El federalismo europeo debe proponer fórmulas de financiación que
reflejen los gastos asociados a los derechos sociales básicos, a las políticas
de desarrrollo económico de los territorios, y a las singularidades
La distribución del gasto público admite
muchas variantes pero, desde una concepción progresista, existen unos criterios
políticos y de equidad que el resultado final debería respetar. Para tratar el
tema de una manera adecuada convendría distinguir tres tipos de gasto pues
exigen criterios diferentes en cada uno de los casos: los gastos vinculados a
las singularidades, básicamente a las identidades nacionales; los gastos
asociados a los derechos sociales básicos; y los gastos asociados a las
políticas de desarrollo económico.
En el primero de los casos, el
gasto vinculado a las identidades nacionales, a las singularidades, como, por ejemplo,
el eventual sobrecoste generado por su adecuado tratamiento en el sistema
educativo, no responde a una lógica de solidaridad sino de ‘reconocimiento’ que
forma parte de la igualdad. Se trata de un criterio a mantener a nivel europeo.
En el caso del gasto vinculado a los
derechos sociales básicos hay que considerar que en España, actualmente la sanidad,
la educación y la dependencia, derivan de las competencias asignadas a las
Comunidades Autónomas siguiendo criterios de descentralización de la gestión y
de una concepción política de la solidaridad. A nivel europeo se tratará de
diseñar el sistema partiendo de competencias iniciales de los diversos Estados,
generalmente con formas variadas de gestión
descentralizada territorialmente.
El gasto correspondiente debe disponer
de una financiación adecuada de modo que, globalmente, se respete el principio
de ordinalidad que expresa un criterio de equidad puesto que aquellos que realizan
una aportación neta a la solidaridasd no deben resultar en peores condiciones
que los que se beneficien, en términos de habitante real. El criterio puede
generar soluciones múltiples.
En el caso del gasto vinculado a las
políticas de crecimiento económico se trata, básicamente, de una competencia del
Estado que debe diseñar estrategias globales. Por ejemplo, si el Corredor
Mediterranio representa una oportunidad clave para el Levante español y el
conjunto de la economía, está justificado un esfuerzo inversor europeo y
español. Lo mismo es válido para ayudar
a una región a paliar los resultados devastadores de la crisis de un sector, la
mineria, por ejemplo; en este caso estaría justificado sobreinvertir en la
misma durante unos años en actividades generadoras de ocupación.
Las políticas de desarrollo
territorial deben reflejar prioridades basadas en las necesidades pero también
en las oportunidades que ofrecen los diversos territorios. Es un tema
políticamente delicado pero distinto de la organización de las políticas de
solidaridad relativas a los riesgos sociales básicos.
Desde la perspectiva del federalismo
europeo, entre los gastos relacionados con la solidaridad el que presenta mayores
retos institucionales es el de la solidaridad territorial: basta pensar en la
crisis generada por la primera propuesta de organización del campo después de
la reunificación de la RFA y la RDA, en la que diversos landers receptores
netos de financiación pasaron a ser contribuidores netos y se opusieron a la
misma.
Debido a estas dificultades y retos,
el diseño del nuevo sistema de solidaridad es –a mi juicio- el aspecto que
requeriría mayor atención ya desde el presente, generando alternativas y valorándolas,
incluyendo también el proceso de transición e implantación.
Como ciudadano italiano que vive en Barcelona me siento orgánicamente incluido en esta nueva Europa, que no separa, que no construye otras fronteras, sino que lucha para derrumbarlas. Sin lugar a dudas, si Altiero Spinelli estuviese con nosotros, estaría preocupado por el resurgir de movimientos nacionalistas y neofascistas en Europa, que ganan cada vez más terreno, y estaría con nosotros manifestándose en las calles y cantando: No Borders No Nations!
(Intervención de Marcello Belotti en la presentación de Federalistes d’Esquerres en el Parlamento Europeo el 28 de septiembre de 2016)
En 1924, Altiero Spinelli, a quien está dedicado un edificio de este
Parlamento, con 17 años, se afilió al Partito Comunista de Italia. Fue el año
del asesinato del diputado socialista Giacomo Matteotti a manos de los sicarios
de Mussolini.
Entre 1924 y 1927 en Spinelli fue muy activo en la lucha contra la dictadura que
se encontraba en fase de ascensión y consolidación.
En 1927 fue arrestado en Milán y se quedó en las cárceles fascistas hasta
agosto de 1943, año en que cayó Mussolini: estuvo preso desde los 20 años hasta los 36 años, seguramente
los mejores en la vida de una persona.
Entre
1928 y 1937, además de muchas otras cosas, estudió ruso, español, economía y
filosofía; en 1937 fue expulsado del PCI por sus críticas feroces a la
dictadura estalinista. En 1976 volvió a reconciliarse con el PCI al presentarse
como candidato independiente para el Congreso italiano por el partido de Enrico
Berlinguer y siempre por el PCI, en 1979, resultó elegido en las primeras
elecciones directas del Parlamento Europeo.
Desterrado
forzosamente en las islas de Ponza (1937-1939) y de Ventotene (1939-1943),
cerca del golfo de Nápoles, conoció a los más importantes exponentes del
antifascismo militante italiano, entre los cuáles figuran Ernesto Rossi y
Eugenio Colorni, con quienes luego escribirá el “Manifiesto de Ventotene”. También
estaba allí Sandro Pertini, futuro presidente de la República Italiana, aún el más
querido de la historia republicana italiana.
En
junio de 1941 redactaron el Manifiesto
por una Europa Libre y Unida, en el cual plantean crear una Europa
políticamente unida e igualitaria para evitar el resurgir de nuevas guerras
europeas y de nuevos fascismos.
Me
gustaría leer algunos fragmentos:
La línea divisoria entre
los partidos progresistas y los reaccionarios recae, por tanto, ya no sobre la
línea formal de más o menos democracia, de mayor o menor socialismo a
instituir, sino sobre una nueva línea sustancial que separa a los que conciben
lo antiguo como propósito esencial de la lucha, es decir, la conquista del
poder político nacionaly los que consideran como tarea
central la creación de un Estado internacional sólido, dirigiendo hacia este
objetivo a las fuerzas populares y que, incluso si tienen el poder nacional, lo
usarán ante todo como un instrumento para lograr la unidad internacional.
…
Una Europa libre y unida es
la premisa necesaria para el fortalecimiento de la civilización moderna, de la
que la era totalitaria representa una interrupción. El fin de esta era
reiniciará de inmediato el proceso histórico contra la desigualdad y los
privilegios sociales.
La revolución europea, para
poder responder a nuestras necesidades, deberá ser socialista, es decir, deberá
proponerse la emancipación de la clase obrera y la obtención de condiciones de
vida más humanas para ésta (Manifiesto de Ventotene. 1941-44)
Por ello, la federación
debe tener el derecho exclusivo de reclutar y emplear a las fuerzas armadas;de llevar a cabo la política exterior; de determinar los límites
administrativos de los diversos Estados asociados para satisfacer las
necesidades básicas nacionales y de vigilar que no se produzcan injusticias
sobre las minorías étnicas; de abolir las barreras proteccionistas y de impedir
que se reconstruyan; de emitir una moneda única federal; de garantizar la plena
libertad de circulación de los ciudadanos dentro de las fronteras de la federación;
de administrar las colonias, es decir, los territorios todavía carentes de vida
política autónoma.
La federación debe disponer
de un poder judicial federal, de un aparato administrativo independiente del de
los Estados individuales, del derecho de recaudar directamente de los
ciudadanos los impuestos necesarios para su funcionamiento, de órganos
legislativos y de control fundados en la participación directa de los
ciudadanos y no en representantes de los Estados federales.
Ésta es, en definitiva, la
organización que se puede llamar de los Estados Unidos de Europa, y que es el
requisito indispensable para la erradicación del militarismo imperialista.
Pero hace ya mucho que la
cultura europea ha superado las mezquinas fronteras nacionales, y tiene ahora
un carácter cosmopolita. El nivel más alto de la cultura europea está más allá
de cualquier nacionalismo, y está condenado a volverse estéril y desaparecer si
Europa sigue por el camino de los nacionalismos, porque este recorrido le
quitaría el alimento básico del libre intercambio mundial de ideas, y le
impediría ejercer su función natural de mostrar a los Estados menos cultos el
camino de la elevación espiritual. La federación europea garantizaría el
cosmopolitismo intelectual y la posibilidad de que la alta cultura ejerza su
función de guía (Los Estados Unidos de Europa y las diversas tendencias políticas. 1942).
Lejos de desaparecer, el
corporativismo se ha convertido en la característica predominante de nuestra
época. El corporativismo surge del hecho de que no hay una armonía automática
ni espontánea entre los intereses especiales y las necesidades generales de un
cierto tipo de civilización.
Para que estas necesidades
puedan satisfacerse es necesario establecer normas generales que marquen los
límites dentro de los cuales puedan desarrollarse los intereses particulares, y
que vayan acompañados de la fuerza suficiente para ser respetados. Cuando la
fuerza de los intereses particulares de ciertos individuos o grupos logra
romper estas reglas generales e imponer otras en las que sólo cuentan esos
intereses, aplastando al resto de la sociedad, dañando y vaciando el modelo de
civilización, surge el fenómeno del “corporativismo” (Política marxista y
política federalista. 1943).
Lo
que decía Spinelli, pese a que hayan pasado más de 70 años, mutatismutandis, tiene aún una fuerza y una frescura de ideas y propuestas
que quizás ni él hubiese podido imaginar.
Nuestra
tarea, por tanto, es recuperar esas ideas spinellianas tan vanguardistas y rupturistas
de la visión ‘corporativista’ de los estados-nación, actualizándolas por
supuesto a nuestros tiempos.
Estoy
convencido de que Spinelli hubiese apoyado a los movimientos que hace pocos
días se manifestaron en Bruselas contra los tratados económicos TTIP y
CETA,y que se hubiese preocupado
mucho por el resurgir de movimientos nacionalistas y neofascistas en Europa que
en los últimos tiempos han ganando mucho terreno.
También
por ello, es necesario que todos los federalistas no se callen, sino al revés que
levanten bien fuerte la voz a favor de una Europa unida y social: el
federalismo debe entenderse también como un movimiento rotundamente antifascista.
Desde
el federalismo, bajo el legado de Spinelli, promovemos una Europa social que se
renueve profundamente; en la que se activen mecanismos radicales de democracia
participativa; en la que las decisiones tengan su legitimación sólo en el voto
popular y no en un grupo reducido de personas; en la que las políticas
económicas rescaten a las personas y no a los bancos; en la que los más ricos
paguen más impuestos que las clases populares; en la que se fomente un Green
New Deal poderoso;en la que las personas extranjeras y extracomunitarias, ya
sean migrantes ‘económicos’ o refugiadas puedan encontrar su amparo del hambre,
la violencia, y volver a reconstruir una vida de paz y bienestar como ciudadanas
y ciudadanos europeos de plenos derechos. Europa, desde siempre, es el
resultado de la mezcla, del cruce de culturas, del melting pot en el sentido cultural y también político.
Como
ciudadano italiano que ya desde hace muchos años vive en Barcelona, me siento
orgánicamente incluido en esta nueva Europa, que no separa, que no construye
otras fronteras, sino que lucha para derrumbarlas: recuerdo, a mediados de
los ’90, una manifestación muy alegre y divertida en Roma donde se bailaba y
cantaba: No borders no nations.
En
mi ciudad, Barcelona, se hablan más de 277 idiomas, conviven alrededor de 160
nacionalidades: ésta sí es la Europa que quiero, la de la solidaridad y de la
mezcla de culturas y de lenguas.
Por
último, como filólogo italiano y traductor de Spinelli al castellano me gustaría
referirme a una lingüista estadunidense, Ofelia García, quien en 2014 escribió
un libro importante sobre una nueva herramienta para estudiar los usos lingüísticos
de las personas bilingües, el de translanguaging
o sea una visión dinámica y heteroglósica del bilingüismo que hace hincapié en
el hecho de que las prácticas lingüísticas cambian según la situación sociolingüística
y no al revés – como muchos nos hacen creer.
El
translanguaging se refiere a
prácticas discursivas que no pueden asignarse fácilmente a una o a otra lengua
sino que son el resultado de la mezcla de las dos; focaliza por tanto la
atención sobre el acto del languaging
y no sobre un concepto abstracto de la lengua, a menudo definido, construido, a
veces incluso inventado por estados-nación, es decir, por esas ‘mezquinas
fronteras nacionales’ de las que nos hablaba Altiero Spinelli, y que a través
de su legado debemos combatir.
Sí, companyes i companys, sense cap dubte, també l’Altiero Spinelli s’hagués
declarat a favor del translanguaging
i del plurilingüisme, i hagués estat aquí amb totes i tots nosaltres, i també
amb mi en la manifestació de Roma, ballant i cantant: No Borders No Nations!
Ni todos los catalanes que están a favor del proceso quieren lo mismo en cuanto a la acomodación territorial de Cataluña, ni todos los que están en contra desean seguir como están en un Estado de las autonomías. Existe un espacio de comunidad plural, lleno de matices, de ciudadanos y ciudadanas que esperan soluciones políticas más creativas y flexibles, menos estáticas. Y existen soluciones viables si se trabaja políticamente de modo adecuado el heterogéneo espacio de confluencia ajeno a la confrontación entre soberanismo español y soberanismo catalán
(Este texto es un extracto de uno de los capítulos de un libro de próxima publicación del que son autores Nieves Lagares y Ramón Máiz)
La asunción generalizada, en el discurso
informativo y político de nuestro país, a saber, que “estar a favor del proceso
de independencia”, “querer separarse de España” y “ser nacionalista”
constituyen un único argumento y significan exactamente lo mismo, ha servido
para simplificar y ocultar un debate muy complejo, plural y lleno de matices. ¿Es lo mismo estar a favor del proceso
independentista que plantearse una solución territorial del conflicto en el que
Cataluña quede fuera del Estado español? ¿Es la secesión la única salida
posible? Los datos de una encuesta postelectoral de elaboración propia nos dicen claramente que no. Mientras la mayoría de los catalanes (49.5%)
se declara abiertamente a favor del proceso por la independencia, sólo algo más
del 30% es partidario de una solución territorial que contemple una Cataluña
independiente del Estado español. Y esta aparente contradicción, que los políticos
y los medios de comunicación tienden a pasar por alto, necesita ser explicada
desde un análisis y una argumentación algo más profundos y matizados. El hecho de que sólo el 57.9% de los
catalanes que están a favor del proceso de independencia piensen que la mejor
solución territorial para Cataluña es su independencia del Estado Español
obliga a hacerse dos preguntas. La primera, ¿a qué solución territorial aspiran
los catalanes que están a favor del proceso y, sin embargo, no quieren una
solución territorial que los coloque fuera del Estado español? La segunda,
¿cuál es el perfil de esos ciudadanos que, estando a favor del proceso, tienen aspiraciones tan
diferentes? A la primera pregunta contestan los
propios ciudadanos de forma directa, tal y como vemos en la tabla III. Lo cierto es
que un modelo federal satisfaría al 23.6% de estos catalanes que están a favor
del proceso de independencia; y que otro 15.1% aspiran a un modelo autonómico
con más competencias o con un estatus fiscal equiparable al País Vasco o
Navarra. Dicho de otro modo, casi el 40% de los
catalanes que declaran estar a favor del proceso de independencia aspiran a una
solución territorial que encaja en el concepto de federalismo adaptativo – plurinacional,
no cooperativo, no centralizado, no simétrico. En el análisis descriptivo de los datos de nuestra
investigación se hacen patentes dos factores fundamentales:
Que los
ciudadanos de Cataluña tienen opciones alternativas, diferentes y plurales a la
hora de afrontar el conflicto territorial catalán.
Que esas
diferencias existen también entre los que están a favor del proceso
independentista y que, en este caso, están relacionadas con cuatro factores:
(a) la antigüedad (el tiempo) en el sentimiento separatista,(b) la actuación de los líderes
políticos, (c) la relación con los partidos y (d) los temas de campaña.
Veámoslos con más detalle.
Efectivamente, los datos nos muestran,
de manera contundente, que los catalanes son muy plurales a la hora de hablar
de la solución político-territorial más adecuada para Cataluña. Hay quienes
quieren construir un Estado catalán independiente del Estado español, hayquienes desean permanecer en España dentro
del actual modelo autonómico, y hay otros, en fin, que quieren permanecer en
España pero con cambios de vario relieve. Estos tres grupos básicos no son
homogéneos políticamente ni socialmente, pero es cierto que algunos han
construido mejor internamente su homogeneidad política que otros. Reducir el debate a la dicotomía continuismo o
ruptura, Autonomía o Independencia, no es más que la muestra del fracaso de una
política y unos actores políticos y el correlativo triunfo de otros, porque es
evidente que en la ciudadanía hay una pluralidad mayor que las opciones dominantes
que están ofertando los políticos, y una complejidad mayor de la que hoy es
capaz de abarcar y canalizar una competición política muy polarizada. Pero tampoco todos los catalanes, que en medio de
esta polarización inmovilismo-separatismo se han sumado al proceso
independentista, tienen una lectura homogénea de la solución territorial y
mucho menos coincidente con la postura de los independentistas tradicionales. Varios factores están relacionados con la posición
de los ciudadanos respecto a la solución territorial que prefieren: la
antigüedad (el tiempo) en el sentimiento separatista; la acción de los líderes
políticos; la relación con los partidos y los temas de campaña (maltrato e intereses económicos) son algunos de ellos. Efectivamente, el tiempo desde el que se sienten
independentistas los ciudadanos catalanes resulta ser una variable clave para
entender su lectura de este sentimiento, de tal modo que parece existir una suerte
de independentismo “esencial” y otra de independentismo “estratégico”, los dos
igualmente sustantivos (no se trata de una cuestión de intensidad, no hay un
“independentismo light”), pero
construidos desde anclajes diferentes y, por lo tanto, diversamente
susceptibles al diálogo y al encuentro. La diferencia es tan extrema que mientras el 78.5%
de los independentistas tradicionales aspiran efectivamente a la solución
separatista, en el caso de los nuevos independentistas, los que lo son sólo
desde hace un año, este porcentaje se reduce únicamente al 13%. Apenas un 20% de catalanes independentistas
tradicionales aspiran a una solución territorial que suponga permanecer dentro
del Estado español. Pero esta cifra crece a casi un 40% cuando nos referimos a
los que se reconocen independentistas desde hace más de cinco años; sube a un 45% para los que son independentistas desde hace sólo 5 años; y se eleva a más de un 70% para los que lo son desde hace tres y a casi un 80% para los que lo son desde hace sólo un año. Observando los datos, vemos claramente como son las
opciones JuntsxSi y CUP, las que acumulan la práctica totalidad de los
ciudadanos que quieren una solución territorial que coloque a Cataluña fuera
del estado español. Sin embargo, se ve también que incluso en esas opciones
electorales, el porcentaje de ciudadanos que opta por la secesión no supera el
60% y son más de un 35% en los dos casos los que aspiran a soluciones
alternativas a la separación tout court.
El resto de las opciones partidarias no
tienen componente separatista, ni siquiera CatSiqueesPot, pero la pluralidad de
opciones respecto a la solución territorial sigue siendo la constante que
define a todos estos partidos. Solo en el caso del PP la opción claramente
mayoritaria es la de permanecer en el actual estado de las autonomías (53.8%),
aunque también aquí, por cierto, cabedestacar la existencia de un 25% de ciudadanos que preferirían un modelo
federal. El caso de los votantes de Ciudadanos,
partido que exhibe la bandera del centralismo y que agrupa a la mayoría de los
catalanes que quisieran retornar a un estado centralizado, aunque estos no
constituyan más que un 10% de la masa de sus votantes, da muestra de la
complejidad política de Cataluña y de las necesidades que tienen tanto los
nuevos partidos como los viejos de repensar sus posiciones. Efectivamente, casi
la mitad de los votantes de ciudadanos aspiran a una solución territorial que
les deje como están actualmente o incluso algunos, una minoría, plantean un
retorno a un modelo centralizado. Sin embargo, existe prácticamente otra mitad
de votantes que pertenecen a ese tercer grupo heterogéneo que aspira a
soluciones federales más flexibles de las que hoy ofrece el panorama político
actual. Un análisis de los datos revela también que los ciudadanos que están a favor del
proceso de independencia y optan efectivamente por separarse, esgrimen como
razón fundamental de su posición “el maltrato del Estado español a Cataluña”.
Pero lo importante no es el motivo en sí mismo, lo importante es que este
motivo no es discriminante sino que es común a todos los catalanes que están a
favor del proceso, independientemente
que opten por la solución territorial separatista o por cualquier otra. Lo
cierto, es que la idea del maltrato se ha impuesto entre los catalanes que
están a favor del proceso y sólo
podremos entender la posición de estos ciudadanos si entendemos los motivos. El segundo motivo que eligen los catalanes para
estar a favor del proceso es la
creencia de que el futuro económico de Cataluña es mejor fuera de España. El
hecho de que estas sean las dos primeras razones tanto para los que aspiran a
separarse efectivamente del estado español, como para todos los grupos que
aspiran a una solución alternativa a la actual pero dentro de España, muestra
dos cosas: la primera, que los temas estratégicos se han impuesto a los
esencialistas y étnico-culturales en los motivos de construcción de la
decisión; la segunda, que dichos motivos (temas) estratégicos generan marcos
comunes a una inmensa mayoría del pueblo catalán que le permite superar la
escisión nacionalistas-no nacionalistas o incluso la de izquierda-derecha
La tabla XI muestra claramente como la idea del maltrato y la
de un futuro mejor fuera de España se han impuesto a motivos tradicionales
tales como los motivos históricos, el sentimiento antiespañol o incluso el
derecho a decidir. Los verdaderos motivos son ahora pragmáticos y estratégicos,
y no obligan a los ciudadanos a asumir posiciones esencialistas, lo cual
permite la creación de marcos comunes en los que nadie se sienta necesariamente
excluido. Y por eso las opciones son tan heterogéneas incluso entre votantes de
las mismas fuerzas políticas; y por eso también resulta posible crear y
movilizar ese espacio de comunidad nacional entre votantes de opciones
políticas tan diferentes. En definitiva, pese al innegable crecimiento
del independentismo al hilo del proceso,
existe un espacio político sustantivo para una acomodación federal adaptativa y
flexible- asimétrica y plurinacional- de Cataluña en el Estado español. Pero
este es un espacio que, ante la polarización nacionalista entre
independentistas e inmovilistas, permanece hasta la fecha huérfano o al menos
deficitario de los factores que políticamente han construido con éxito ambas
alternativas hegemónicas: discurso, organización y liderazgo. Ni todos los catalanes que están a favor del proceso quieren lo mismo en cuanto a la
acomodación territorial de Cataluña, ni todos los que están en contra desean
seguir como están en un Estado de las autonomías recentralizado y resimetrizado. Existe un espacio de comunidad plural, lleno de matices, de
ciudadanos y ciudadanas que esperan
soluciones políticas más creativas y flexibles, menos estáticas. Y existen soluciones
viables si se trabaja políticamente de modo adecuado el heterogéneo espacio de
confluencia ajeno a la confrontación entre soberanismo español y soberanismo
catalán. Aspectos ligados al reconocimiento, al trato justo, a la negociación y el pacto resultan
básicos para dar salida a las expectativas de los catalanes. Leer el texto completo de Nieves Lagares y Ramón Máiz
¿Se siente usted tan catalán como español?¿Más español que catalán?¿Más catalán que español? Muchas de las encuestas intentan encasillar a los ciudadanos en unas categorías que no responden a una realidad que se asemeja cada vez más a la retratada por Claudio Magris en El Danubio: una mezcla inseparable de etnias, lenguas y culturas
¿Se siente usted tan
catalán como español?¿Más español que catalán?¿Más catalán que español? Muchas
de las encuestas que se hacen en Cataluña y en España intentan encasillar a los
ciudadanos en unas categorías que cada vez responden menos a nuestra realidad
social.
¿Qué tienen que
contestar aquellas personas que han nacido en Cataluña pero tienen padres de
otros lugares de España, lugares que visitan regularmente, con los que mantienen vínculos y que se
sienten también un poco andaluces, vascos o extremeños? Ser ‘español' no es equivalente a
ser parte de alguna de estas identidades que en cada una de sus variantes tienen
sus propias especificidades y su valor añadido.
¿Qué sucede con los
miles de inmigrantes que no han nacido ni en España ni en Cataluña pero han
construido sus vidas aquí? Europeos, latinoamericanos, asiáticos o africanos
que se han adaptado a las costumbres locales, que aprecian su cocina, que han
aprendido las lenguas que se hablan en Cataluña y han hecho de esta tierra su
hogar ¿Qué son todas estas personas?¿Qué serán sus hijos que comparten
distintas herencias culturales?¿Y los catalanes que han emigrado a otros lugares?¿O los hijos de los que se vieron forzados al exilio y han regresado hablando el catalán con acento extranjero?
¿Qué
tendríamos que contestar en estas encuestas los que no nos encontramos en
ninguna de estas categorías o lo estamos sólo en parte?
Vivimos en un mundo
en que las fronteras cada vez marcan menos la identidad de las personas. La
globalización ha tenido como consecuencia que el mundo sea más accesible y que
las personas se muevan con mucha más facilidad que hace unas décadas.
Si a mediados del
siglo XX ya era imposible poner en Europa unas fronteras que separaran las
comunidades que compartían una etnia, una cultura, y una lengua, como
magistralmente explica Claudio Magris en su libro El Danubio en el que disecciona
la civilización centroeuropea y el peso de las minorías étnicas ¿Es posible
hacerlo en pleno siglo XXI?
Magris convierte el río El Danubio en un símbolo de una aspiración pluralista de convivencia entre pueblos
en contraposición al exclusivismo del nacionalismo alemán que se siente
representado por el Rin. El libro transmite la admiración del autor por la
cultura germánica- ‘los alemanes han sido los romanos de Mitteleuropa’, afirma-
pero también está impregnado de recelo ante la idealización de los
particularismos que luego se convierten en bandera de lucha y que estos días
vuelven a hacerse presentes en la proliferación de toda clase de movimientos nacionalistas y xenófobos.
La realidad es que
cada vez más territorios dentro y fuera de Europa son el Danubio, una mezcla de
etnias, culturas y lenguas que comparten sus tradiciones y enriquecen las
sociedades haciéndolas más interesantes, complejas y, por qué no decirlo,
más divertidas. La noción de pueblo uniforme no tiene sentido en sociedades que
son esencialmente heterogéneas en origen, intereses, creencias y costumbres como nos
recuerda Toni Sitges-Serra en un artículo publicado esta semana en El Periódico.
Todas estas
encuestas que escarban en la identidad de las personas acaban con una opción anodina, la de ‘no
sabe/no contesta’, que es probablemente en la que nos situamos una gran mayoría de
ciudadanos que vivimos en Cataluña: no sabemos/no contestamos.
El federalisme no és una solució conjuntural a l'onada nacionalista, no és únicament un tipus d'ordenament territorial o administratiu, sinó que és una cultura, una forma de vida que construïm entre tots i totes cada día mitjançant la globalizació, amb les xarxes socials, els viatges... El federalisme és l'única solució possible per poder garantir la justícia social i la igualtat d'oportunitats per a totes i tots
(Intervenció de Silvia López Valentín a la presentació de Federalistes d’Esquerres al Parlament Europeu)
El que m'agradaria dir es basa, per descomptat, en les meves
experiències personals i una petita reflexió sobre la situació política actual
europea. Per a mi i per a la meva generació, que hem crescut amb el programa Comenius als
instituts, amb el que vam tenir l'oportunitat de viure intercanvis entre
estudiants de diferents països europeus. Amb el programa Erasmus, que ens
oferia l'oportunitat de viure uns mesos a una ciutat europea introduint-nos a
la vida universitària, i sabem que viatjar per Europa, és viatjar per casa
nostra, ens desconcerta que l'augment dels sentiments nacionalismes ens
obliguin a viure certes situacions quan arribem al "món adult", al
moment d'accedir al nostre primer lloc de treball, i us explico per què dic això:
Estarem d'acord en el fet que Europa, avui dia, està sent víctima
de grans amenaces que són impossibles d'afrontar des d'una posició nacional.
Per a poder afrontar aquests reptes que se'ns presenten, necessitem, entre
altres coses, tenir una política fiscal i exterior harmonitzada. Per exemple,
mentre les grans transnacionals i el capital puguin moure's d'un país a un
altre, sense cap tipus de barreres, instal·lant-se en funció de l'Estat Membre
que millors condicions els hi ofereixi, els europeus i les europees mai tindrem la
força suficient per a poder reclamar uns drets laborals i civils dignes i
justos. Si fóssim capaços de no fer-los el joc als grans capitals, tal com els
hi estem fent, permetent-los instal·lar-se a Irlanda perquè paguen pocs
impostos i contractar a les persones a Grècia perquè allà els salaris són més
baixos, guanyaríem com a classe social, guanyaríem com a humanitat.
A causa d'aquesta situació, les joves, sobretot les del sud
d'Europa, ens veiem obligades a competir entre nosaltres, per culpa també
d'aquesta tendència de polítiques ultraliberals que van començar als anys
vuitanta i que encara no hem sigut capaços de parar i a haver d'establir-nos on
el capital decideixi explotar-nos.
Als últims anys, a més, estem sent testimonis d'altres grans
problemes que també seran impossibles d'afrontar mentre s'abordin des d'una
visió nacional. Estem patint un canvi climàtic contra el qual, òbviament, serà
inútil qualsevol mesura que es vulgui prendre des d'un sol país, i també estem
presenciant cada dia, pels mitjans de comunicació, la gran crisi humanitària
que s'està donant a les portes d'Europa a causa de la gran onada de persones
refugiades que busquen un lloc digne i segur on poder viure. Amb les seves
vides sembla que estiguem jugant, discutint-nos a quants et toca acollir a tu,
o a mi.
Des de fa molts anys, sé que l'únic fi possible per a la Unió
Europea és la unió federada dels seus actuals Estats Membres, l'únic possible
per a poder seguir evolucionant i poder garantir una vida digna i justa per a
totes i tots. Però l'onada de moviments nacionalistes al llarg i ample
d'Europa, ens fa trontollar aquest objectiu i, a causa d'això, estem en perill
de quedar-nos estancats en aquest procés d'evolució cap a lo federal. Per finalitzar, m'agradaria remarcar que el federalisme no és una
solució conjuntural a l'onada nacionalista, no és únicament un tipus
d'ordenament territorial o administratiu, sinó que és una cultura, una forma de
vida que construïm entre tots i totes cada dia mitjançant la globalització, amb
les xarxes socials, els viatges... El federalisme és l'única solució possible
per poder garantir la justícia social i la igualtat d'oportunitats per a totes
i tots.
L’única via de solució a la crisi institucional és la recuperació dels elements federals que procedeixen de les millors tradicions espanyoles. El federalisme no s’ha de concebre com una recepta pre-establerta, com un mer arranjament institucional. El federalisme és, sobretot, un conjunt de valors i un conjunt de propostes d’acció política i legislativa. Pot ser una recepta complexa; però és l’única que està a l’altura dels nostres temps
“Federalistes d’Esquerres” és una associació ciutadana creada el 2012, com a resposta a un doble repte, a una doble insatisfacció: En primer lloc, la constitució d’un govern central a Espanya, presidit pel senyor Rajoy, amb una orientació alhora enormement restrictiva dels drets ciutadans i fortament centralitzadora; i en segon lloc, el sorgiment d’un extens moviment separatista a Catalunya, amb àmplia base social (encara que no majoritària) i amb el suport de les institucions de govern de la comunitat autònoma.
Creiem que tots dos moviments constitueixen respostes errònies i unilaterals a un problema real, com és el de la configuració deficient de les estructures estatals a Espanya. La creació al llarg dels últims 35 anys de l’anomenat “Estat de les Autonomies” no s’ha completat adequadament, i es pot considerar avui com una operació frustrada, en la qual tant l’administració central com els governs regionals competeixen entre si, sense que hi hagi suficients incentius per a l’acord i la cooperació lleial entre els dos nivells de govern.
D’aquí es deriven diverses qüestions: una mala articulació entre el govern central i els governs de les comunitats autònomes; una cultura d’escassa responsabilitat fiscal entre uns i altres (especialment visible en els últims anys, en què l’esforç per reduir la despesa pública ha recaigut només sobre els governs regionals i locals, però no sobre el govern central), la gestió ineficient dels programes i serveis d’infraestructures, concebuts d’una manera centralista pel govern de Madrid, la qual cosa fins i tot ha motivat el retret per part d’institucions de la Unió Europea, i la constant desautorització dels governs locals i regionals, obligats a reduir els seus pressupostos, a seguir les orientacions cada vegada més intervencionistes del govern central i, en definitiva, a veure retallada la seva autonomia.
Davant d’això, creiem que l’única via de solució és la recuperació dels elements federals que procedeixen de les millors tradicions espanyoles, i que en bona part es van veure recollits en la Constitució espanyola de 1978. El federalisme no s’ha de concebre com una recepta pre-establerta, com un mer arranjament institucional. El federalisme és, sobretot, un conjunt de valors i un conjunt de propostes d’acció política i legislativa.
Aquests valors i propostes -reconeixement i respecte recíproc; diàleg; polítiques acordades; govern compartit; descentralització i subsidiarietat; racionalitat política i solidaritat- no poden limitar-se a la política nacional. Es poden i s’han de projectar també a l’àmbit europeu: Les dificultats que avui viu la Unió són filles d’una visió parcial, tancada, insuficientment federal (com mostren el retorn dels nacionalismes, la tecnocràcia, l’allunyament entre ciutadans i institucions, el creixement de la “eurofòbia” en alguns països, etc…)
“Federalistes d’Esquerres” és una associació políticament plural, que reuneix ciutadans d’esquerres, tinguin o no tinguin una identitat de partit més precisa, o fins i tot vinculats a diferents partits polítics. Per això com a associació no prenem partit sobre qüestions concretes de l’actualitat, ni adoptem pronunciaments concrets o propostes d’alternatives precises davant de situacions complexes, com la que ara es dóna a Espanya.
Preferim concentrar-nos en els elements més generals, més propers als valors i als grans principis democràtics i constitucionals, fent difusió i informació pública sobre el federalisme, sobre els seus valors i continguts, i especialment sobre les seves potencialitats com a element d’aproximació, com a metodologia d’abordatge de qüestions candents de la realitat social, com la crisi dels refugiats, les polítiques hidràuliques, els mecanismes de solidaritat, la gestió de la complexitat nacional i cultural o el creixement de les desigualtats socials.
Aquest conjunt d’objectius i valors que els hem presentat han de transformar-se en propostes institucionals i polítiques més precises. El nostre objectiu no és prendre partit, ni tan sols formular de manera precisa aquestes propostes (encara que oferim la nostra col·laboració a les forces que la sol·licitin).
Definim la nostra activitat com una activitat predominantment social, i això en un doble àmbit:
En primer lloc, difonent la cultura federal entre els nostres conciutadans: actes de presentació, col·loquis, taules rodones, edicions de materials (com el llibre que veuen), o la preparació d’un film documental que, amb el títol de “FEDERAL”, vol mostrar com el federalisme ha resolt problemes aparentment intractables en territoris tan diversos com els Estats Units, l’Índia, Alemanya, Bèlgica o Sud-àfrica.
Convocant a grups de tècnics i experts, per elaborar anàlisis de processos que permetin elaborar ulteriorment propostes, tant en el terreny institucional, com en la formulació de polítiques substantives. Volem mostrar de quina manera una perspectiva federal permet abordar i millorar la resposta política davant molts dels problemes plantejats (com l’acollida de refugiats, la gestió de la crisi ambiental, les negociacions de tractats de comerç internacional, les polítiques de recursos hidràulics, o l’ús de llengües minoritàries, com el català, en les institucions de la Unió).
Per concloure: Creiem que l’estancament, l’hostilitat i la insatisfacció ciutadana que es viuen avui a Catalunya, al conjunt d’Espanya i a la mateixa Unió Europea, només es poden superar des d’una actitud que promogui els valors propis de la tradició federalista. La tradició federal ens ofereix els elements avui necessaris per abordar els nostres problemes: Respecte mutu, participació, diàleg, subsidiarietat, autogovern, i govern compartit. Pot ser una recepta complexa; però és l’única que està a l’altura dels nostres temps, molt més solidària i eficaç que els nacionalismes que hem conegut i patit en el passat. Creiem que el futur és federal; i en aquesta direcció volem treballar.
En la actualidad, la política territorial en España está prisionerade un paradigma –hegemónico hasta el siglo XX– que ya no es capaz de resolver los retos de la gobernanza del Estado en el contexto de la Unión Europea y de la mundialización irreversible. Obviamente este paradigma es la nación y su correlato populista de la soberanía nacional. En los comienzos del Siglo XXI, toda soberanía es ya soberanía compartida y colaborativa y, por supuesto, supraestatal; o sea, de fundamento óptimamente federalizante
Del libro “Las naciones, entes o entelequias (hacia un
Estado transubjetivo)” (Editorial Montesinos, 2016)
La concepción general del libro se sustenta en una
premisa principal: en un Estado democrático moderno, el fundamento del vínculo
común de la ciudadanía constituyente nunca puede ser ni trascendente ni
preexistente a la propia sociedad actual –históricamente vigente– que se
instituye como Estado de Derecho. Asume esta premisa que todo orden
jurídico-político origen de un contrato social entre el Estado y la ciudadanía
individual (Ej.: Constitución de 1978) no se basa en argumentos categóricos de
carácter esencialista, antecedentes y preeminentes a la propia sociedad vigente
en un periodo histórico dado; ya sean discursos nacionalistas vindicadores de
presuntos derechos históricos, doctrinas religiosas, ideologías populistas
utópicas, propuestas de fundamentación social iusnaturalistas, historicistas o
étnico-culturales. Todo lo contrario, el fundamento del contrato social
ilustrado, origen de la modernidad democrática actual, se sustenta
exclusivamente en los conceptos de “civilidad” y “ciudadanía”, a los que es
consubstancial el acervo de los derechos humanos fundamentales;
independientemente de las preferencias nacionales, religiosas, ideológicas o
culturales individuales.
(…..)
Frente al paradigma del Estado-nación
–ya periclitado–, se argumenta y se promueve en este libro la disociación
conceptual de estas dos entidades filosófico-políticas, históricamente
relacionadas, pero no equiparables en la época actual de mundialización. Una
nación, su realidad sociológica, es siempre una entidad intersubjetiva subsumida
en el Estado; y ello, precisamente en razón de su carácter identitario: una
nación es una experiencia de comunión colectiva, una experiencia ritualizada de
exaltación comunitaria plena de simbologías, celebraciones, conmemoraciones,
efemérides, héroes y próceres de la patria; todo ello dirigido por una elite o
aristocracia nacional que se arroga la misión de regir el acontecer social y
político de la nación de acuerdo con unos presuntos designios históricos
nacionales; un destino providencial ineluctable protagonizado en el transcurso
de la historia por el Pueblo en el que –literalmente– se encarnan la identidad
y el espíritu colectivo nacionales. Es, por tanto, una entelequia.
Identitario implica además que una
nación deriva de una experiencia individual intensamente emotiva que se
manifiesta como “sentimiento de pertenencia” a la comunidad nacional. Por esa
razón, la adscripción individual al ideario de una nación es resultado de una
elección subjetiva estrictamente personal y, coherentemente, tal sentimiento de
pertenencia comunitaria e identificación a un colectivo nacional no puede ni
debe predicarse en absoluto de quien libremente no desea adscribirse a dicha
comunidad. Como afirma Félix Ovejero, una persona que no “siente” su pertenencia
a una nación, por definición, no pertenece a ella ¿Y pierde entonces la
condición de ciudadanía? En absoluto, porque la condición legal y
administrativa de ciudadanía nada tiene que ver con el atributo de
nacionalidad, el cual sólo debería ser considerado contingente y circunstancial
–por electivo– a efectos jurídico-políticos.
Así pues, una nación siempre está
sociológicamente subsumida en el Estado pero no es Estado en sí misma, ya que la
pertenencia a una comunidad nacional es una prerrogativa volitiva individual
que sólo se hace efectiva mediante el ejercicio del derecho básico de la
libertad de elección, pero no tiene carácter jurídico-administrativo o político
intrínseco. Congruentemente, si la adscripción a un colectivo nacional tiene un
carácter personal y opcional, la “pertenencia” a una nación, en cuanto prerrogativa
individual, ni es susceptible de represión (a quien lo desea) ni de imposición
(a quien no lo desea).
(…..)
Las personas, en razón del psiquismo humano, se
identifican con aquello que constituye el fundamento de sus querencias y sus creencias
y, por tanto, con todo aquello a lo que aspiran y anhelan. Y esa identificación
deviene indefectiblemente en fundamento de su carácter social, no en cuanto atributo
contingente de su carácter, sino como rasgo esencial de su personalidad social.
Como muy lucidamente estableciera Erich Fromm, la religiosidad natural –anhelo de
trascendencia– consubstancial al modo de ser humano tiende a definir siempre un
“objeto de devoción” sobre el que
proyectar su anhelo de felicidad utópica, y ese objeto de devoción modula y
modela su carácter, “porque somos aquello
a lo que nos consagramos, y a lo que nos consagramos motiva nuestra conducta”.
De manera que una vez instaurado un objeto de devoción colectiva, consecuentemente,
las personas “deseen hacer lo que deben
hacer” según lo establecido por el código de devoción comunitario. Nótese
que este objeto de devoción, si logra transubstanciarse en “nación” como
resultado de un discurso social y cultural hegemónico, devendrá entonces espontáneamente
en experiencia identitaria nacionalista –pseudoreligiosa– colectiva. Reflexiones todas ellas también
coincidentes con el pensamiento humanista de Carlos Marx cuando asevera que "no es la conciencia del hombre la que
determina su ser, sino, por el contrario, es el ser social lo que determina su
conciencia" (Contribución a la crítica de la economía política.
Prólogo).
(…..)
Civilidad, civismo, ciudadanía, cívico no
significan lo mismo que nacionalidad, nacionalismo, nación o nacional; ni tan
siquiera equivalen a Pueblo, patria o patriotismo. A diferencia de los primeros,
que aluden a un sujeto político de derecho individual, una patria o una nación
siempre requieren de una elite social que la defina y la regule; que la
usufructúe a mayor gloria de sus intereses estamentales. Y esas élites son
invariablemente aristocracias nacionales creadoras de un discurso colectivo
cultural e histórico mitificado que se autoarroga la detentación del poder –si
hegemónico, mejor– y la soberanía política; todo ello en nombre de la nación.
Frente a toda esta mistificación se argumenta en
este libro que la soberanía es y sólo puede ser –éticamente– individual. La
soberanía es atributo individual y no colectivo porque es connatural e
inherente a la dignidad humana primordial, razón por la cual se instituye como
atributo ínsito de la ciudadanía. De acuerdo con ello, la soberanía no puede ni
debe ser atribuida en ningún caso a una entidad intersubjetiva conceptuada como
“nación”, ni tampoco a un territorio definido categóricamente como “nacional”.
Porque el carácter de la entidad histórico-cultural que se denomina “nación”
es, por su propia naturaleza, preexistente y subsistente al Estado vigente con
el que se pretende identificar; o
sea, de carácter pre-político y pre-constitucional. Y, también, aunque pueda
sorprender en primera instancia, a-histórico, porque su esencia es por
definición –y devoción– intemporal, y aun inmutable e incuestionable en tanto
discurso o metarrelato intersubjetivo colectivo mitificado y utópico.
La entidad real que gestiona la soberanía
constituyente y ejerce legítimamente la actividad política es el Estado, siendo
este último, por definición y por precaución, contingente, mutable y
estrictamente temporal, puesto que tiene una fecha fundacional concreta e
inequívoca (en el caso de España la Constitución de 1978). Y tampoco le es
extraña a un Estado la posibilidad de su potencial caducidad o acabamiento si
la ciudadanía soberana instituye un nuevo periodo constituyente que substituya
y suceda al anterior (Ej.: la República francesa). Pero se argumenta
reiteradamente en este libro que una nación, cualquiera de ellas: española,
catalana, vasca, gallega… no debería tener en puridad entidad jurídico-política
legitimada constitucionalmente; ni tampoco ser sujeto de soberanía, porque la
soberanía política es inherente al consenso de la ciudadanía constituyente del
Estado democrático en cada periodo histórico, pero ni deriva ni es inmanente a
una nación, en tanto que entidad pre-existente y trascendente al propio Estado
democráticamente constituido. Una nación sólo es inteligible como concepción
sociocultural e histórica, pero en absoluto como entidad equivalente o
equiparable a un Estado democrático constitucional.
(…..)
¿Cuál es el verdadero demos, la “nación” o la “ciudadanía”?
La significación del paradigma “nación” sólo es
inteligible políticamente si se acepta su equiparación conceptual al Estado;
ese y no otro es el desiderátum de toda ideología nacionalista; ese es el
problema esencial de lo que se denomina el debate territorial en España
actualmente. Pero este hecho, sociológicamente incuestionable, en absoluto
avala la equivalencia entre los conceptos “nación” y “ciudadanía”; paradigmas
ambos pertenecientes a diferente categoría formal y conceptual: libremente
opcional la primera; de iure la
segunda. Vinculada por un sentimiento emocional de pertenencia a un colectivo
identitario la primera; objeto de acatamiento legal constitucional y
democrático la segunda. De carácter histórico-cultural sociológico la primera;
inapelablemente jurídico-política la segunda. Socialmente intersubjetiva la
primera; políticamente transubjetiva la segunda.
Todo esto implica que, por su propia naturaleza, el
refrendo social de una nación no aporta necesariamente legitimidad ni soberanía
política a una ideología nacionalista, simplemente constata el refrendo
sociológico del ideario nacional en cuestión, porque la existencia de cualquier
nación es tan real como relativa; explicitada precisamente por el correspondiente
refrendo social que suscita. Las naciones existen y tiene
una realidad inequívoca porque existentes, reales y soberanas son las personas
que se identifican con ellas. Pero carece de sentido el planteamiento de un
referéndum sobre presupuestos teóricos que justifiquen y legitimen la
equiparación jurídico-política de los paradigmas “nación” y “Estado”: son
realidades intercurrentes pero diferentes. Ahora bien, desde instancias de un
Estado democrático y de acuerdo con la legislación constitucional que la avale,
siempre es posible plantear un referéndum de autodeterminación-independencia,
como lo demuestran los ejemplos de Escocia y Quebec. Pero vindicar y exigir un
referéndum de independencia justificándolo mediante la premisa de que “una nación –por el mero hecho de serlo– tiene derecho a decidir” (Ej.: DUI), no
es ni éticamente procedente, ni legal jurídicamente, ni legítimo políticamente.