sábado, 23 de mayo de 2015

Entrevista a Cayo Lara: “La salida para Cataluña y España es el Estado federal” (por Beatriz Silva)

El coordinador federal de Izquierda Unida (IU) aboga por un proceso constituyente que desemboque en una república federal dotada de una nueva constitución que blinde derechos sociales y laborales. “Desde EUiA deberíamos haber defendido con más intensidad el estado federal en Cataluña”, afirma




“Los problemas que está sufriendo la clase trabajadora y la mayoría social en Cataluña son idénticos a los que está sufriendo la clase trabajadora y el conjunto de territorios del Estado: paro, corrupción, precariedad. Estos problemas deberían estar por encima de los territoriales”. Cayo Lara (Argamasilla de Alba, Ciudad Real, 1952) es rotundo en sus respuestas. Hijo de una familia de agricultores de Castilla La Mancha y con una trayectoria marcada por las luchas sindicales, defiende con convicción “un modelo de Estado Republicano y Federal, cooperativo y solidario, que ayude a resolver las contradicciones derivadas de la realidad plurinacional, multicultural y plurilingüística”. Una propuesta que está recogida en el documento ‘República federal. La propuesta de Izquierda Unida’ que la coalición aprobó en febrero pasado y que fija la posición de IU en un posible debate constituyente.
Cayo Lara fue el encargado de inaugurar el 25 de mayo pasado el ciclo ‘Propuestas federales’ con el que Federalistes d’Esquerres busca ahondar en los distintos proyectos que existen en España en relación a la reforma del estado de las autonomías.

¿Cuál es la salida a la actual tensión que vive Cataluña y España respecto al modelo territorial?

C.L. Desde mi punto de vista, y desde el de Izquierda Unida, la salida al conflicto que se ha creado entre Cataluña y España respecto a la configuración del Estado es el Estado federal. Izquierda Unida lleva en sus documentos desde su nacimiento, en 1986, la propuesta de estado federal. Nosotros entendemos que si se hubiera empezado a trabajar hace ya tiempo, nos habríamos ahorrado muchos de los problemas actuales.

¿Cómo ve la situación en Cataluña?¿Con preocupación?

C.L. La veo igual que en el conjunto del Estado. Los problemas que está sufriendo la clase trabajadora y la mayoría social en Cataluña son idénticos a los que está sufriendo la clase trabajadora y el conjunto de los territorios y las comunidades autónomas del Estado. Hay un alto deterioro de la democracia y de los derechos sociales, laborales y sindicales que habíamos conquistado a lo largo de muchos años. Los ciudadanos comparten problemas idénticos: paro, corrupción, precariedad.

Izquierda Unida ha presentado un documento en el que propone una reforma federal de la Constitución. ¿En qué consiste esta propuesta?

C.L. Nosotros estamos hablando de caminar hacia un proceso constituyente en el que participen todas las fuerzas políticas y sociales de nuestro país. Y creemos que el federalismo es el modelo que más se ajusta a las izquierdas que deberían apostar siempre por la solidaridad y la cooperación, que es una característica del modelo federal. El problema es que en vez de avanzar hacia un proceso constituyente, estamos inmersos en un proceso deconstituyente: se están robando derechos fundamentales que están reflejados y consagrados en distintos artículos de la Constitución como el derecho al trabajo, a la vivienda y a la sanidad pública.

¿Por qué cree usted que se está produciendo este proceso que define como deconstituyente?

C.L. Porque el poder financiero que formó parte del pacto del 78’, está robando estos derechos. Necesitamos caminar hacia un proyecto constituyente para conseguir tener una constitución del conjunto de estados federados que sea garante de derechos básicos, esenciales, de ciudadanía.  Y cuando hablo de derechos, hablo de los derechos que están siendo pisoteados de manera importante por determinados poderes con respecto a la propia Constitución española.

Las encuestas apuntan a un cambio en el escenario político en 2015. ¿Cree que las elecciones permitirán avanzar hacia una reforma constitucional en sentido federal?

C.L. Hay incertidumbre de cuál será la configuración de las nuevas mayorías pero lo que sí parece claro  es que van a ser diferentes a la mayoría absoluta del Partido Popular. Habrán condiciones para que hayan cambios y para recuperar derechos democráticos pero también civiles, sociales, laborales y sindicales.

Hay otras fuerzas políticas, la más importante el PSOE, partidarias de una reforma constitucional en sentido federal. ¿Qué cosas hay en común con Izquierda Unida?

C.L. En el caso del PSOE, ellos hablan de hacer una reforma de la Constitución e Izquierda Unida, un proceso constituyente. Nosotros creemos que en 1978 quedaron elementos en la propia constitución que deberían cambiarse por completo. Nosotros apostamos por un estado laico y por la renuncia a la guerra como instrumento de defensa, cosas que ya recogía la Constitución española de 1931. Nosotros hablamos de derechos básicos garantizados y de una república. El PSOE sigue hablando de una monarquía. En esto último tenemos elementos importantes que nos diferencian porque ellos sólo tienen posiciones reformistas respecto a la corona. Aspiran a que el derecho de sucesión sea igualitario respecto al hombre y la mujer pero no abordan lo sustancial que es el derecho de sangre. Nosotros no compartimos que se justifique la monarquía desde ningún punto de vista.

¿Un referéndum de reforma de la Constitución debería incluir por fuerza dar a la ciudadanía la posibilidad de escoger entre monarquía o república?

C.L. Sí. Nosotros defendemos de forma permanente la necesidad de un referéndum sobre la monarquía. Lo hemos hecho con más fuerza a raíz de la abdicación de Juan Carlos en Felipe VI. Nosotros pensamos que se tiene que someter a la opinión pública la decisión de que caminemos hacia un estado republicano o sigamos manteniendo un estado monárquico con todo lo que eso significa.

¿Cómo vive el debate que se está produciendo en Cataluña en relación a la independencia?

C.L. En mi opinión deberíamos haber defendido con más intensidad el estado federal en Cataluña. EUiA ha asumido una posición determinada que yo respeto como coordinador federal de Izquierda Unida pero en mi opinión se habría tenido que apostar por la defensa del estado federal y desde una concepción de una política de clase. Lo que esta ocurriendo con este debate es una inmensa estafa. El debilitamiento de las clases sociales, de las clases populares, está por encima de los problemas territoriales que podamos tener en el conjunto del Estado.

El principal argumento a favor de la independencia es el supuesto expolio fiscal que Cataluña sufre respecto del resto de España. ¿Cree que se puede asumir este argumento desde una perspectiva de izquierda?


No sólo no la puede asumir una persona de izquierdas sino ninguna que aspire a una sociedad en la que exista la igualdad y la solidaridad entre las personas. Hay un problema fiscal y tenemos que discutir sobre un nuevo pacto federal entre los distintos actores. Habrán posiciones diferentes pero tenemos que resolver esto con un pacto. Mucho más grave que el tema de las balanzas fiscales, es lo que se ha producido en el conjunto de la hacienda pública del estado donde ha habido una desfiscalización. Se han bajado los impuestos a los más ricos incorporando figuras que pagan pocos impuestos, reduciendo tipos impositivos en lo que tiene que ver con el impuesto de sociedades y suprimiendo impuestos como el de patrimonio. Todo esto ha posibilitado un deterioro de la hacienda pública que, sumado al estallido de la burbuja inmobiliaria, ha dejado a la hacienda pública exhausta y que tiene una repercusión directa en los fondos que se transfieren a las comunidades autónomas. Esta es la verdadera razón de porqué faltan recursos, no sólo para Cataluña sino para el conjunto de comunidades autónomas del Estado.

domingo, 10 de mayo de 2015

Del Regne Unit al Regne Federal, de la Unió Europea a la Federació Europea (per Francesc Trillas)

Al Regne Unit, a Espanya i a Europa, o avancem cap a un pacte federal, o ens enfonsem en la paràlisi, que a la llarga vol dir retrocedir, i retrocedir vol dir arriscar-nos a veure de nou els fantasmes de la història d’Europa que s’amaguen arrecerats a cada racó



L'objectiu de la igualtat en la llibertat haurà d'esperar al Regne Unit després del resultat de les darreres eleccions de dijous passat, però potser l'objectiu d'un millor federalisme recolzat pel Partit Laborista i altres forces està més a prop del que s'esperava. Igual que va succeir després del referèndum d’Escòcia del passat mes de setembre, un cop s’han vist els resultats i la situació que s’obre, molts comentaristes han girat la mirada a les receptes del federalisme.




No cal dir que al Regne Unit no hi ha associacions massives ni cap govern que defensi oficialment amb molt d’entusiasme el federalisme, però cada vegada més el concepte s’utilitza amb més normalitat, perquè molts hi veuen un conjunt de principis que poden donar resposta als reptes que tenen plantejats. Sense despertar grans entusiasmes, pot ser l’única solució viable. Aquests reptes són fonamentalment els d’organitzar de forma coherent en primer lloc un territori de quatre nacions asimètriques amb forces diferències entre elles pel que fa a les preferències polítiques (respecte a la qüestió europea i a qüestions distributives); i en segon lloc les relacions d’aquest territori amb una realitat més ampla de la qual forma part amb grans beneficis per a tots, com és la Unió Europea.
Avui mateix, el diputat laborista Chuka Umunna, a qui Janan Ganesh del Financial Times va descriure com "l'home que els conservadors més temen", ha dit al programa de la BBC "Andrew Marr Show" (el més important dels diumenges) que està a favor de més federalisme a les Illes. El mateix Marr, un periodista escocès, semblava molt interessat en el federalisme, i ha insistit en la idea amb diversos dels seus convidats al programa (i ningú, incloent, Nicola Sturgeon del Partit Nacional Escocès SNP i David Davies dels conservadors, no ha rebutjat la idea).
No estic segur que el retorn al Nou Laborisme de Tony Blair sigui la resposta a la derrota del passat dijous. Serà un gir al centre capaç de restaurar la fe dels votants que han optat per partits nacionalistes com UKIP i el SNP en barris obrers? A tots els partits d’esquerra i centre-esquerra hi ha els components més moderat i més radical, i en les societats modernes el resultat més lògic és un equilibri negociat de forma permanent entre les diferents faccions. No crec que això hagi de canviar substancialment al Regne Unit en el futur. Però el que necessita desesperadament el Partit Laborista és discutir obertament un projecte institucional que doni coherència, per un costat a les disposicions internes entre les nacions al Regne Unit, i per l’altre a la seva relació amb la Unió Europea. Chuka Umunna, potser l'Obama britànic, sembla estar-hi d’acord.


Després del resultat de les darreres eleccions de dijous passat, potser l'objectiu d'un millor federalisme recolzat pel Partit Laborista i altres forces està més a prop del que s'esperava


El mateix passa amb intel·lectuals i periodistes de la talla de Timothy Garton Ash (així com Will Hutton o Phil Stephens), que ha fet un seguit de propostes cap a un "Regne Federal" per comptes d’un Regne Unit, per concloure que "tot això és inseparable de la qüestió d'Europa. Després de tot, l'argument britànic essencial sobre la UE es tracta de qui fa què en quin nivell. Això és el que la gent buscarà en els resultats probablement migrats de l’autoanomenada re-negociació de Cameron amb Brussel·les. Però una altra paraula per a tals arranjaments de diverses capes és, precisament, el federalisme". Un altre gran savi del federalisme europeista, Eugenio Scalfari, diu coses molt semblants avui a La Repubblica, i també es fa ressò de l’important article de Garton Ash.
Els principis del federalisme són els de govern multinivell, competències i finançament amb regles clares, relació directa i democràtica de cada nivell de govern amb els ciutadans (a diferència de les confederacions), sobirania compartida i respecte a la identitat. Donen lloc a formes molt flexibles i diferents, pactades, i avui permeten viure en pau a la major part de persones que viuen en democràcia al món. Les aspiracions de l’independentisme anglès de l’UKIP i de l’independentisme escocès del SNP (dos partits molt diferents, units pel nacionalisme i el sobiranisme) són a llarg termini les d’avançar en una altra direcció: la direcció dels monopolis de la sobirania. Però aquesta direcció entra en conflicte amb la naturalesa global i internacional dels grans problemes a què s’enfronta el Regne Unit i tot el món. I tant l’UKIP com el SNP viuen feliços en un calendari marcat per la successió de referèndums; l’UKIP ja s’hi veu, monopolitzant el No en el proper referèndum sobre la UE, i per tant disposant de paritat d’espais i protagonisme, de forma que a les properes generals espera passar del 13% actual a un percentatge molt més elevat, gràcies a la subvenció implícita de la seva capacitat de mobilització que suposarà el referèndum.
Alguns conservadors i alguns euroescèptics moderats creuen que la solució per negociar un nou pacte amb la UE és tenir més dret de veto. Però com a ha explicat molt bé l’ex comissari europeu Peter Mandelson al mateix programa d’Andrew Marr, per la via del veto no s’aconseguirà cap acord amb la Unió Europea. Mandelson ha dit que el que sí que hi ha a Europa és un desig compartit de trobar reformes que facin la Unió viable en la seva diversitat. Si els britànics volen més poder de veto per a algunes coses, el mateix demanaran altres estats membre per a altres assumptes. La suma de vetos és el contrari d’un millor federalisme. La reforma cap a una millor arquitectura institucional és la via sensata i possible. Al Regne Unit, a Espanya i a Europa, o avancem cap a un pacte federal, o ens enfonsem en la paràlisi, que a la llarga vol dir retrocedir, i retrocedir vol dir arriscar-nos a veure de nou els fantasmes de la història d’Europa que s’amaguen arrecerats a cada racó.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Antes de llegar a todo esto (por Ferran Gallego)

Antes de llegar a todo esto existió una Assemblea de Catalunya en cuyas propuestas se hallaba la hegemonía de un partido, el PSUC, a cuya debilidad y práctico desmantelamiento cabe achacar buena parte de lo que nos sucede, empezando por la pérdida de una conciencia de clase que identifique a los verdaderos adversarios de quienes sufren esta crisis





"Aquí no se trata de convencer a nadie con argumentos, porque el discurso nacionalista no los necesita y, además, considera que dar explicaciones es ultrajante"


Cuando, como bien lo escribía Manuel Cruz, el máximodirigente de ERC empieza sus disertaciones con la palabra “evidentemente”, lo que se expresa es más que una coletilla de emergencia para los incómodos titubeos de una velada social. Lo que sigue a ese “evidentemente” no es una opinión, lastrada por la fuerza evocativa del adverbio, sino un desvelamiento de la auténtica realidad. Lo que se nos concede es la guía espiritual para encontrar ese lugar tan obvio para todos menos para nosotros, los invidentes ideológicos. Lo que se nos regala es el camino de perfección para alcanzar el sentido común que nuestra extravagancia moral se niega a aceptar. Es como el “voilà” en la carpa del mago de feria, aunque alzado al púlpito de los medios de comunicación públicos y subvencionados de Catalunya.  “Voilà!”, proclama Forcadell. “En verdad en verdad os digo”, martillera Mas. “Evidentemente”, empieza Junqueras.  Y la magia, el milagro o la revelación ocupan el escenario, que los incrédulos mirábamos con nuestro perverso y reticente escepticismo.  
Bienvenidos a la sociedad del espectáculo, que nunca ha sido un espacio de diversión y alegría, sino el de la sustitución del debate político por la exhibición estética.  Aquí no se trata de convencer a nadie con argumentos, porque el discurso nacionalista no los necesita y, además, considera que dar explicaciones es ultrajante.  El discurso nacionalista nunca busca convencer, sino delimitar. Jamás ha querido dar razones, sino marcar diferencias. Sus planteamientos no pertenecen a un mundo real en el que cualquier actitud debe ser racionalizada en una exposición de motivos, sino a un universo simbólico en el que cualquier emoción debe disponer de su emblema verbal.  Podrán discutirse estrategias entre los creyentes, podrá matizarse este o aquel asunto entre quienes tienen fe. Pero ¿por qué habría de discutirse lo esencial? Y el problema no es que estemos ante una personalidad tozuda y enfurruñada,  que se empeña en no poner en duda las motivaciones de su conducta. Estamos ante quienes empuñan la palabra para dar voz a la nación entera. Lo que es lógico que les incomode es la existencia de otras voces, que ponen en duda lo que para ellos es fundamento incuestionable de toda discusión posterior.
El desacuerdo,  en lo más profundo de lo que unos y otros entendemos por “lo político”, provoca tanta perplejidad como desaliento entre quienes no pueden comprender que la comunidad pueda hablar para negarse a sí misma. Esa voz discrepante tiene el regusto de la blasfemia. Esas alternativas que se propugnan tienen el aspecto de una profanación. Que nadie crea que nos encontramos ante una actitud deshonesta o patológica, porque demasiadas personas lo ven honrada y sensatamente de este modo. Evitemos criticar lo que ocurre como si fuera el resultado de una cínica manipulación, aunque el cinismo y la instrumentalización de las emociones se encuentren también en la conducta de quienes llevan muchos años siendo elite dominante o de quienes llevan otros tanto queriendo llegar a serlo. Lo que ocurre es mucho más grave, porque la deshonestidad de unos cuantos puede remediarse en un proceso de regeneración nacional. Lo más difícil es hacer frente a un desplazamiento masivo de la perspectiva, que ha acabado por crear un escenario en el que el acuerdo resulta ya inviable, y en el que la cohesión necesaria para hacer frente a los problemas de reconstrucción tras esta crisis devastadora parece descartada.   

"El nacionalismo concede a una parte de la opinión pública su función de portavoz de la nación, dejando a quienes no están de acuerdo con sus planteamientos en una lamentable situación de extranjería"


Lo que aquí se plantea, entendámoslo de una vez, no son cuestiones referentes a una manera de pensar, sino asuntos que pretenden manifestar una forma de ser. Esto nada tiene que ver con un debate sobre normas, esto no es una disputa de intereses políticos, esto no pertenece al campo de las negociaciones entre ciudadanos en conflicto. Esto se ha convertido en la afirmación de lo que, simplemente, es. Y lo que es en su totalidad unánime tiene que expresarse con una sola voz cuya función es corroborar tal existencia. Ese es el cambio radical de perspectiva que el nacionalismo inserta en la arena política para bloquear cualquier argumentación que pueda secularizar y someter a discusión  lo que, según él,  nunca puede ser motivo de enfrentamiento. Y, peor aún, lo que nunca puede ser experimentado como un bien social común y diverso, plural y perteneciente en igual grado a  todos los que lo habitan, opinable en sus estructuras, criticable en sus fundamentos, pensable en sus distintos modos de resolver las encrucijadas históricas.  
El nacionalismo es siempre, en todas partes, un proceso inflamatorio de la comunidad, una ruptura de las posibilidades de que los ciudadanos ejerzan sus derechos. Del mismo modo que el populismo no construye el sujeto histórico del pueblo, el nacionalismo nunca ha fabricado históricamente la soberanía nacional. El populismo otorga a un sector social determinado la representación de la totalidad del pueblo, y deja en silencio o en el oprobio a quienes pierden esa condición prestigiosa y legítima. El nacionalismo concede a una parte de la opinión pública su función de portavoz de la nación, dejando a quienes no están de acuerdo con sus planteamientos en una lamentable situación de extranjería. Han sido ya demasiadas las experiencias históricas en las que el populismo no ha tratado de justificar su exclusividad, sino que se ha limitado a movilizarse como si su actividad encarnara e hiciera visible al verdadero pueblo.  Han sido bastantes los episodios del pasado en los que el nacionalismo ha irrumpido como manifestación tangible de un ser nacional. Un ser cuya existencia solo se cree realizable en el escenario construido por quienes se consideran sus intérpretes leales.
Tanto en el populismo como en el nacionalismo conviven la mística, que eleva una posición ideológica al rango de una sagrada constatación de la verdad, y la campechanía, que rebaja una actitud política al nivel de la naturalidad. Por eso podemos ver a los dirigentes populistas y nacionalistas presas del éxtasis al palpar la Sagrada Forma del pueblo o la nación paseándose en las calles en las fiestas de guardar.  O podemos verlos con esa expresión de hastío e impaciencia de quien tiene que explicar a los más necios  lo que es tan natural como la vida misma. Poco tendrá esto que ver con la afirmación de la solvencia democrática que definen a un pueblo y a una nación en estado de madurez política.  El populismo no permite que los ciudadanos vayan constituyéndose, de forma dialogante y diversa, sin imposición metafísica y sin determinaciones ecológicas, como un pueblo en el que cada individuo proyecta su personalidad diferenciada. Y el nacionalismo no deja que los miembros de una comunidad política vayan afirmando su soberanía, mediante un discurso que a todos considere individuos iguales en derechos. Empezando por el derecho a que la opinión de cada uno sea tan nacional, tan propia,  tan legítimamente defensora del interés general y el bien común  como la opinión de cualquier otro ciudadano. 

"El proceso que ha llevado a la inmensa movilización del nacionalismo en Catalunya procede directamente de la crisis económica, cuya duración y persistencia ha provocado fracturas sociales, impresión de pérdida de soberanía, anulación de derechos arduamente conquistados y desmoronamiento del prestigio de las instituciones"


Nada de esto implica que el nacionalismo haya instaurado una cultura política que lleva a las formas de gobierno dictatoriales. Nada de ello supone que los nacionalistas no puedan ser considerados opción legítima que compite por el apoyo que le brindan o no los ciudadanos, en función de decisiones libremente meditadas y libremente ejercidas. Lo que sí manifiesta esta situación es una calidad deteriorada de la democracia, en especial cuando el nacionalismo alcanza determinados niveles de influencia en la opinión pública. Porque el nacionalismo, llamándose democrático y aceptando el marco de una democracia parlamentaria –como es el caso de nuestro marco de actuación pública-, siempre considera que su discurso tiene una relación con la nación más legítima, más congruente con la comunidad, que la establecida por las culturas políticas con las que pueda competir en su territorio. Esa superioridad moral que nunca está ausente de la percepción nacionalista; esa convicción de que el nacionalismo representa con mayor autenticidad a la nación; esa actitud de considerarse una manifestación propia de la comunidad, mientras las demás son vistas como culturas políticas híbridas, entregadas a lealtades nacionales en conflicto; todo ello, es lo que lleva a que el nacionalismo, por su misma hipertrofia representativa, acabe lesionando las posibilidades de un ejercicio pleno de la soberanía, que en una sociedad democrática debe ser ejercida de forma equivalente por todos los que viven en una misma comunidad política. De ahí que no dejemos de observar las delaciones de un lenguaje que, descuidada o voluntariamente, expresan ese plus de representación que el nacionalismo se adjudica a costa de la igualdad de los ciudadanos. Cuando se dice, por ejemplo, que “los catalanes queremos esto o aquello”, en lugar de indicar que quien lo quieren son los nacionalistas, a los que las elecciones nunca han dado ni la totalidad ni una mayoría abrumadora de los votos en Catalunya. O cuando se reclama a los responsables de nuestras instituciones, desde una movilización que se ve a sí misma como la totalidad del auténtico país en marcha,  que actúen como si en este país solo tuvieran existencia real y legítima los nacionalistas, incluyendo la forma de presentar los procesos electorales previstos por la ley.
Nada hay, por tanto, de acusación de actitudes antidemocráticas en estas reflexiones, sino de reproche por la normalización de una perspectiva política que daña las libertades de todos. De todos, insisto: incluyendo a quienes se dice querer beneficiar. Porque cuando la igualdad de los ciudadanos empieza a corromperse, el proceso de oxidación no se detiene nunca, desborda las intenciones iniciales de una segregación controlada, y acaba por dejar a la intemperie a quienes también habrán de ser víctimas de una deslegitimación como la que ahora sufrimos los no nacionalistas. ¿No observamos, ahora mismo, que los nacionalistas no independentistas empiezan a ser cuestionados en sus virtudes cívicas y en su patriotismo por los sectores más radicales? ¿Qué es lo que nos asegura que en un tiempo futuro no serán los independentistas más inclinados a posiciones sociales de izquierda quienes sean considerados extraños a la cultura nacional por quienes ostenten un poder orientado hacia posiciones conservadoras, y que podrán hacer creer que el único modo leal de ser catalán es coincidir con un determinado modelo de sociedad, rápidamente identificado con la forma de ser de nuestro pueblo?

"Plantear candidaturas que escenifiquen un conflicto sustancial entre Catalunya y España sepulta el conflicto entre intereses sociales y modelos de sociedad antagónicos que es el que los demócratas, sean de izquierdas o conservadores, deberían considerar la forma adecuada de organizar las diferencias en un sistema parlamentario"


En mi opinión, el proceso que ha llevado a la inmensa movilización del nacionalismo en Catalunya procede directamente de la crisis económica, cuya duración y persistencia ha provocado fracturas sociales, impresión de pérdida de soberanía, anulación de derechos arduamente conquistados y desmoronamiento del prestigio de las instituciones. La misma elite que ha gobernado Catalunya mediante los instrumentos fabricados por el proceso constituyente de 1977-1980 ha podido presentarse como alternativa al régimen que ha gestionado durante casi toda la etapa autonómica. Y por régimen no me refiero solamente al que se instauró en la llamada “construcción nacional de Catalunya” -frente a la “reconstrucción nacional” que proclamaba el PSUC como objetivo, lo que es mucho más que un detalle de estilo-, sino a las relaciones normalizadas entre la Generalitat y el Gobierno de España, en un bloque de poder y modelo de Estado que resultó perfectamente asimilable al juego de permanente reivindicación espiritual y saldo clientelar favorable que se mantuvo desde la dirección del pujolismo.
La actuación popular contra la crisis se ha formalizado  mediante el impulso nacionalista hacia la independencia. Un impulso que ha debido romper cualquier debate sobre “las cuestiones que nos dividen”, para encontrar un ficticio mínimo común denominador de la conciencia que es la identidad nacionalista. Cualquier otra manera de responder a la catástrofe social que estamos padeciendo habría supuesto una demanda de responsabilidades a la elite que ha gobernado institucional, económica, social y culturalmente este país desde la Transición. Una movilización popular con una conciencia nacional democrática, de resistencia social a los recortes, de formalización de una protesta contra la pérdida acelerada de derechos sociales, habría debido definir la lucha de los ciudadanos catalanes pasando por encima de una identificación nacionalista que solicita, de entrada, la pérdida de cualquier otra identidad personal y colectiva. El desarrollo de esta forma nacionalista de movilización, que empieza por demandar el abandono de las tradiciones socialistas, de las opciones de clase, de las actitudes de izquierda,  es el producto de un desguace de una cultura progresista, que alcanzó su más insensata expresión en los años del Tripartito.
No entraré a detallar los aspectos de este último y más que lamentable paréntesis político y cultural en la hegemonía nacionalista. Lo que sí puede decirse es que en los siete años de gobierno de una izquierda acomplejada, atemorizada ante la posibilidad de ser destituida de su carácter catalanista, incapaz de situar las cosas en el terreno de la perspectiva social que esperaban sus votantes, se perdió –y creo que definitivamente- el pulso que parecía haberse recobrado para hacer frente al modelo de sociedad que el nacionalismo había constituido desde 1980. Y, por tanto, cuando la crisis derramó su lluvia ácida sobre todos los factores de la seguridad vital de los ciudadanos, cuando destrozó las barreras de protección y los ámbitos de servicios identificados con la democracia, el nacionalismo pudo marcar el territorio de la propuesta sin adversario alguno, en especial aquellos competidores que debían haber alzado los criterios de una cultura política como la que movilizó a los catalanes en la fase inicial de la Transición.
Por ello, cuando se observan análisis de periodistas, historiadores, sociólogos y comentaristas diversos ante esta coyuntura, nunca se presenta objeción a lo que son las dos características fundamentales de sus planteamientos. La primera, la deformación de aquel proceso constituyente de 1977 y de las luchas sociales que lo precedieron, convirtiéndolo en una primera etapa conscientemente asumida por todos, en el camino de una soberanía nacional plena que se identifica con la independencia y que se comprende con los recursos culturales del nacionalismo. La segunda, la pretensión de promover instancias unitarias que parecen olvidar las diferencias radicales que separan a federalistas y nacionalistas, roto ya el pacto constitucional y estatutario que permitió llegar a acuerdos en las circunstancias de fabricación. Ni es el momento de advertir que estamos a punto de revertir las condiciones de 1979 en un giro centralista, como forma de animar a que olvidemos todos la forma en que este país ha sido llevado a una escisión radical difícilmente revocable; ni es el momento de plantear candidaturas que escenifiquen un conflicto sustancial entre Catalunya y España, sepultando el conflicto entre intereses sociales y modelos de sociedad antagónicos que es el que los demócratas, sean de izquierdas o conservadores, deberían considerar la forma adecuada de organizar las diferencias en un sistema parlamentario. La vibración plebiscitaria que late en estos dos planteamientos pertenece por entero a la cultura nacionalista, no a la federal. Y en su desarrollo solo podríamos esperar algo muy distinto a la tensión democrática que se vivió en la lucha contra la dictadura franquista y en los momentos primeros del combate por la autonomía. Lo que se asentaría es, precisamente, lo opuesto a aquella actitud: una unanimidad de posiciones hegemonizada por los sectores que son, al mismo tiempo, poder y alternativa de poder; gobierno y movilización callejera; opinión de partido y presunción de representación completa de la nación.
                              

“El combate de la Assemblea implicaba, entre otras cosas, asegurar la cohesión social de Catalunya y tramarla sobre algo distinto al discurso nacionalista.  No debería sorprendernos que la derrota de este proyecto acabara por repercutir en un modo de entender las relaciones institucionales y políticas entre Catalunya y España"


Antes de que llegara todo esto, en los momentos previos a la autonomía gestionada por el pujolismo, existió una Assemblea de Catalunya en cuyas propuestas se hallaba la hegemonía de un partido a cuya debilidad y práctico desmantelamiento cabe achacar buena parte de lo que nos sucede, empezando por la pérdida de una conciencia de clase que identifique a los verdaderos adversarios de quienes sufren esta crisis, y acabando por la evaporación de aquella vinculación orgánica entre conflicto social y proyecto nacional que la izquierda llegó a plantear como emulación de otras experiencias antifascistas europeas. Los objetivos y la forma de trabajar de aquella organización popular fueron ejemplares. La calidad de su trabajo para construir líneas de resistencia y fundamentos de una sociedad democrática debería servir como pieza de contraste para examinar las deficiencias de nuestra situación actual.
Para quien tenga memoria suficiente, o para quien tenga la voluntad de conocer cómo se dieron procesos históricos no mitificados, deberá tenerse en cuenta la manera en que aquellos objetivos y aquella forma de trabajo provocaban el disgusto de quienes preferían ámbitos de discusión más restringidos. El temor permanente de quienes veían con recelo una movilización popular de masas que nunca controlaron. El miedo a la calle que se observó en fuerzas políticas que siempre consideraron conveniente reducir el poder de aquella intervención de todas las formas de sociabilidad democrática que la lucha contra la dictadura había ido constituyendo: los partidos, las asociaciones vecinales, las organizaciones sindicales, claro está, pero también la incorporación individual de quienes se agrupaban en una inmensa plataforma que representaba a una sociedad aún no desvertebrada por el cambio de paradigma que se estableció en los últimos tramos del siglo XX.
Aquella  movilización acabó como resultado de muchos factores –la conquista de libertades que acababan con el estado de excepción, el propio agotamiento de una ofensiva que no podía mantenerse indefinidamente, la entrada en una fase de conflictos y competencia interna de quienes habían mantenido posiciones unitarias antes del proceso constituyente-. Pero hubo un factor que deberá ser señalado sin descanso, porque sin él resultaría incomprensible lo que sucedió más tarde y lo que ha ido evolucionando hasta nuestros días. Y ese factor fue la agrupación de las fuerzas conservadoras para acabar con la movilización propiciada por la Assemblea y que podía haber llevado a la victoria electoral y la hegemonía cultural de la izquierda. No fue un frente nacionalista el que destruyó las posibilidades políticas –y, en su momento, electorales- de un presunto sector “españolista” en Catalunya. Los nacionalistas españoles y los nacionalistas catalanes de derecha,  con el auxilio de una Esquerra Republicana que hizo escaso honor a ambas partes de su denominación, se comprometieron a frenar el horizonte de la “reconstrucción nacional de Catalunya” que se había teorizado en la izquierda más consecuente. Era reconstrucción, es decir, recuperación de las libertades perdidas con el mismo espíritu con el que en otros momentos de democracia plena se ejercieron los derechos de los ciudadanos. Reconstrucción para proporcionar a la nueva democracia el talante popular y avanzado que se encontraba en una determinada zona de la tradición del catalanismo, prolongado en los años más oscuros de la segunda mitad del pasado siglo.
En 1980, aquella propuesta fue derrotada sin paliativos, en especial por la falta de participación de quienes creyeron que aquella no era su batalla, frente al mantenimiento de los votos de quienes siempre tuvieron claro que sí lo era. Que lo era, quizás, en un nivel de mayores posibilidades políticas que el combate por una democracia avanzada que iba a darse en el conjunto de España. Un combate que implicaba, entre otras cosas, asegurar la cohesión social de Catalunya y tramarla sobre algo distinto al discurso nacionalista en el que habría de apoyarse la hegemonía conservadora desde entonces.  De hecho, no debería sorprendernos que aquella derrota acabara por repercutir en un modo de entender las relaciones institucionales y políticas entre Catalunya y España. Pero, también, en la forma en que se reconstruyó un Estado cuya vinculación con la sociedad estuvo muy lejos de satisfacer las esperanzas de un sector de la oposición democrática. Quizás una determinada forma de entender España, la abrumadora espesura de un nacionalismo español conservador y su repunte en las formas más pintorescas de regionalismo anticatalán –no anticatalanista- se levante también por el influjo de esa derrota que fue mucho más que un simple episodio electoral y pasajero.

Antes de que llegara todo esto, se produjo una derrota que nunca hizo referencia, más que en la grosera campaña contra “partidos sucursalistas” del pujolismo, a la línea de discriminación nacional, sino a un modelo de sociedad, un proyecto de país, que había de construirse en una perspectiva nacionalista o en una perspectiva federal. Los resultados están a la vista. Y cada uno deberá decidir si ha sido para bien o para mal. De cada uno y del país entero.

domingo, 26 de abril de 2015

Record de Margarita Rivière. In Memoriam (per Xavier Roig)

Com tanta i tanta gent a Catalunya estava certament preocupada per la deriva que estava agafant aquest país, per l’enorme manipulació de la història, la manipulació de l’opinió, el control governamental  dels mitjans de comunicació públics, per la pressió sistemàtica sobre els privats i, en general, per la manca de respecte a les regles del joc pròpies de la informació  generalment acceptades en el nostre entorn

(Intervenció de Xavier Roig en forma d’homenatge a la periodista Margarita Rivière a l’acte celebrat per Federalistes d’Esquerres el 25 d’abril de 2015)

Se m’ha demanat que digui unes paraules de record de Margarita Riviere, desapareguda fa poc. És un encàrrec que compleixo amb molt de gust però  amb la recança de no tenir gaire clar si el que diré estarà a l’alçada de la memòria de la  persona que ens proposem honorar.



Perquè Margarita va ser un gran personatge, una col.lega i companya periodista que vàrem tenir a prop durant anys i anys per molt que les nostres vides professionals anessin per camins diferents. Sabíem on era i què estava fent, tot i que pogués passar molt de temps sense el menor contacte.
Em centraré en alguns records personals que poden completar, potser, la visió de Margarita Riviere que han donat els molts amics que aquestes darreres setmanes han glosat la seva personalitat i la seva enorme activitat professional.
Vaig conèixer Margarita Riviere fa ja molt de temps, al començament del curs 1968-1969 de l’Escola de Periodisme de l’Església de Barcelona. M’havia graduat el juny anterior i vaig ser convidat a formar part del tribunal que examinava els aspirants a fer estudis de periodisme.
Margarita era una de les futures periodistes que es presentava a l’examen oral, una prova tradicional en aquells temps a les escoles, on s’intentava descobrir si l’estudiant tenia imaginació i curiositat periodístiques. Es tractava de comprovar si s’havia fixat prou en l’estructura de carrers de Barcelona, en determinats edificis i anuncis publicitaris, institucions o botigues i si sabia, per exemple, qui organitzava el Premio Nadal i on es celebrava l’acte de concessió.
Aquesta última pregunta era un clàssic que, òbviament, Margarita no va tenir cap dificultat a superar. Amb el temps, Margarita acabaria essent una referència permanent del món editorial i literari de Barcelona. Qualsevol cosa que volguessis saber d’aquest àmbit, un nom, un número de telèfon ... sabies que Margarita te’l conseguiria.
Com que a l’Escola de Periodisme de l’Església es respirava un ambient més aviat progressista i es practicava la resistència tranquil.la pròpia d’aquells anys, hem de remarcar que ens feia molt gràcia la convivència allà al CICF de Via Augusta amb una estudiant com Margarita Riviere  - i alguna altra – que provenia d’una família burgesa de veritat, de la burgesia industrial per ser més exactes. Despertava una curiositat no gens dissimulada entre tants i tants aspirants a provar de fer la revolució o només una mica de revolució.
Que escrivís un primer llibre sobre la moda ens va fer molta impressió. El camp de la moda no era precisament un focus privilegiat de l’atenció dels estudiants de periodisme d’aquells anys però, en canvi, tot això de la semiòtica, tot i que no sabíem massa de que es tractava, començava a fer forat. Ens intrigava. Segur que Margarita devia ser molt llesta i segur que ens estava marcant un camí.
Margarita Riviere va tenir una activitat periodística diguem-ne convencional molt considerable. Va aconseguir – ho han deixat registrat tots els records que s’han publicat aquests dies – treballar en pràcticament tos els periòdics que en aquell moment vèiem llunyans i gairebé inabastables: La Vanguardia, El Periódico, El País, Diario de Barcelona, l’agència EFE ...  
Però va ser recentment, quan ja començava a estar malalta, que vàrem tornar a multiplicar els contactes, les llargues converses, la coordinació en algunes accions. Sempre per telèfon o per correu electrònic.
Margarita no havia afluixat mai en el seu activisme però arran del llançament de Federalistes d’Esquerres, Margarita va passar a ser una interlocutora més freqüent. I compromesa.
Perquè com tanta i tanta gent a Catalunya estava certament preocupada per la deriva que estava agafant aquest país, per l’enorme manipulació de la història, la manipulació de l’opinió, el control governamental  dels mitjans de comunicació públics, per la pressió sistemàtica sobre els privats i, en general, per la manca de respecte a les regles del joc pròpies de la informació  generalment acceptades en el nostre entorn.
L’omnipresència de Margarita en els combats per les causes de la llibertat d’informació i per la democratització de les institucions representatives dels periodistes van tornar a prendre un sentit en aquests darrers anys de la seva vida.  Margarita, present novament en totes les batalles malgrat  la seva molt seriosa malaltia.
Només uns dies abans de morir, ens presentava una novel.la que és com un testament del seu compromís i una prova de la seva voluntat  de deixar registrat el peculiar ecosistema polític que es va viure en aquest país sota un llarg govern nacionalista. És un gest que ens interpel.la i que ens ha d’estimular a seguir el seu exemple de treball constant per les causes que s’ho mereixen.

martes, 7 de abril de 2015

La lección de anatomía (por Ferran Gallego)

Buena parte de la propaganda nacionalista ha ido en busca de un voto que no se encuentra ni en el corazón ni en el estómago, sino en algo tan de quita y pon como la cartera. El crecimiento del independentismo nada debe a una mayor calidad del discurso democrático. Quienes defendemos la soberanía tenemos una idea de la sociedad que no se resuelve creando otro Estado, sino reforzando la participación de los ciudadanos, el control de las instituciones por la comunidad política y la rendición de cuentas de la gestión realizada


Un alto dirigente de Convergencia ha mostrado su preocupación por el crecimiento de voto de Podemos o Ciudadanos en las próximas elecciones señalando que el sufragio ejercido  con el cerebro y corazón corre el riesgo de ser sustituido por el que se ejerce con el estómago. En los últimos años, Convergencia parece haberse convertido en una academia de cursos nocturnos de literatura, especializada en el poder de las metáforas.  Pero al profesor Mas,  que elevaba el vuelo de su discurso con alusiones a la navegación, a los vientos en popa y a los rumbos inflexibles hacia las Itacas de larga espera, lo sustituye en periodo vacacional el interino Turull, que ha rebajado la elegancia de las figuras literarias hasta referirse a  bombeos cardíacos o procesos digestivos.  Y si el verbo imaginativo de Mas puede convertir las elecciones  en el puerto final de una travesía entusiasmada, las palabras de Turull amenazan con hacer de las urnas el humilde depósito de una desembocadura intestinal o  la angustiosa pantalla de un infarto de miocardio colectivo.



Al nacionalismo, que no soporta las descripciones sobrias de la realidad; al nacionalismo, que es ya una metáfora excesiva de la nación, se le están rompiendo las costuras del buen gusto literario, que es lo último que puede perder quien solo usa las palabras para construir el idioma de un país de fantasía. Si en el principio fue el Verbo, que por lo menos sea inteligible. Si en el principio fue la estética, que por lo menos sea atractiva. Si en el principio fue la ficción, que por lo menos sea rigurosa. Por lo demás, la metáfora del señor Turull es facilona. Tanto, que ni siquiera estoy seguro de que se haya utilizado inicialmente por el nacionalismo catalán. Me temo que la ha utilizado, y mucho,  otro nacionalismo, precisamente aquel con el que dice estar en confrontación incansable el actual presidente de la Generalitat. Han sido los medios más vinculados al discurso nacionalista español los que se han referido a esa distinción obscena entre el voto ejercido con el corazón y el voto ejercido con el estómago. Incluso han ido más lejos, señalando un horizonte hacia el que no tardarán en cabalgar las mesnadas del President: no hay un conflicto entre propuestas políticas, solo una confrontación entre ideas sublimes e intereses mezquinos.  Si Shaw decía que los ingleses y los americanos son pueblos separados por un mismo idioma, acabaremos por entender que el nacionalismo catalán y el nacionalismo español son lenguajes separados por una misma metáfora.
Seamos poéticos: pidamos lo prosaico. Los ciudadanos ejercemos nuestro voto con la voluntad, como un ejercicio de la razón. Una razón política de la que no están ausentes pasiones controladas, emociones indispensables, ilusiones en las que toman forma las justas aspiraciones de cada individuo, entre las que se encuentra un solidario deseo de que los derechos de todos sean adecuadamente atendidos.  Votamos como fruto de una decisión, que es la misma que nos convoca a ejercer otras muchas responsabilidades en una sociedad de seres libres e iguales. Libres e iguales, habrá que repetirlo. Porque la metáfora anatómica tiene ese sabor a exclusión, a distinción entre los de aquí y los de allá, los de dentro y los de fuera, que hace tiempo que nos fatiga la inteligencia. Al parecer, algunos tienen la exclusiva del corazón y otros solo tenemos un estómago insaciable y palpitante. Y, claro está, en ese campo de alusiones elementales, que forman parte de lo que la sabiduría popular considera digno o felón, no hay color entre quienes van por la vida con el corazón por delante y quienes toman las decisiones consultando con la cavidad abdominal.  No es lo mismo sacar pecho que lucir barriga en la pasarela de la elegancia y el heroísmo cívico en el que se ha convertido este país. No es igual el pálpito impulsivo de un corazón limpio y salvaje que una gordinflona acidez de sobremesa. Después de habernos destituido de tantas cosas, los nacionalistas también quieren darnos esa absurda lección de anatomía moral, en la que nuestras razones son atribuidas a la carencia de la generosidad y la ambición honesta que reposan en el ritmo del corazón. Según ellos, nosotros no aseguramos que la patria tenga oxígeno sesenta veces por minuto, nosotros no somos ese golpe de Celaya que golpeaba las tinieblas en los años del franquismo. Nuestra opinión solo existe en esa zona impúdica y algo irreverente donde se administran los residuos de la sociedad.  
 No le extrañe al lector la irritación que provoca este tipo de expresiones entre quienes sabemos demasiado bien cuáles han sido las consecuencias de unos proyectos sociales que han optado por las metáforas biológicas. Ni siquiera la radical congruencia entre este recurso y el organicismo político nacionalista puede evitar que nos moleste su lenguaje. No es una simple expresión lírica que trata de dar impulso a lo mejor que cada uno de nosotros lleva en su persona. Es una aviesa costumbre de definir la deficiencia de carácter, la sombría falta de convicciones y la carencia absoluta de sentido de pertenencia a una comunidad de quienes no estamos de acuerdo con ellos. Por eso, lo más efectivo es recurrir a una retórica que establece, al margen de cualquier legítima discrepancia, lo que separa lastimosamente a quienes usan un órgano cargado de nobleza y quienes, en el momento más solemne y decisivo de la vida democrática, prefieren usar órganos destinados a usos más vulgares. Para ellos, el cántico espiritual de los latidos de la sangre. Para nosotros, la profana flatulencia de los sin patria.

El hecho que se haya divulgado un discurso simplificado de los de dentro y los de fuera, en el que las referencias políticas de la derecha y de la izquierda han sido sacrificadas en el altar de un organismo desfasado, es también populismo


Por lo demás, el señor Turull hace trampas, aunque eso tampoco sea algo que nos coge desprevenidos. Buena parte de la propaganda nacionalista ha ido en busca de un voto que no se encuentra ni en el corazón ni en el estómago, sino en algo tan de quita y pon como la cartera. El crecimiento del independentismo nada debe a una mayor calidad del discurso democrático. Nada debe, por ejemplo, al afán por recuperar una soberanía que ha sido secuestrada sistemáticamente por el mismo partido que se llena la boca con esa palabra, procurando que nadie pueda saborear su contenido. Quienes defendemos la soberanía tenemos una idea de la sociedad que no se resuelve creando otro Estado, sino reforzando la participación de los ciudadanos, el control de las instituciones por la comunidad política, la rendición de cuentas de la gestión realizada y la garantía de que todos tendremos las mismas oportunidades para ser escuchados en los medios públicos de comunicación. ¿Es que alguien cree que va a crecer el nivel de soberanía de los ciudadanos de Catalunya por el simple hecho de disponer de eso que se llama, perdiéndole todo el respeto a las palabras un “Estado propio”?  Porque Estado ya tenemos, desde luego. A no ser que las infinitas disposiciones de la Generalitat que he ido cumpliendo desde que empecé mi trabajo como funcionario, a las órdenes por aquel entonces de la señora Carme-Laura Gil, sean un malentendido, una tomadura de pelo como el de esas operadoras que siguen enviándote facturas aunque el dominio que compraste haya caducado. Y el adjetivo  “propio” no mejora las cosas: de hecho, ni siquiera califica. Porque no va a ser el Estado de todos los catalanes, sencillamente porque más de la mitad de nosotros no lo deseamos. Y ellos lo saben. Y, además, porque el Estado propio independiente es una contradicción en los términos tan poco apetecibles de la actual Unión Europea, a la que nuestros independentistas hegemónicos cedieron cualquier atisbo de soberanía, en temas esenciales, con mucho mayor entusiasmo del que he tenido yo por ese verdadero ultraje al margen de maniobra para superar crisis como las que sufrimos.
No, la popularidad del discurso nacionalista no procede del corazón. Procede de la cartera. Procede de la infatigable referencia al expolio económico de Catalunya. Porque plantear cualquier asomo de expropiación cultural, en las condiciones en las que se ha organizado este tema desde 1980 sería un insulto irreparable a la sensatez. Aquí,  algunos han manifestado, con terquedad cuyos principios no comparto, pero cuya actitud debo respetar, su posición independentista desde antes de que se iniciara la Transición. La mayoría de quienes han hecho del independentismo una fuerza social considerable han llegado a esto como uno de los efectos colaterales de la crisis. Tenemos suficientes ejemplos de radicalización política en la historia de los últimos doscientos años para saber que las actitudes radicales no se forjan por mera persuasión discursiva, sino como resultado de una quiebra del orden social constituido. Es la percepción de que el sistema no funciona, y sobre todo la seguridad de que la crisis nos perjudica personalmente, lo que lleva a tomar posiciones que no tomamos en los años de bonanza. Los lemas más eficaces de la campaña nacionalista no se han referido a la  lengua ni a la soberanía, sino al bienestar que cada uno de nosotros podría alcanzar, de no tener que sufrir un régimen inadecuado de financiación de las autonomías. O, traducido al lenguaje que ha preferido usarse para ganar tiempo, si no tuviéramos que aguantar que España -esa nación que sí tiene un Estado propio- nos robara. Y se ha indicado que puede hacerlo porque Catalunya tiene su soberanía a la intemperie, su Estado por hacer, su cultura despreciada y su voluntad hecha trizas, contemplados burlonamente por cualquiera que mande –sigamos con las figuras retóricas- en Madrid. Que, durante más de treinta años, la llamada “minoría catalana” haya sido decisiva en las Cortes españolas, para indicar en qué se gastan lo que Hacienda ingresa tras cada campaña fiscal,  parece ser una contradicción a la que conviene no mirar a los ojos. Con inaudita desvergüenza, quienes han formado mayorías parlamentarias en las Cortes españolas para aprobar los presupuestos, aparecen ahora vociferando que no tenemos Estado propio y, lo que es peor: que sufrimos un Estado ajeno, una de cuyas características es hacernos la vida imposible. La antigua colaboración, cuando se reconoce el pecado, se contempla como la virtud de una esforzada estrategia de comprensión a la que se ha dado con la puerta del centralismo en las narices.
Lo que se ha pedido a los catalanes, señor Turull, no es votar con la cabeza ni con el corazón, sino con el bolsillo bien atento a lo que, siendo objeto de una discrepancia sobre balanzas fiscales, ha preferido presentarse de un modo más intratable por ambas partes. Por ambas, desde luego, porque no le han ido a la zaga los comentarios más impresentables de quienes han llegado a decir lo que se ha dicho de los catalanes, de todos los catalanes, en esta temporada. Se nos ha tratado de comunidad subvencionada, derrochona, egoísta, paleta y rencorosa. Ese es el fuego graneado de la ignorancia y el prejuicio del españolismo infame, que se cisca en la mejor tradición política española, derrotada en 1939 por quienes, a uno y a otro lado del Ebro, no celebran los aniversarios de aquella tragedia. Y a esos disparos contra el corazón, la cabeza y el estómago, se responde con balas de similar calibre moral y parecida letalidad para la inteligencia. España, en lo que se ha convertido en un sentido común sin  posibilidad de un debate público en condiciones, es presentada como un país…subvencionado, derrochón, egoísta, paleto y rencoroso. Por eso hay que salir de ahí corriendo. Y, además, no tendremos que hacerlo con el vergonzante y vergonzoso discurso de la Liga Norte italiana, que ni siquiera esconde su desprecio profundo por aquellos a quienes considera habitantes de regiones pobres. Encima, la defensa de un sistema que nos evite la solidaridad puede presentarse como reivindicación de la democracia. En eso, en todas partes cuecen habas, y quien haya seguido la campaña electoral de Andalucía habrá podido ver lo poco que cuentan las cuestiones ideológicas más sensatas cuando se trata de apelar a eso que, vamos a dejarlo ya aquí, se empeñan el llamar “el corazón”.

Muchos parecen haber olvidado lo poco que tiene que ver todo este escenario con las reivindicaciones de soberanía nacional que vertebraron el discurso de la izquierda socialista y comunista cuando se luchaba por instaurar la democracia en España


Hace unos pocos días, alarmados por la pérdida de chispa que iba mostrando “el proceso”, se reunieron en el Palau de la Generalitat quienes representan a partidos políticos parlamentarios y quienes solo se representan a sí mismos, aunque se empeñan en decir que representan nada menos que a la “sociedad civil”. Que el señor Turull se atreva a referirse al “populismo” de Ciutadans y de Podemos, cuando se produce un acuerdo de este tipo, lleva las cosas a unos niveles en que es difícil hablar, porque ni siquiera nos hemos puesto de acuerdo en el significado de las palabras.
Que los procedimientos de la democracia han ido envileciéndose en este país al calor del proceso es evidente. La propuesta de una lista única, “de país”, que decretara el estado de excepción sosteniendo una intolerable pausa de la democracia parlamentaria, solo fue frenada por la competencia entre Mas y Junqueras para liderar un mismo trayecto. Solicitar a los partidos que se aparten de una circunstancia histórica, para considerar una sola cuestión que en el mejor de los casos ha sido considerada crucial por la mitad de los catalanes, algo tendrá que ver con el populismo. Que se haya prestado especial atención a la convocatoria de manifestaciones agasajadas con la propaganda institucional pagada por todos los catalanes, al mismo nivel que el parlamento,  en el que se sientan los representantes de la soberanía popular, algo tiene que ver también con el populismo. Que se haya divulgado un discurso simplificado de los de dentro y los de fuera, en el que las referencias políticas de la derecha y de la izquierda han sido sacrificadas en el altar de un organicismo desfasado, también tiene que ver con el populismo. Que estas sean las únicas manifestaciones a las que se ha prestado atención, mientras se ignoraba, se insultaba o se calentaba a porrazos a quienes luchaban en la calle contra los recortes sociales más aterradores de los últimos cincuenta años, algo tiene que ver con la desvergüenza populista. Y esto último, porque no hay populismo posible sin una elite que sostenga a su conveniencia la protesta de las masas. El populismo nunca ha consistido en que el pueblo tome la palabra, sino en que el pueblo sea manipulado para que una elite sustituya a otra o para que la misma elite continúe gobernando, cambiando de apariencia. El populismo no es una forma radical de democracia, sino todo lo contrario. Por eso mismo nos preguntamos siempre por el protagonismo inapropiado que se concede a personas que representan solo a una respetable institución como el Omnium. O a una persona que, como Carme Forcadell, recibió un correctivo electoral tan apabullante la última vez que quiso medirse con sus adversarios en una campaña municipal. Si no ando equivocado, hace solo ocho años, el 95 % de sus vecinos de Sabadell decidió apoyar opciones distintas a la suya. Desde aquella fecha hasta ahora no ha existido la capacidad de convencer de unos principios a una mayoría que tan ampliamente los rechazó antes de la crisis. Lo que se ha dado es el marco de exasperación, de fractura  e incluso de desesperación en la que se forjan los liderazgos súbitos, siempre tan alérgicos a la normalidad nacional y social que tanto se invoca. 
Pero lo que interesa en el proceso no es la calidad de la democracia parlamentaria. Ni siquiera interesa una democracia que sea entendida como espacio de resolución de conflictos y en la que, por tanto, ni el permanente consenso entre intereses antagónicos ni la identificación de la comunidad política con un solo proyecto resulta aceptable. Tampoco lo es convertir un régimen de partidos en un híbrido en el que no se sabe dónde acaban los recursos de la democracia plural, diversa y conflictiva, y dónde empiezan los instrumentos del bonapartismo plebiscitario, obligando a la población a que elija cuál de los dos polos de un dilema considera mejor.  A los nacionalistas les preocupa algo más, y por eso han llegado a firmar esa nueva “hoja de ruta” –que, en forma y contenido  es, además, uno de los documentos más penoso que he podido leer en todos los años de mi vida profesional, que son ya muchos, algo que se agrava por las pretensiones de solemnidad con el que da cada uno de sus pasos “el proceso”-. Les preocupa lo que se confesó hace ya unos meses: que no se puede mantener a todo un pueblo en un permanente estado de excitación. Una verdad como un templo, pero que parece considerar legítimo tenerlo crispado mientras le aguante el cuerpo, y encauzar sus opciones de convivencia y pluralidad sobre esa circunstancia emocional.
Imagino que no hará falta resaltar aquí qué tipo de normalidad preferimos quienes nos movemos en este campo federalista de izquierdas. Ni siquiera tendremos que recordárselo a quienes parecen haber olvidado lo poco que tiene que ver todo este escenario con las reivindicaciones de soberanía nacional que vertebraron el discurso de la izquierda socialista y comunista cuando se luchaba por instaurar la democracia en España. Uno tiende a pensar que esto forma parte de las muchas cosas que nos hemos dejado por el camino tras determinadas derrotas políticas y culturales que han ido jalonando los últimos tramos del siglo XX y han preparado el pavoroso paisaje de estos primeros compases del siglo XXI.
Bastará, quizás, con que respondamos a esa lección de anatomía que nos ha propinado un portavoz del nacionalismo diciendo que nuestro voto, nuestras decisiones diarias, nuestras ideas, nuestras convicciones, se forman en aquellos espacios de discusión, de movilización, de defensa de nuestros derechos. Algunas cuestiones tienen que ver con la defensa de la cultura, otras con la mejora de la atención social, otras con la mejora de nuestra soberanía como ciudadanos. Y todas ellas afectan a la totalidad de nuestra existencia como individuos en sociedad, a la integridad de nuestros deseos y a la suma de nuestras experiencias. No votaremos con el corazón o con el estómago, sino con la plenitud de nuestra vida. Esa vida que, para quienes deberían ser meros adversarios políticos, parece haberse convertido en un despreciable residuo extranjero,  de materia sin espíritu y de carne sin voluntad.

“Cuando quieras quedamos” (per Siscu Baiges)

(Dedicat a la memòria de Margarita Rivière recollint el sentiment de Federalistes d’Esquerres)

“Cuando quieras quedamos. Beso. M”. Així acabava el correu electrònic concís amb què Margarita Rivière em va contestar el que jo li acabava d’enviar dimecres passat, dia 25. Li comentava que no acabava d’identificar alguns dels personatges que apareixen al seu darrer llibre “Clave K”, una novel·la on es despatxa a gust contra el pujolisme. La novel·la la va escriure fa més de 15 anys però aleshores ningú no es va animar a publicar-la. Ara ho ha fet “Icària editorial”.





La presentació va ser el mateix dimecres i no hi vaig poder anar perquè havia de participar en un programa de ràdio. El seu estat delicat de salut també li va impedir de ser-hi. Va intervenir mitjançant un vídeo enregistrat. L’Enric Català, el fotògraf que m’havia acompanyat a l’entrevista que li vam fer l’octubre per Catalunya Plural, sí que hi era i em va dir que la va veure força desmillorada. La mort ha corregut més ràpid del que prevèiem aquest cop.
L’entrevista va penjar-se a la xarxa el 7 d’octubre passat amb el títol: “Als periodistes que no estàvem amb els nacionalistes ens deien que estàvem contra ells”. La conversa havia donat per un bon grapat de títols més. Feminista i progressista va haver d’aguantar les crítiques dels que li retreien que venia de bona família i els que l’etiquetaven com anti-catalanista. En va parlar en aquella conversa relaxada, en què només es va treure el tub que li subministrava oxigen mentre l’Enric li feia les fotos.
Jo diria que no era rancuniosa però recomano la lectura de “Clave K” per entendre la seva opinió negativa del pujolisme i el nacionalisme que van fer impossible que un llibre com aquest és publiqués ara fa quinze anys. Vam coincidir poc personalment i molt ideològicament. Llegint-la, llegint-nos, sintonitzàvem.
Com jo, tenia la sensació que el debat nacionalista ens prenia temps d’altres ocupacions més enriquidores i constructives. Però estàvem, estem, en aquest ball i ens toca ballar.
A ella ja no. El que toca ara és repassar els seus escrits. Llegir “Clave K”, naturalment. Però em permeto recuperar un parell de frases de l’entrevista del passat octubre.
Així explicava la seva opció professional: “Ser periodista sempre val la pena. T’ha d’agradar la gent. Sinó, dedica’t a una altra cosa. Si t’agrada la gent, entendre-la, entendre on vius, és el millor que hi ha. Quan em vaig dedicar a això no sabia què era. Ara ho sé i tornaria a ser periodista”.
I així explicava la que considerava única frustració professional: “No haver pogut fer mai un reportatge d’un consell d’administració d’un banc. Explicar-li a la gent com funciona el consell d’administració d’un banc o d’una gran empresa. És un somni que he tingut com a periodista i no he pogut realitzar”.
Ben segur que li hauria agradat veure el final –si algun dia en té- del debat sobre la independència de Catalunya. L’entrevista acabava amb aquestes afirmacions seves: “La vida no és desitjar ser independent sinó jugar amb allò que tens al teu entorn, adaptar-te i tenir empatia. Les dones en sabem molt d’això”.
Quan vulguis quedem. Petó. S