonestidad de unos cuantos puede remediarse en un proceso de regeneración nacional. Lo más difícil es hacer frente a un desplazamiento masivo de la perspectiva, que ha acabado por crear un escenario en el que el acuerdo resulta ya inviable, y en el que la cohesión necesaria para hacer frente a los problemas de reconstrucción tras esta crisis devastadora parece descartada.   

"El nacionalismo concede a una parte de la opinión pública su función de portavoz de la nación, dejando a quienes no están de acuerdo con sus planteamientos en una lamentable situación de extranjería"


Lo que aquí se plantea, entendámoslo de una vez, no son cuestiones referentes a una manera de pensar, sino asuntos que pretenden manifestar una forma de ser. Esto nada tiene que ver con un debate sobre normas, esto no es una disputa de intereses políticos, esto no pertenece al campo de las negociaciones entre ciudadanos en conflicto. Esto se ha convertido en la afirmación de lo que, simplemente, es. Y lo que es en su totalidad unánime tiene que expresarse con una sola voz cuya función es corroborar tal existencia. Ese es el cambio radical de perspectiva que el nacionalismo inserta en la arena política para bloquear cualquier argumentación que pueda secularizar y someter a discusión  lo que, según él,  nunca puede ser motivo de enfrentamiento. Y, peor aún, lo que nunca puede ser experimentado como un bien social común y diverso, plural y perteneciente en igual grado a  todos los que lo habitan, opinable en sus estructuras, criticable en sus fundamentos, pensable en sus distintos modos de resolver las encrucijadas históricas.  
El nacionalismo es siempre, en todas partes, un proceso inflamatorio de la comunidad, una ruptura de las posibilidades de que los ciudadanos ejerzan sus derechos. Del mismo modo que el populismo no construye el sujeto histórico del pueblo, el nacionalismo nunca ha fabricado históricamente la soberanía nacional. El populismo otorga a un sector social determinado la representación de la totalidad del pueblo, y deja en silencio o en el oprobio a quienes pierden esa condición prestigiosa y legítima. El nacionalismo concede a una parte de la opinión pública su función de portavoz de la nación, dejando a quienes no están de acuerdo con sus planteamientos en una lamentable situación de extranjería. Han sido ya demasiadas las experiencias históricas en las que el populismo no ha tratado de justificar su exclusividad, sino que se ha limitado a movilizarse como si su actividad encarnara e hiciera visible al verdadero pueblo.  Han sido bastantes los episodios del pasado en los que el nacionalismo ha irrumpido como manifestación tangible de un ser nacional. Un ser cuya existencia solo se cree realizable en el escenario construido por quienes se consideran sus intérpretes leales.
Tanto en el populismo como en el nacionalismo conviven la mística, que eleva una posición ideológica al rango de una sagrada constatación de la verdad, y la campechanía, que rebaja una actitud política al nivel de la naturalidad. Por eso podemos ver a los dirigentes populistas y nacionalistas presas del éxtasis al palpar la Sagrada Forma del pueblo o la nación paseándose en las calles en las fiestas de guardar.  O podemos verlos con esa expresión de hastío e impaciencia de quien tiene que explicar a los más necios  lo que es tan natural como la vida misma. Poco tendrá esto que ver con la afirmación de la solvencia democrática que definen a un pueblo y a una nación en estado de madurez política.  El populismo no permite que los ciudadanos vayan constituyéndose, de forma dialogante y diversa, sin imposición metafísica y sin determinaciones ecológicas, como un pueblo en el que cada individuo proyecta su personalidad diferenciada. Y el nacionalismo no deja que los miembros de una comunidad política vayan afirmando su soberanía, mediante un discurso que a todos considere individuos iguales en derechos. Empezando por el derecho a que la opinión de cada uno sea tan nacional, tan propia,  tan legítimamente defensora del interés general y el bien común  como la opinión de cualquier otro ciudadano. 

"El proceso que ha llevado a la inmensa movilización del nacionalismo en Catalunya procede directamente de la crisis económica, cuya duración y persistencia ha provocado fracturas sociales, impresión de pérdida de soberanía, anulación de derechos arduamente conquistados y desmoronamiento del prestigio de las instituciones"


Nada de esto implica que el nacionalismo haya instaurado una cultura política que lleva a las formas de gobierno dictatoriales. Nada de ello supone que los nacionalistas no puedan ser considerados opción legítima que compite por el apoyo que le brindan o no los ciudadanos, en función de decisiones libremente meditadas y libremente ejercidas. Lo que sí manifiesta esta situación es una calidad deteriorada de la democracia, en especial cuando el nacionalismo alcanza determinados niveles de influencia en la opinión pública. Porque el nacionalismo, llamándose democrático y aceptando el marco de una democracia parlamentaria –como es el caso de nuestro marco de actuación pública-, siempre considera que su discurso tiene una relación con la nación más legítima, más congruente con la comunidad, que la establecida por las culturas políticas con las que pueda competir en su territorio. Esa superioridad moral que nunca está ausente de la percepción nacionalista; esa convicción de que el nacionalismo representa con mayor autenticidad a la nación; esa actitud de considerarse una manifestación propia de la comunidad, mientras las demás son vistas como culturas políticas híbridas, entregadas a lealtades nacionales en conflicto; todo ello, es lo que lleva a que el nacionalismo, por su misma hipertrofia representativa, acabe lesionando las posibilidades de un ejercicio pleno de la soberanía, que en una sociedad democrática debe ser ejercida de forma equivalente por todos los que viven en una misma comunidad política. De ahí que no dejemos de observar las delaciones de un lenguaje que, descuidada o voluntariamente, expresan ese plus de representación que el nacionalismo se adjudica a costa de la igualdad de los ciudadanos. Cuando se dice, por ejemplo, que “los catalanes queremos esto o aquello”, en lugar de indicar que quien lo quieren son los nacionalistas, a los que las elecciones nunca han dado ni la totalidad ni una mayoría abrumadora de los votos en Catalunya. O cuando se reclama a los responsables de nuestras instituciones, desde una movilización que se ve a sí misma como la totalidad del auténtico país en marcha,  que actúen como si en este país solo tuvieran existencia real y legítima los nacionalistas, incluyendo la forma de presentar los procesos electorales previstos por la ley.
Nada hay, por tanto, de acusación de actitudes antidemocráticas en estas reflexiones, sino de reproche por la normalización de una perspectiva política que daña las libertades de todos. De todos, insisto: incluyendo a quienes se dice querer beneficiar. Porque cuando la igualdad de los ciudadanos empieza a corromperse, el proceso de oxidación no se detiene nunca, desborda las intenciones iniciales de una segregación controlada, y acaba por dejar a la intemperie a quienes también habrán de ser víctimas de una deslegitimación como la que ahora sufrimos los no nacionalistas. ¿No observamos, ahora mismo, que los nacionalistas no independentistas empiezan a ser cuestionados en sus virtudes cívicas y en su patriotismo por los sectores más radicales? ¿Qué es lo que nos asegura que en un tiempo futuro no serán los independentistas más inclinados a posiciones sociales de izquierda quienes sean considerados extraños a la cultura nacional por quienes ostenten un poder orientado hacia posiciones conservadoras, y que podrán hacer creer que el único modo leal de ser catalán es coincidir con un determinado modelo de sociedad, rápidamente identificado con la forma de ser de nuestro pueblo?

"Plantear candidaturas que escenifiquen un conflicto sustancial entre Catalunya y España sepulta el conflicto entre intereses sociales y modelos de sociedad antagónicos que es el que los demócratas, sean de izquierdas o conservadores, deberían considerar la forma adecuada de organizar las diferencias en un sistema parlamentario"


En mi opinión, el proceso que ha llevado a la inmensa movilización del nacionalismo en Catalunya procede directamente de la crisis económica, cuya duración y persistencia ha provocado fracturas sociales, impresión de pérdida de soberanía, anulación de derechos arduamente conquistados y desmoronamiento del prestigio de las instituciones. La misma elite que ha gobernado Catalunya mediante los instrumentos fabricados por el proceso constituyente de 1977-1980 ha podido presentarse como alternativa al régimen que ha gestionado durante casi toda la etapa autonómica. Y por régimen no me refiero solamente al que se instauró en la llamada “construcción nacional de Catalunya” -frente a la “reconstrucción nacional” que proclamaba el PSUC como objetivo, lo que es mucho más que un detalle de estilo-, sino a las relaciones normalizadas entre la Generalitat y el Gobierno de España, en un bloque de poder y modelo de Estado que resultó perfectamente asimilable al juego de permanente reivindicación espiritual y saldo clientelar favorable que se mantuvo desde la dirección del pujolismo.
La actuación popular contra la crisis se ha formalizado  mediante el impulso nacionalista hacia la independencia. Un impulso que ha debido romper cualquier debate sobre “las cuestiones que nos dividen”, para encontrar un ficticio mínimo común denominador de la conciencia que es la identidad nacionalista. Cualquier otra manera de responder a la catástrofe social que estamos padeciendo habría supuesto una demanda de responsabilidades a la elite que ha gobernado institucional, económica, social y culturalmente este país desde la Transición. Una movilización popular con una conciencia nacional democrática, de resistencia social a los recortes, de formalización de una protesta contra la pérdida acelerada de derechos sociales, habría debido definir la lucha de los ciudadanos catalanes pasando por encima de una identificación nacionalista que solicita, de entrada, la pérdida de cualquier otra identidad personal y colectiva. El desarrollo de esta forma nacionalista de movilización, que empieza por demandar el abandono de las tradiciones socialistas, de las opciones de clase, de las actitudes de izquierda,  es el producto de un desguace de una cultura progresista, que alcanzó su más insensata expresión en los años del Tripartito.
No entraré a detallar los aspectos de este último y más que lamentable paréntesis político y cultural en la hegemonía nacionalista. Lo que sí puede decirse es que en los siete años de gobierno de una izquierda acomplejada, atemorizada ante la posibilidad de ser destituida de su carácter catalanista, incapaz de situar las cosas en el terreno de la perspectiva social que esperaban sus votantes, se perdió –y creo que definitivamente- el pulso que parecía haberse recobrado para hacer frente al modelo de sociedad que el nacionalismo había constituido desde 1980. Y, por tanto, cuando la crisis derramó su lluvia ácida sobre todos los factores de la seguridad vital de los ciudadanos, cuando destrozó las barreras de protección y los ámbitos de servicios identificados con la democracia, el nacionalismo pudo marcar el territorio de la propuesta sin adversario alguno, en especial aquellos competidores que debían haber alzado los criterios de una cultura política como la que movilizó a los catalanes en la fase inicial de la Transición.
Por ello, cuando se observan análisis de periodistas, historiadores, sociólogos y comentaristas diversos ante esta coyuntura, nunca se presenta objeción a lo que son las dos características fundamentales de sus planteamientos. La primera, la deformación de aquel proceso constituyente de 1977 y de las luchas sociales que lo precedieron, convirtiéndolo en una primera etapa conscientemente asumida por todos, en el camino de una soberanía nacional plena que se identifica con la independencia y que se comprende con los recursos culturales del nacionalismo. La segunda, la pretensión de promover instancias unitarias que parecen olvidar las diferencias radicales que separan a federalistas y nacionalistas, roto ya el pacto constitucional y estatutario que permitió llegar a acuerdos en las circunstancias de fabricación. Ni es el momento de advertir que estamos a punto de revertir las condiciones de 1979 en un giro centralista, como forma de animar a que olvidemos todos la forma en que este país ha sido llevado a una escisión radical difícilmente revocable; ni es el momento de plantear candidaturas que escenifiquen un conflicto sustancial entre Catalunya y España, sepultando el conflicto entre intereses sociales y modelos de sociedad antagónicos que es el que los demócratas, sean de izquierdas o conservadores, deberían considerar la forma adecuada de organizar las diferencias en un sistema parlamentario. La vibración plebiscitaria que late en estos dos planteamientos pertenece por entero a la cultura nacionalista, no a la federal. Y en su desarrollo solo podríamos esperar algo muy distinto a la tensión democrática que se vivió en la lucha contra la dictadura franquista y en los momentos primeros del combate por la autonomía. Lo que se asentaría es, precisamente, lo opuesto a aquella actitud: una unanimidad de posiciones hegemonizada por los sectores que son, al mismo tiempo, poder y alternativa de poder; gobierno y movilización callejera; opinión de partido y presunción de representación completa de la nación.
                              

“El combate de la Assemblea implicaba, entre otras cosas, asegurar la cohesión social de Catalunya y tramarla sobre algo distinto al discurso nacionalista.  No debería sorprendernos que la derrota de este proyecto acabara por repercutir en un modo de entender las relaciones institucionales y políticas entre Catalunya y España"


Antes de que llegara todo esto, en los momentos previos a la autonomía gestionada por el pujolismo, existió una Assemblea de Catalunya en cuyas propuestas se hallaba la hegemonía de un partido a cuya debilidad y práctico desmantelamiento cabe achacar buena parte de lo que nos sucede, empezando por la pérdida de una conciencia de clase que identifique a los verdaderos adversarios de quienes sufren esta crisis, y acabando por la evaporación de aquella vinculación orgánica entre conflicto social y proyecto nacional que la izquierda llegó a plantear como emulación de otras experiencias antifascistas europeas. Los objetivos y la forma de trabajar de aquella organización popular fueron ejemplares. La calidad de su trabajo para construir líneas de resistencia y fundamentos de una sociedad democrática debería servir como pieza de contraste para examinar las deficiencias de nuestra situación actual.
Para quien tenga memoria suficiente, o para quien tenga la voluntad de conocer cómo se dieron procesos históricos no mitificados, deberá tenerse en cuenta la manera en que aquellos objetivos y aquella forma de trabajo provocaban el disgusto de quienes preferían ámbitos de discusión más restringidos. El temor permanente de quienes veían con recelo una movilización popular de masas que nunca controlaron. El miedo a la calle que se observó en fuerzas políticas que siempre consideraron conveniente reducir el poder de aquella intervención de todas las formas de sociabilidad democrática que la lucha contra la dictadura había ido constituyendo: los partidos, las asociaciones vecinales, las organizaciones sindicales, claro está, pero también la incorporación individual de quienes se agrupaban en una inmensa plataforma que representaba a una sociedad aún no desvertebrada por el cambio de paradigma que se estableció en los últimos tramos del siglo XX.
Aquella  movilización acabó como resultado de muchos factores –la conquista de libertades que acababan con el estado de excepción, el propio agotamiento de una ofensiva que no podía mantenerse indefinidamente, la entrada en una fase de conflictos y competencia interna de quienes habían mantenido posiciones unitarias antes del proceso constituyente-. Pero hubo un factor que deberá ser señalado sin descanso, porque sin él resultaría incomprensible lo que sucedió más tarde y lo que ha ido evolucionando hasta nuestros días. Y ese factor fue la agrupación de las fuerzas conservadoras para acabar con la movilización propiciada por la Assemblea y que podía haber llevado a la victoria electoral y la hegemonía cultural de la izquierda. No fue un frente nacionalista el que destruyó las posibilidades políticas –y, en su momento, electorales- de un presunto sector “españolista” en Catalunya. Los nacionalistas españoles y los nacionalistas catalanes de derecha,  con el auxilio de una Esquerra Republicana que hizo escaso honor a ambas partes de su denominación, se comprometieron a frenar el horizonte de la “reconstrucción nacional de Catalunya” que se había teorizado en la izquierda más consecuente. Era reconstrucción, es decir, recuperación de las libertades perdidas con el mismo espíritu con el que en otros momentos de democracia plena se ejercieron los derechos de los ciudadanos. Reconstrucción para proporcionar a la nueva democracia el talante popular y avanzado que se encontraba en una determinada zona de la tradición del catalanismo, prolongado en los años más oscuros de la segunda mitad del pasado siglo.
En 1980, aquella propuesta fue derrotada sin paliativos, en especial por la falta de participación de quienes creyeron que aquella no era su batalla, frente al mantenimiento de los votos de quienes siempre tuvieron claro que sí lo era. Que lo era, quizás, en un nivel de mayores posibilidades políticas que el combate por una democracia avanzada que iba a darse en el conjunto de España. Un combate que implicaba, entre otras cosas, asegurar la cohesión social de Catalunya y tramarla sobre algo distinto al discurso nacionalista en el que habría de apoyarse la hegemonía conservadora desde entonces.  De hecho, no debería sorprendernos que aquella derrota acabara por repercutir en un modo de entender las relaciones institucionales y políticas entre Catalunya y España. Pero, también, en la forma en que se reconstruyó un Estado cuya vinculación con la sociedad estuvo muy lejos de satisfacer las esperanzas de un sector de la oposición democrática. Quizás una determinada forma de entender España, la abrumadora espesura de un nacionalismo español conservador y su repunte en las formas más pintorescas de regionalismo anticatalán –no anticatalanista- se levante también por el influjo de esa derrota que fue mucho más que un simple episodio electoral y pasajero.

Antes de que llegara todo esto, se produjo una derrota que nunca hizo referencia, más que en la grosera campaña contra “partidos sucursalistas” del pujolismo, a la línea de discriminación nacional, sino a un modelo de sociedad, un proyecto de país, que había de construirse en una perspectiva nacionalista o en una perspectiva federal. Los resultados están a la vista. Y cada uno deberá decidir si ha sido para bien o para mal. De cada uno y del país entero.

domingo, 26 de abril de 2015

Record de Margarita Rivière. In Memoriam (per Xavier Roig)

Com tanta i tanta gent a Catalunya estava certament preocupada per la deriva que estava agafant aquest país, per l’enorme manipulació de la història, la manipulació de l’opinió, el control governamental  dels mitjans de comunicació públics, per la pressió sistemàtica sobre els privats i, en general, per la manca de respecte a les regles del joc pròpies de la informació  generalment acceptades en el nostre entorn

(Intervenció de Xavier Roig en forma d’homenatge a la periodista Margarita Rivière a l’acte celebrat per Federalistes d’Esquerres el 25 d’abril de 2015)

Se m’ha demanat que digui unes paraules de record de Margarita Riviere, desapareguda fa poc. És un encàrrec que compleixo amb molt de gust però  amb la recança de no tenir gaire clar si el que diré estarà a l’alçada de la memòria de la  persona que ens proposem honorar.



Perquè Margarita va ser un gran personatge, una col.lega i companya periodista que vàrem tenir a prop durant anys i anys per molt que les nostres vides professionals anessin per camins diferents. Sabíem on era i què estava fent, tot i que pogués passar molt de temps sense el menor contacte.
Em centraré en alguns records personals que poden completar, potser, la visió de Margarita Riviere que han donat els molts amics que aquestes darreres setmanes han glosat la seva personalitat i la seva enorme activitat professional.
Vaig conèixer Margarita Riviere fa ja molt de temps, al començament del curs 1968-1969 de l’Escola de Periodisme de l’Església de Barcelona. M’havia graduat el juny anterior i vaig ser convidat a formar part del tribunal que examinava els aspirants a fer estudis de periodisme.
Margarita era una de les futures periodistes que es presentava a l’examen oral, una prova tradicional en aquells temps a les escoles, on s’intentava descobrir si l’estudiant tenia imaginació i curiositat periodístiques. Es tractava de comprovar si s’havia fixat prou en l’estructura de carrers de Barcelona, en determinats edificis i anuncis publicitaris, institucions o botigues i si sabia, per exemple, qui organitzava el Premio Nadal i on es celebrava l’acte de concessió.
Aquesta última pregunta era un clàssic que, òbviament, Margarita no va tenir cap dificultat a superar. Amb el temps, Margarita acabaria essent una referència permanent del món editorial i literari de Barcelona. Qualsevol cosa que volguessis saber d’aquest àmbit, un nom, un número de telèfon ... sabies que Margarita te’l conseguiria.
Com que a l’Escola de Periodisme de l’Església es respirava un ambient més aviat progressista i es practicava la resistència tranquil.la pròpia d’aquells anys, hem de remarcar que ens feia molt gràcia la convivència allà al CICF de Via Augusta amb una estudiant com Margarita Riviere  - i alguna altra – que provenia d’una família burgesa de veritat, de la burgesia industrial per ser més exactes. Despertava una curiositat no gens dissimulada entre tants i tants aspirants a provar de fer la revolució o només una mica de revolució.
Que escrivís un primer llibre sobre la moda ens va fer molta impressió. El camp de la moda no era precisament un focus privilegiat de l’atenció dels estudiants de periodisme d’aquells anys però, en canvi, tot això de la semiòtica, tot i que no sabíem massa de que es tractava, començava a fer forat. Ens intrigava. Segur que Margarita devia ser molt llesta i segur que ens estava marcant un camí.
Margarita Riviere va tenir una activitat periodística diguem-ne convencional molt considerable. Va aconseguir – ho han deixat registrat tots els records que s’han publicat aquests dies – treballar en pràcticament tos els periòdics que en aquell moment vèiem llunyans i gairebé inabastables: La Vanguardia, El Periódico, El País, Diario de Barcelona, l’agència EFE ...  
Però va ser recentment, quan ja començava a estar malalta, que vàrem tornar a multiplicar els contactes, les llargues converses, la coordinació en algunes accions. Sempre per telèfon o per correu electrònic.
Margarita no havia afluixat mai en el seu activisme però arran del llançament de Federalistes d’Esquerres, Margarita va passar a ser una interlocutora més freqüent. I compromesa.
Perquè com tanta i tanta gent a Catalunya estava certament preocupada per la deriva que estava agafant aquest país, per l’enorme manipulació de la història, la manipulació de l’opinió, el control governamental  dels mitjans de comunicació públics, per la pressió sistemàtica sobre els privats i, en general, per la manca de respecte a les regles del joc pròpies de la informació  generalment acceptades en el nostre entorn.
L’omnipresència de Margarita en els combats per les causes de la llibertat d’informació i per la democratització de les institucions representatives dels periodistes van tornar a prendre un sentit en aquests darrers anys de la seva vida.  Margarita, present novament en totes les batalles malgrat  la seva molt seriosa malaltia.
Només uns dies abans de morir, ens presentava una novel.la que és com un testament del seu compromís i una prova de la seva voluntat  de deixar registrat el peculiar ecosistema polític que es va viure en aquest país sota un llarg govern nacionalista. És un gest que ens interpel.la i que ens ha d’estimular a seguir el seu exemple de treball constant per les causes que s’ho mereixen.

martes, 7 de abril de 2015

La lección de anatomía (por Ferran Gallego)

Buena parte de la propaganda nacionalista ha ido en busca de un voto que no se encuentra ni en el corazón ni en el estómago, sino en algo tan de quita y pon como la cartera. El crecimiento del independentismo nada debe a una mayor calidad del discurso democrático. Quienes defendemos la soberanía tenemos una idea de la sociedad que no se resuelve creando otro Estado, sino reforzando la participación de los ciudadanos, el control de las instituciones por la comunidad política y la rendición de cuentas de la gestión realizada


Un alto dirigente de Convergencia ha mostrado su preocupación por el crecimiento de voto de Podemos o Ciudadanos en las próximas elecciones señalando que el sufragio ejercido  con el cerebro y corazón corre el riesgo de ser sustituido por el que se ejerce con el estómago. En los últimos años, Convergencia parece haberse convertido en una academia de cursos nocturnos de literatura, especializada en el poder de las metáforas.  Pero al profesor Mas,  que elevaba el vuelo de su discurso con alusiones a la navegación, a los vientos en popa y a los rumbos inflexibles hacia las Itacas de larga espera, lo sustituye en periodo vacacional el interino Turull, que ha rebajado la elegancia de las figuras literarias hasta referirse a  bombeos cardíacos o procesos digestivos.  Y si el verbo imaginativo de Mas puede convertir las elecciones  en el puerto final de una travesía entusiasmada, las palabras de Turull amenazan con hacer de las urnas el humilde depósito de una desembocadura intestinal o  la angustiosa pantalla de un infarto de miocardio colectivo.



Al nacionalismo, que no soporta las descripciones sobrias de la realidad; al nacionalismo, que es ya una metáfora excesiva de la nación, se le están rompiendo las costuras del buen gusto literario, que es lo último que puede perder quien solo usa las palabras para construir el idioma de un país de fantasía. Si en el principio fue el Verbo, que por lo menos sea inteligible. Si en el principio fue la estética, que por lo menos sea atractiva. Si en el principio fue la ficción, que por lo menos sea rigurosa. Por lo demás, la metáfora del señor Turull es facilona. Tanto, que ni siquiera estoy seguro de que se haya utilizado inicialmente por el nacionalismo catalán. Me temo que la ha utilizado, y mucho,  otro nacionalismo, precisamente aquel con el que dice estar en confrontación incansable el actual presidente de la Generalitat. Han sido los medios más vinculados al discurso nacionalista español los que se han referido a esa distinción obscena entre el voto ejercido con el corazón y el voto ejercido con el estómago. Incluso han ido más lejos, señalando un horizonte hacia el que no tardarán en cabalgar las mesnadas del President: no hay un conflicto entre propuestas políticas, solo una confrontación entre ideas sublimes e intereses mezquinos.  Si Shaw decía que los ingleses y los americanos son pueblos separados por un mismo idioma, acabaremos por entender que el nacionalismo catalán y el nacionalismo español son lenguajes separados por una misma metáfora.
Seamos poéticos: pidamos lo prosaico. Los ciudadanos ejercemos nuestro voto con la voluntad, como un ejercicio de la razón. Una razón política de la que no están ausentes pasiones controladas, emociones indispensables, ilusiones en las que toman forma las justas aspiraciones de cada individuo, entre las que se encuentra un solidario deseo de que los derechos de todos sean adecuadamente atendidos.  Votamos como fruto de una decisión, que es la misma que nos convoca a ejercer otras muchas responsabilidades en una sociedad de seres libres e iguales. Libres e iguales, habrá que repetirlo. Porque la metáfora anatómica tiene ese sabor a exclusión, a distinción entre los de aquí y los de allá, los de dentro y los de fuera, que hace tiempo que nos fatiga la inteligencia. Al parecer, algunos tienen la exclusiva del corazón y otros solo tenemos un estómago insaciable y palpitante. Y, claro está, en ese campo de alusiones elementales, que forman parte de lo que la sabiduría popular considera digno o felón, no hay color entre quienes van por la vida con el corazón por delante y quienes toman las decisiones consultando con la cavidad abdominal.  No es lo mismo sacar pecho que lucir barriga en la pasarela de la elegancia y el heroísmo cívico en el que se ha convertido este país. No es igual el pálpito impulsivo de un corazón limpio y salvaje que una gordinflona acidez de sobremesa. Después de habernos destituido de tantas cosas, los nacionalistas también quieren darnos esa absurda lección de anatomía moral, en la que nuestras razones son atribuidas a la carencia de la generosidad y la ambición honesta que reposan en el ritmo del corazón. Según ellos, nosotros no aseguramos que la patria tenga oxígeno sesenta veces por minuto, nosotros no somos ese golpe de Celaya que golpeaba las tinieblas en los años del franquismo. Nuestra opinión solo existe en esa zona impúdica y algo irreverente donde se administran los residuos de la sociedad.  
 No le extrañe al lector la irritación que provoca este tipo de expresiones entre quienes sabemos demasiado bien cuáles han sido las consecuencias de unos proyectos sociales que han optado por las metáforas biológicas. Ni siquiera la radical congruencia entre este recurso y el organicismo político nacionalista puede evitar que nos moleste su lenguaje. No es una simple expresión lírica que trata de dar impulso a lo mejor que cada uno de nosotros lleva en su persona. Es una aviesa costumbre de definir la deficiencia de carácter, la sombría falta de convicciones y la carencia absoluta de sentido de pertenencia a una comunidad de quienes no estamos de acuerdo con ellos. Por eso, lo más efectivo es recurrir a una retórica que establece, al margen de cualquier legítima discrepancia, lo que separa lastimosamente a quienes usan un órgano cargado de nobleza y quienes, en el momento más solemne y decisivo de la vida democrática, prefieren usar órganos destinados a usos más vulgares. Para ellos, el cántico espiritual de los latidos de la sangre. Para nosotros, la profana flatulencia de los sin patria.

El hecho que se haya divulgado un discurso simplificado de los de dentro y los de fuera, en el que las referencias políticas de la derecha y de la izquierda han sido sacrificadas en el altar de un organismo desfasado, es también populismo


Por lo demás, el señor Turull hace trampas, aunque eso tampoco sea algo que nos coge desprevenidos. Buena parte de la propaganda nacionalista ha ido en busca de un voto que no se encuentra ni en el corazón ni en el estómago, sino en algo tan de quita y pon como la cartera. El crecimiento del independentismo nada debe a una mayor calidad del discurso democrático. Nada debe, por ejemplo, al afán por recuperar una soberanía que ha sido secuestrada sistemáticamente por el mismo partido que se llena la boca con esa palabra, procurando que nadie pueda saborear su contenido. Quienes defendemos la soberanía tenemos una idea de la sociedad que no se resuelve creando otro Estado, sino reforzando la participación de los ciudadanos, el control de las instituciones por la comunidad política, la rendición de cuentas de la gestión realizada y la garantía de que todos tendremos las mismas oportunidades para ser escuchados en los medios públicos de comunicación. ¿Es que alguien cree que va a crecer el nivel de soberanía de los ciudadanos de Catalunya por el simple hecho de disponer de eso que se llama, perdiéndole todo el respeto a las palabras un “Estado propio”?  Porque Estado ya tenemos, desde luego. A no ser que las infinitas disposiciones de la Generalitat que he ido cumpliendo desde que empecé mi trabajo como funcionario, a las órdenes por aquel entonces de la señora Carme-Laura Gil, sean un malentendido, una tomadura de pelo como el de esas operadoras que siguen enviándote facturas aunque el dominio que compraste haya caducado. Y el adjetivo  “propio” no mejora las cosas: de hecho, ni siquiera califica. Porque no va a ser el Estado de todos los catalanes, sencillamente porque más de la mitad de nosotros no lo deseamos. Y ellos lo saben. Y, además, porque el Estado propio independiente es una contradicción en los términos tan poco apetecibles de la actual Unión Europea, a la que nuestros independentistas hegemónicos cedieron cualquier atisbo de soberanía, en temas esenciales, con mucho mayor entusiasmo del que he tenido yo por ese verdadero ultraje al margen de maniobra para superar crisis como las que sufrimos.
No, la popularidad del discurso nacionalista no procede del corazón. Procede de la cartera. Procede de la infatigable referencia al expolio económico de Catalunya. Porque plantear cualquier asomo de expropiación cultural, en las condiciones en las que se ha organizado este tema desde 1980 sería un insulto irreparable a la sensatez. Aquí,  algunos han manifestado, con terquedad cuyos principios no comparto, pero cuya actitud debo respetar, su posición independentista desde antes de que se iniciara la Transición. La mayoría de quienes han hecho del independentismo una fuerza social considerable han llegado a esto como uno de los efectos colaterales de la crisis. Tenemos suficientes ejemplos de radicalización política en la historia de los últimos doscientos años para saber que las actitudes radicales no se forjan por mera persuasión discursiva, sino como resultado de una quiebra del orden social constituido. Es la percepción de que el sistema no funciona, y sobre todo la seguridad de que la crisis nos perjudica personalmente, lo que lleva a tomar posiciones que no tomamos en los años de bonanza. Los lemas más eficaces de la campaña nacionalista no se han referido a la  lengua ni a la soberanía, sino al bienestar que cada uno de nosotros podría alcanzar, de no tener que sufrir un régimen inadecuado de financiación de las autonomías. O, traducido al lenguaje que ha preferido usarse para ganar tiempo, si no tuviéramos que aguantar que España -esa nación que sí tiene un Estado propio- nos robara. Y se ha indicado que puede hacerlo porque Catalunya tiene su soberanía a la intemperie, su Estado por hacer, su cultura despreciada y su voluntad hecha trizas, contemplados burlonamente por cualquiera que mande –sigamos con las figuras retóricas- en Madrid. Que, durante más de treinta años, la llamada “minoría catalana” haya sido decisiva en las Cortes españolas, para indicar en qué se gastan lo que Hacienda ingresa tras cada campaña fiscal,  parece ser una contradicción a la que conviene no mirar a los ojos. Con inaudita desvergüenza, quienes han formado mayorías parlamentarias en las Cortes españolas para aprobar los presupuestos, aparecen ahora vociferando que no tenemos Estado propio y, lo que es peor: que sufrimos un Estado ajeno, una de cuyas características es hacernos la vida imposible. La antigua colaboración, cuando se reconoce el pecado, se contempla como la virtud de una esforzada estrategia de comprensión a la que se ha dado con la puerta del centralismo en las narices.
Lo que se ha pedido a los catalanes, señor Turull, no es votar con la cabeza ni con el corazón, sino con el bolsillo bien atento a lo que, siendo objeto de una discrepancia sobre balanzas fiscales, ha preferido presentarse de un modo más intratable por ambas partes. Por ambas, desde luego, porque no le han ido a la zaga los comentarios más impresentables de quienes han llegado a decir lo que se ha dicho de los catalanes, de todos los catalanes, en esta temporada. Se nos ha tratado de comunidad subvencionada, derrochona, egoísta, paleta y rencorosa. Ese es el fuego graneado de la ignorancia y el prejuicio del españolismo infame, que se cisca en la mejor tradición política española, derrotada en 1939 por quienes, a uno y a otro lado del Ebro, no celebran los aniversarios de aquella tragedia. Y a esos disparos contra el corazón, la cabeza y el estómago, se responde con balas de similar calibre moral y parecida letalidad para la inteligencia. España, en lo que se ha convertido en un sentido común sin  posibilidad de un debate público en condiciones, es presentada como un país…subvencionado, derrochón, egoísta, paleto y rencoroso. Por eso hay que salir de ahí corriendo. Y, además, no tendremos que hacerlo con el vergonzante y vergonzoso discurso de la Liga Norte italiana, que ni siquiera esconde su desprecio profundo por aquellos a quienes considera habitantes de regiones pobres. Encima, la defensa de un sistema que nos evite la solidaridad puede presentarse como reivindicación de la democracia. En eso, en todas partes cuecen habas, y quien haya seguido la campaña electoral de Andalucía habrá podido ver lo poco que cuentan las cuestiones ideológicas más sensatas cuando se trata de apelar a eso que, vamos a dejarlo ya aquí, se empeñan el llamar “el corazón”.

Muchos parecen haber olvidado lo poco que tiene que ver todo este escenario con las reivindicaciones de soberanía nacional que vertebraron el discurso de la izquierda socialista y comunista cuando se luchaba por instaurar la democracia en España


Hace unos pocos días, alarmados por la pérdida de chispa que iba mostrando “el proceso”, se reunieron en el Palau de la Generalitat quienes representan a partidos políticos parlamentarios y quienes solo se representan a sí mismos, aunque se empeñan en decir que representan nada menos que a la “sociedad civil”. Que el señor Turull se atreva a referirse al “populismo” de Ciutadans y de Podemos, cuando se produce un acuerdo de este tipo, lleva las cosas a unos niveles en que es difícil hablar, porque ni siquiera nos hemos puesto de acuerdo en el significado de las palabras.
Que los procedimientos de la democracia han ido envileciéndose en este país al calor del proceso es evidente. La propuesta de una lista única, “de país”, que decretara el estado de excepción sosteniendo una intolerable pausa de la democracia parlamentaria, solo fue frenada por la competencia entre Mas y Junqueras para liderar un mismo trayecto. Solicitar a los partidos que se aparten de una circunstancia histórica, para considerar una sola cuestión que en el mejor de los casos ha sido considerada crucial por la mitad de los catalanes, algo tendrá que ver con el populismo. Que se haya prestado especial atención a la convocatoria de manifestaciones agasajadas con la propaganda institucional pagada por todos los catalanes, al mismo nivel que el parlamento,  en el que se sientan los representantes de la soberanía popular, algo tiene que ver también con el populismo. Que se haya divulgado un discurso simplificado de los de dentro y los de fuera, en el que las referencias políticas de la derecha y de la izquierda han sido sacrificadas en el altar de un organicismo desfasado, también tiene que ver con el populismo. Que estas sean las únicas manifestaciones a las que se ha prestado atención, mientras se ignoraba, se insultaba o se calentaba a porrazos a quienes luchaban en la calle contra los recortes sociales más aterradores de los últimos cincuenta años, algo tiene que ver con la desvergüenza populista. Y esto último, porque no hay populismo posible sin una elite que sostenga a su conveniencia la protesta de las masas. El populismo nunca ha consistido en que el pueblo tome la palabra, sino en que el pueblo sea manipulado para que una elite sustituya a otra o para que la misma elite continúe gobernando, cambiando de apariencia. El populismo no es una forma radical de democracia, sino todo lo contrario. Por eso mismo nos preguntamos siempre por el protagonismo inapropiado que se concede a personas que representan solo a una respetable institución como el Omnium. O a una persona que, como Carme Forcadell, recibió un correctivo electoral tan apabullante la última vez que quiso medirse con sus adversarios en una campaña municipal. Si no ando equivocado, hace solo ocho años, el 95 % de sus vecinos de Sabadell decidió apoyar opciones distintas a la suya. Desde aquella fecha hasta ahora no ha existido la capacidad de convencer de unos principios a una mayoría que tan ampliamente los rechazó antes de la crisis. Lo que se ha dado es el marco de exasperación, de fractura  e incluso de desesperación en la que se forjan los liderazgos súbitos, siempre tan alérgicos a la normalidad nacional y social que tanto se invoca. 
Pero lo que interesa en el proceso no es la calidad de la democracia parlamentaria. Ni siquiera interesa una democracia que sea entendida como espacio de resolución de conflictos y en la que, por tanto, ni el permanente consenso entre intereses antagónicos ni la identificación de la comunidad política con un solo proyecto resulta aceptable. Tampoco lo es convertir un régimen de partidos en un híbrido en el que no se sabe dónde acaban los recursos de la democracia plural, diversa y conflictiva, y dónde empiezan los instrumentos del bonapartismo plebiscitario, obligando a la población a que elija cuál de los dos polos de un dilema considera mejor.  A los nacionalistas les preocupa algo más, y por eso han llegado a firmar esa nueva “hoja de ruta” –que, en forma y contenido  es, además, uno de los documentos más penoso que he podido leer en todos los años de mi vida profesional, que son ya muchos, algo que se agrava por las pretensiones de solemnidad con el que da cada uno de sus pasos “el proceso”-. Les preocupa lo que se confesó hace ya unos meses: que no se puede mantener a todo un pueblo en un permanente estado de excitación. Una verdad como un templo, pero que parece considerar legítimo tenerlo crispado mientras le aguante el cuerpo, y encauzar sus opciones de convivencia y pluralidad sobre esa circunstancia emocional.
Imagino que no hará falta resaltar aquí qué tipo de normalidad preferimos quienes nos movemos en este campo federalista de izquierdas. Ni siquiera tendremos que recordárselo a quienes parecen haber olvidado lo poco que tiene que ver todo este escenario con las reivindicaciones de soberanía nacional que vertebraron el discurso de la izquierda socialista y comunista cuando se luchaba por instaurar la democracia en España. Uno tiende a pensar que esto forma parte de las muchas cosas que nos hemos dejado por el camino tras determinadas derrotas políticas y culturales que han ido jalonando los últimos tramos del siglo XX y han preparado el pavoroso paisaje de estos primeros compases del siglo XXI.
Bastará, quizás, con que respondamos a esa lección de anatomía que nos ha propinado un portavoz del nacionalismo diciendo que nuestro voto, nuestras decisiones diarias, nuestras ideas, nuestras convicciones, se forman en aquellos espacios de discusión, de movilización, de defensa de nuestros derechos. Algunas cuestiones tienen que ver con la defensa de la cultura, otras con la mejora de la atención social, otras con la mejora de nuestra soberanía como ciudadanos. Y todas ellas afectan a la totalidad de nuestra existencia como individuos en sociedad, a la integridad de nuestros deseos y a la suma de nuestras experiencias. No votaremos con el corazón o con el estómago, sino con la plenitud de nuestra vida. Esa vida que, para quienes deberían ser meros adversarios políticos, parece haberse convertido en un despreciable residuo extranjero,  de materia sin espíritu y de carne sin voluntad.

“Cuando quieras quedamos” (per Siscu Baiges)

(Dedicat a la memòria de Margarita Rivière recollint el sentiment de Federalistes d’Esquerres)

“Cuando quieras quedamos. Beso. M”. Així acabava el correu electrònic concís amb què Margarita Rivière em va contestar el que jo li acabava d’enviar dimecres passat, dia 25. Li comentava que no acabava d’identificar alguns dels personatges que apareixen al seu darrer llibre “Clave K”, una novel·la on es despatxa a gust contra el pujolisme. La novel·la la va escriure fa més de 15 anys però aleshores ningú no es va animar a publicar-la. Ara ho ha fet “Icària editorial”.





La presentació va ser el mateix dimecres i no hi vaig poder anar perquè havia de participar en un programa de ràdio. El seu estat delicat de salut també li va impedir de ser-hi. Va intervenir mitjançant un vídeo enregistrat. L’Enric Català, el fotògraf que m’havia acompanyat a l’entrevista que li vam fer l’octubre per Catalunya Plural, sí que hi era i em va dir que la va veure força desmillorada. La mort ha corregut més ràpid del que prevèiem aquest cop.
L’entrevista va penjar-se a la xarxa el 7 d’octubre passat amb el títol: “Als periodistes que no estàvem amb els nacionalistes ens deien que estàvem contra ells”. La conversa havia donat per un bon grapat de títols més. Feminista i progressista va haver d’aguantar les crítiques dels que li retreien que venia de bona família i els que l’etiquetaven com anti-catalanista. En va parlar en aquella conversa relaxada, en què només es va treure el tub que li subministrava oxigen mentre l’Enric li feia les fotos.
Jo diria que no era rancuniosa però recomano la lectura de “Clave K” per entendre la seva opinió negativa del pujolisme i el nacionalisme que van fer impossible que un llibre com aquest és publiqués ara fa quinze anys. Vam coincidir poc personalment i molt ideològicament. Llegint-la, llegint-nos, sintonitzàvem.
Com jo, tenia la sensació que el debat nacionalista ens prenia temps d’altres ocupacions més enriquidores i constructives. Però estàvem, estem, en aquest ball i ens toca ballar.
A ella ja no. El que toca ara és repassar els seus escrits. Llegir “Clave K”, naturalment. Però em permeto recuperar un parell de frases de l’entrevista del passat octubre.
Així explicava la seva opció professional: “Ser periodista sempre val la pena. T’ha d’agradar la gent. Sinó, dedica’t a una altra cosa. Si t’agrada la gent, entendre-la, entendre on vius, és el millor que hi ha. Quan em vaig dedicar a això no sabia què era. Ara ho sé i tornaria a ser periodista”.
I així explicava la que considerava única frustració professional: “No haver pogut fer mai un reportatge d’un consell d’administració d’un banc. Explicar-li a la gent com funciona el consell d’administració d’un banc o d’una gran empresa. És un somni que he tingut com a periodista i no he pogut realitzar”.
Ben segur que li hauria agradat veure el final –si algun dia en té- del debat sobre la independència de Catalunya. L’entrevista acabava amb aquestes afirmacions seves: “La vida no és desitjar ser independent sinó jugar amb allò que tens al teu entorn, adaptar-te i tenir empatia. Les dones en sabem molt d’això”.
Quan vulguis quedem. Petó. S

sábado, 28 de marzo de 2015

Votos, escaños y soberanía popular (por Ferran Galllego)

La formación de mayorías de gobierno nacionalistas e incluso la posibilidad de que ERC haya escogido pareja de baile se ha basado en la sobrerrepresentación de territorios en los que –vaya casualidad- la izquierda no independentista es minoritaria. Mejor dicho: en los que la izquierda es minoritaria ¿Habría de extrañarnos que se hable ahora de mayoría parlamentaria, incluso cuando eso implique que se quiere tomar decisiones en minoría ciudadana?



“Era inevitable: el olor a almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados.”  El inicio de una de las novelas de García Márquez parece servir de entrada propicia para toda historia de emociones largamente insatisfechas, de conflicto dilatado entre la realidad y el deseo, de pasiones humanas revolcándose , como lo hizo aquel amor en los tiempos del cólera, en la larga espera de una consumación que tardó dos vidas enteras en producirse.



Es inevitable. Las referencias a una mayoría parlamentaria, en lugar de a una mayoría de votos para legitimar cualquier opción de poder, siempre recuerda el destino del populismo contrariado. Nuestro buen amigo Francisco Morente se atrevió a poner en duda el sistema electoral de Cataluña para demostrar, números en mano, que las mayorías absolutas nacionalistas siempre se habían constituido vulnerando la representación de una mayoría de votantes –no digamos ya de una mayoría de electores, que eso sería darse un garbeo por el país de las maravillas de Alicia-. No olvidó el profesor Morente referirse a la idéntica circunstancia que se produce para la elección del Congreso de los Diputados, donde impera un sistema siniestro que utiliza la excusa de la estabilidad para proteger, fuera ya del marco inicial de la transición democrática, los intereses de los dos partidos mayoritarios…y los  de los partidos nacionalistas. Cuando esos intereses chocan contra la igualdad del voto de los ciudadanos, es evidente que se está eligiendo un determinado bien –la formación de mayorías estables- frente a otro bien –los derechos idénticos de los individuos-.  Personalmente, y considerando lo que ha llovido desde aquellos años en que era preciso reforzar una democracia parlamentaria de partidos, no me cabe duda de cuál es el bien que debe elegirse. Pero el profesor Francisco Morente recibió una injusta, desproporcionada e insultante respuesta en la que se le puso al nivel de un sargento chusquero defendiendo los intereses de la madre España. Con las cosas de comer no se juega, y con los instrumentos para formar mayorías parlamentarias, menos aún.
El debate sobre cuál debe ser el sistema electoral idóneo en una democracia parlamentaria es tan viejo como la democracia parlamentaria misma, aunque haya tenido mucha menos fuerza en aquellos sistemas en los que lo principal no era el parlamento, sino la presidencia de la República -como sucede en Estados Unidos- o donde, de un modo más definido y más reciente, era resultado de una derrota del parlamentarismo en una crisis nacional, como sucede en la Francia de la V República. Recordemos que el actual sistema electoral francés fue fabricado precisamente en la lógica de un proyecto que venía definiendo Charles de Gaulle desde su salida del gobierno en 1946 y la formación, al año siguiente,  del Rassemblement du Peuple Français. De lo que se trataba era de volver a definir la soberanía del pueblo arrebatándosela a los partidos que,  según la perspectiva del gaullismo,  la habían usurpado. La primera vez que se aplicó el régimen electoral mayoritario en nuestro país vecino, el Partido Comunista redujo su representación a diez escaños –de los más de cien con los que contaba hasta entonces-, mientras el partido del gobierno pasaba a disponer mayorías abrumadoras salidas de la voluntad de poco más de un tercio de los votantes. Solo en 1986, cumpliendo una promesa del programa de la Izquierda de 1981, Mitterrand impuso de nuevo el sistema proporcional, que permitió a los seguidores de Le Pen irrumpir con 35 escaños en la Asamblea Nacional. Fue bastante esa llegada de los bárbaros para que Chirac renovara el viejo sistema mayoritario, de circunscripción uninominal a dos vueltas, que la izquierda socialdemócrata ha considerado inviolable desde entonces. A algunos les consolará que este sistema impida la llegada del Frente Nacional a las instituciones más altas de la República . Desde su salida del parlamento en 1988, el lepenismo  ha mantenido a sus 4-6 millones de votantes en la marginación representativa. A mí no me hace ninguna gracia ese efecto secundario que, en principio, no se buscó para la extrema derecha, sino para evitar que una izquierda dividida ferozmente entre comunistas y socialistas llegara a entenderse en el ballotage. Algunos deberían saber que las explicaciones del crecimiento del nazismo en los años treinta basadas en el sistema proporcional de la República de Weimar no se las toma ya nadie en serio, y que a todos los historiadores les parece más importante averiguar la conquista sistemática de la sociedad por diversos sectores antidemocráticos que confluyeron en el movimiento hitleriano, siendo su fuerza electoral la expresión última, y no la causa inicial, de la corrosión de la primera democracia alemana del siglo XX.

Es curioso que una tradición política como la catalana, en la que fueron hegemónicas las culturas libertaria y federal  -que son opciones de las clases trabajadoras que recelaban del poder del Estado y deseaban construir la política en la constante revitalización de la vida social-  haya acabado por tener como destino manifiesto del pueblo catalán  la construcción de lo que ellos llaman “un Estado propio”


He deseado extenderme en ese ejemplo tan cercano, que sigue mostrando bochornosas incoherencias entre lo que las personas votan y lo que los parlamentos representan, porque ese desastre se hizo, precisamente, en nombre de un pueblo francés al que los partidos oligárquicos habían hurtado sus derechos de intervención política. En el nombre del pueblo, otra vez. Y en contra de los ciudadanos, de nuevo.  Como hemos vivido una afanosa convocatoria permanente del pueblo catalán, algunas de las cosas que están ocurriendo deben incluirse en esa lógica. Deberá hacerse, por ejemplo, cuando aquí se ha llegado a un extremo que el gaullismo nunca quiso alcanzar. Porque el gaullismo tenía eso que se llama sentido de Estado, y aquí lo que se busca es precisamente jugar con el máximo de confusión posible con todo aquello que se llame representación, pueblo, ciudadanía parlamentarismo, democracia, soberanía y, desde luego, Estado.
Es curioso que una tradición política como la catalana, en la que fueron hegemónicas las culturas libertaria y federal  -que son opciones de las clases trabajadoras que recelaban del poder del Estado y deseaban construir la política en la constante revitalización de la vida social-  haya acabado por tener como destino manifiesto del pueblo catalán  la construcción de lo que ellos llaman “un Estado propio”. No creo el actual independentismo pueda llamarse heredero de las trayectorias que mejor constituyeron una percepción nacional y singular de las relaciones entre lo institucional y lo social. Por lo menos, mientras acepta ahora el liderazgo de fuerzas que, con toda claridad y diciéndolo sin tapujos, se han legitimado como continuidad de una práctica política basada en los acuerdos de la elite catalana con la que gobernaba el resto de España. Me reservo la opinión de algunos sectores de la izquierda más radical, cuya denuncia sistemática del Estado como “producto y manifestación de las contradicciones de clase”, como lo caracterizaba Lenin en 1917, parece haberse quedado para los seminarios de formación ideológica de los nuevos militantes, si es que todavía se hacen cosas de este tipo. En todo caso, que la izquierda pierda la perspectiva de clase en esta y otras muchas cuestiones no deja de ser un rasgo de nuestra época, que tan bien les funciona a quienes se suben al prestigio de lo “nuevo”, lo “valiente” y lo que “planta cara”, como se ha podido oír en la reciente campaña andaluza, para definir de esta forma curiosa dónde hasta donde ha llegado el desguace de la orientación política en este país.
Pero, como no se trata solo de pegar con la evocación de los clásicos o con la alusión a elementos centrales de una ideología a una izquierda que no tardará en encontrar los resultados de esa limadura del lenguaje -que es el primer síntoma de la pérdida de la hegemonía cultural-, vayamos a otros temas que interesan a todos. Porque lo que ha venido preocupándonos desde la convocatoria electoral del 27 de septiembre, y que con tanta exactitudresaltaba el amigo Xavier Arbós en su artículo del 18 de marzo es, verdaderamente, un espanto: prescindir de una mayoría de votantes para fijar la atención en la mayoría de parlamentarios. Plantear unas elecciones plebiscitarias y cargarse jocosamente el sentido último de la prueba: cuántas personas están a favor o en contra de opciones políticas independentistas o no independentistas. Una ocasión que permite, además, fuera del tramposo ejercicio de la famosa pregunta, averiguar la calidad real del voto ciudadano. Es decir, si se vota independista o no, pero también por qué proyecto social se opta; por qué manera de afrontar los desafíos de la crisis; por qué caminos para resolver problemas nacionales que expresan la soberanía popular en formas que no se limitan a afirmar la constitución de un Estado independiente, sino que desean expresar también cuál es el modelo de organización económica que se elige, el proyecto de sistema educativo que se prefiere, la trama de protección social que se considera imprescindible, y el esquema de relaciones entre los ciudadanos y las autoridades económicas europeas que se defiende. No he sido yo, no hemos sido nosotros, los que nos hemos empeñado en poner a estas elecciones la etiqueta solemne y peligrosa de una jornada plebiscitaria. Pero no es admisible que quienes así lo han decidido y divulgado se empeñen luego en deformar las elementales normas de conducta en una situación de este tipo. La mayoría parlamentaria, como ha venido sucediendo en Cataluña y en España desde el inicio de la transición, establece una desviación indeseable entre el voto popular y la representación institucional. Y no en poca medida, porque la formación de mayorías de gobierno nacionalistas e incluso la posibilidad de que ERC haya escogido pareja de baile –la llave, la maldita llave que Carod Rovira exhibió con jactancia y desprecio a la suma de los votos de los ciudadanos reales- se ha basado en la sobrerrepresentación de territorios en los que –vaya casualidad- la izquierda no independentista es minoritaria. Mejor dicho: en los que la izquierda es minoritaria.
En cuanto las encuestas –o la simple atención a las variaciones de la presión atmosférica- han señalado que el independentismo está en minoría, los asistentes a las infatigables reuniones en el Palau de la Generalitat han empezado a hablar de “mayoría parlamentaria”.  Ahora es cuando se puede oponer a su sentido de la democracia la calidad de la democracia misma. Ahora es cuando debemos objetar a su estrategia institucional la voluntad de los ciudadanos. Una voluntad que no es la de un sector del pueblo llenando las calles con sus legítimas reivindicaciones, sino esa decisión que sale del ejercicio del derecho al voto: individual, secreto, igual y libre.

¿De verdad hemos tenido un debate sobre la soberanía en la Cataluña movilizada por la crisis? Ni hemos hablado de lo que es el margen de gobierno real sobre las cuestiones que más nos afectan, ni hemos puesto en duda la organización de un sistema que entrega nuestras herramientas de política monetaria a la Unión Europea, ni hemos considerado en qué consiste la independencia de una nación en una organización internacional que el independentismo mayoritario ni siquiera comenta


Pero ¿de verdad nos extraña tanto que el “derecho a decidir” sea despedido por quienes se atestaron la boca con la reprimendas a quienes ponían en duda el derecho a votar, a quienes, de forma inexplicable, estaban en contra de que los ciudadanos se expresaran? ¿De verdad nos sorprende esa elección del resultado parlamentario, en detrimento del número de votos, por quienes urdieron una pregunta tan escandalosa como la que pretendían averiguar la voluntad de los ciudadanos de Cataluña el pasado 9 de noviembre? Esto es, simplemente, el resultado de la desquiciada manera de organizar un debate que el nacionalismo ha ido tejiendo desde la desatinada intervención del PP, por tierra, mar y aire, contra la reforma del Estatuto, hasta llegar a la sentencia del 2010. Y, en especial, lo que se ha ido produciendo desde el 2012: porque en las primeras elecciones tras la sentencia, el resultado del independentismo fue más que discreto, como parece haberse olvidado a la hora de fijar la cronología de los hechos.
Tiene que ver todo esto con lo que antes señalaba. La forma en que se ha ido utilizando un repertorio de palabras a las que, como dicen los lingüistas, les ha estallado el núcleo semántico: es decir, que han sufrido la pérdida de significado por ser sometidas a pruebas de stress en las que se les exigía que significaran demasiadas cosas, dependiendo de las necesidades de quien manda. ¿Estado propio? Debería haberse empezado por señalar que la Generalitat y el partido que la ha gobernado durante casi todos los años del régimen autonómico es Estado. No Estado de los demás, no Estado ajeno ni, mucho menos, delegación de un Estado en Cataluña. Es la estructura de Estado de la que se han dotado los ciudadanos de este país, y que aceptaron con embeleso, entusiasmo y ganancia representativa quienes la han ocupado casi siempre desde 1980.  ¿Soberanía? ¿De verdad hemos tenido un debate sobre la soberanía en la Cataluña movilizada por la crisis? Ni hemos hablado de lo que es el margen de gobierno real sobre las cuestiones que más nos afectan, ni hemos puesto en duda la organización de un sistema que entrega nuestras herramientas de política monetaria a la Unión Europea, ni hemos considerado en qué consiste la independencia de una nación en una organización internacional que el independentismo mayoritario ni siquiera comenta. ¿Democracia? Nada que tenga que ver con el incremento de su calidad nos ha sido dado en este conflicto, que empezó presentándose como negociación áspera entre dos espacios institucionales, dos ámbitos de poder, en la tradición camboniana y pujolista más acendrada. El debate sobre la democracia debería haber planteado cómo se organiza una sociedad plural, con antagonismos sociales, con modelos económico distintos y legítimos en la arena del enfrenamiento intelectual. El debate sobre la democracia habría debido referirse a esos temas sin los que la democracia es simple mecanismo de representación, y no garantía y ejercicio permanente de derechos políticos y sociales. ¿Hemos hablado de esa pluralidad, de ese conflicto indispensable para calificar la democracia, o se ha preferido unir a las masas, movilizarlas en torno a consignas simplificadas y convertir la independencia en un mito que expulsa cualquier factor que pueda reducir su potencia de convocatoria?  Porque aquí ha llegado a decirse que “no hay que hablar de recortes sociales, porque eso nos divide”, mostrando la cara más atroz de la función social del nacionalismo populista. Es decir, aquel rostro del que emana la sentencia de las peores pesadillas políticas del siglo XX: “la realidad nos separa, los espacios simbólicos nos unen.” Crear la cohesión sobre algo distinto a la realidad, preferir el ámbito de la deformación simbólica al espacio de la complejidad real, es algo propio de una cultura que nada tiene que ver con la democracia, sino precisamente con ponerle obstáculos a lo que podía haber sido su verdadero proceso constituyente. Para eso debía haber servido la crisis, por lo menor: para despertar a un país dormido en la pasada y farsante opulencia y ponerlo ante una realidad hostil, que precisa de toda la inteligencia, de toda la honestidad de análisis y de toda la conciencia de los intereses en conflicto que se mueven en nuestra sociedad, para escoger el camino de salida de la crisis que mejor atienda a las necesidades de la mayoría.

Sí, de eso se trataba, en estos años de pavoroso sufrimiento social en el que algunos, muchos, orientados por un liderazgo estatal que pretende no serlo, acompañados de liderazgos que no han pasado por prueba electoral alguna, fortificados por una información convertida en dolosa y sectaria propaganda, han preferido hablar del “pueblo” para esconder a los ciudadanos. Y para esconder, que les quede bien claro a esa izquierda que ha jugado incomprensiblemente en el bando de sus adversarios de siempre, a la clase trabajadora.  Los que han preferido la fuerza de una falsa reconciliación estética al rigor de un ágora política en la que la cohesión se adquiere recordando discrepancias y antagonismos fundamentales.  ¿Habría de extrañarnos que se hable de mayoría parlamentaria, incluso cuando eso implique que se quiere tomar decisiones en minoría ciudadana?