La pregunta
es obvia ¿Para qué vamos a hacer un referéndum si resulta que ya hemos pasado
pantalla y estamos desconectando? Todo es tan confuso, tan incoherente que a
veces pienso que estoy soñando
A pesar que
uno ya es viejo en esto de la política no deja de sorprenderse. En Cataluña los
independentistas nos dicen que la historia ha corrido mucho en estos últimos
tiempos. Dicen que pasaron muchas pantallas en referencia a que determinadas
cosas ya no les interesan. Primero fue el estatuto y después el referéndum, que
en la última campaña sólo defendió Catalunya si que es pot (CSQEP).
A los de CSQEP
durante la campaña los independentistas les dijeron por activa y por pasiva que
lo del referéndum estaba ya superado. Según ellos, ya estábamos en la etapa de
la desconexión y creación de un nuevo estado. Después de las elecciones
catalanas parecía que con el resultado (mayoría de diputados pero no de votos)
volverían al tema del referéndum. Pero no fue así, saltándose sus propias
afirmaciones de campaña (la CUP había dejado claro que sin mayoría de votos no
había base para ir hacia la independencia) decidieron que tenían base para
“desconectar de España”. Presentaron y aprobaron la famosa resolución en la que
decían que no respetarían ninguna decisión que no fuera aprobada en el
parlamento de Cataluña y que en 18 meses tendrían listas las tres leyes de
desconexión. Al aprobar la resolución, los catalanes (no sólo los independentistas)
nos encontramos desconectando de todo, de España, de la comunidad europea y de
las organizaciones internacionales a menos que el Parlamento de Cataluña
aprobara y acordara pedir la entrada o reafirmar que se quiere permanecer en
estos organismos. La resolución dice además que en dos meses a partir de que se
forme gobierno, se crearán comisiones para redactar las tres leyes básicas de
desconexión y cuando, in extremis, consiguieron formar gobierno dijeron que
este sería su programa de gobierno. En 18 meses se comprometieron a tener las famosas
leyes de desconexión. Y ahora estamos en ese trámite parlamentario. Y mientras
nos decían que esto va muy en serio y estamos desconectando por otra parte nos
encontramos con que:
1.- Acatan
las sentencias del tribunal constitucional y presentan recursos al mismo
contradiciendo lo que dice la declaración del Parlament.
2.-
Presentan candidaturas a la elecciones al Parlamento de España (exceptuando la
CUP que en esto ha sido más coherente) y van al congreso de los diputados
enMadrid. Lo justifican diciendo
que sólo van para pactar la independencia y cuando llega la sesión de
investidura dicen que ellos podrían abstenerse siempre que el candidato se
comprometiera con el referéndum catalán, el que estaba fuera de pantalla, el
que ya no reivindican ni en el Parlament ni el gobierno de Cataluña.
La pregunta
es obvia ¿Para qué vamos a hacer un referéndum si resulta que ya hemos pasado
pantalla y estamos desconectando? Todo es tan confuso, tan incoherente que a
veces pienso que estoy soñando.
Continuo
pensando que lo mejor sería trabajar para una España federal, algo que serviría
también para apoyar la opción federal europea. Porque desear el federalismo en
Europa, como repite Oriol Junqueras, y despreciarlo en España es dejar pasar la
oportunidad de educar a la gente en la idea federal.
El papel del federalismo en la crisis de los refugiados tiene pleno sentido porque el federalismo representa la forma política de la fraternidad: encarna, materializa, institucionalizándolos, unos valores y no se limita a apelar a ellos como horizonte último hacia el que tender. Los federalistas (y ya no les digo nada los federalistas de izquierdas) asumen la fraternidad como valor político universal, lo que implica la tarea de hacer visibles y llevar a la “existencia” política muchos sujetos y problemáticas que hasta el momento permanecían ocultas
(Intervención de Manuel Cruz en el acto ‘Europa ante la crisis de los refugiados. Una respuesta federal y solidaria’)
Me permitirán que inicie estas breves palabras de bienvenida citando a una filósofa, Hannah Arendt, que hace más de setenta años escribió un texto titulado “Nosotros, los refugiados”, que en los tiempos que nos está tocando vivir debería resultar de obligada lectura en escuelas e institutos. En él, la autora terminaba su reflexión planteando una tesis que, intempestiva, continúa sonando como un aldabonazo en nuestras conciencias bienpensantes: “los refugiados que viajan de un país para otro representan la vanguardia de sus pueblos”.
Apuntaba con estas palabras a la necesidad de pensar un nuevo significado político del refugiado, más allá del estatuto de marginalidad y tolerancia benevolente que se le acostumbra a otorgar. Atribuir a los refugiados la condición de “vanguardia de su pueblo” los pone, de entrada, a salvo de la condición de desecho social acogido por caridad, y nos coloca en la ineludible tesitura de a pensar su situación en otros términos.
Concretamente en unos términos que nos permitan afrontar lo que dicha situación tiene de auténtica piedra de toque para valorar la calidad del modelo político y social que hemos construido. Las grietas, las sombras, las insuficiencias, de dicho modelo han sido tematizadas desde diversas perspectivas y echando mano de diferentes categorías. Así, la categoría de vida vulnerable, que de tantas dimensiones del mundo contemporáneo da cuenta, se aplica de manera incontrovertible a quienes no tienen ni siquiera “derecho a tener derechos” en un régimen de ciudadanía reducido a la juridificación de la condición ciudadana, como es el caso de los inmigrantes indocumentados o detenidos en frontera sin que se respeten las garantías establecidas por el derecho internacional.
La vulnerabilidad crece como un cáncer dentro y fuera de las fronteras, como Arendt vislumbró con inquietante clarividencia en el texto al que aludíamos hace un instante. En la coyuntura histórica actual, en la que se multiplican las situaciones de precariedad e incertidumbre en todos los niveles de la existencia humana, se hace más necesario que nunca replantearse la participación de estas vidas en unos sistemas políticos donde dicha capacidad a veces se hace imposible. Es preciso sacar a la luz todas estas realidades para que entren en los programas políticos cuanto antes, de la manera más específica y efectiva posible.
De alguna manera son tales constataciones las que justifican que FED, en colaboración con la Unión de Federalistas Europeos, haya organizado este acto (acto que, por cierto, como decía aquel personaje de la película Casablanca, significa “el principio de una gran amistad”). Este acto, en efecto, tiene pleno sentido porque, si me permiten que lo formule así, el federalismo representa la forma política de la fraternidad. El federalismo encarna, materializa, institucionalizándolos, unos valores, esto es, no se limita a apelar a ellos como horizonte último hacia el que tender, ni siquiera como idea reguladora para tutelar nuestras acciones.
Por ello mismo, nada tiene que ver tampoco la reivindicación que el federalismo hace de la fraternidad con su espuria utilización por parte de quienes apelan a ella sin propuesta política alguna, como remedio mágico para solucionar, por ejemplo, los problemas de organización del Estado que hoy tenemos planteados en España. Esos falsos fraternalistas, si se me permite la expresión, a menudo no pasan de constituir la versión actualizada de aquella figura que describía en uno de sus impagables pecios Rafael Sánchez Ferlosio, la figura del español que, acodado en la barra del bar, proclama a los cuatro vientos para todo el que le quiera oír: “esto lo arreglaba yo en veinticuatro horas”. En este caso, ellos lo arreglaban con unas cuantas dosis de fraternidad entre los pueblos.
Pues bien, frente a estos falsos fraternalistas, los federalistas (y ya no les digo nada los federalistas de izquierdas) asumen la fraternidad como valor político universal, lo que implica la tarea de hacer visibles y llevar a la “existencia” política muchos sujetos y problemáticas que hasta el momento permanecían ocultas. Por lo mismo que “fraternidad” quiere decir universalización de la libertad/igualdad republicana, quiere decir también: elevación de todos esos sectores civilmente invisibilizados (como son los refugiados) a una sociedad civil de personas plenamente libres e iguales.
Pero no me corresponde a mí extenderme sobre estos asuntos (especialmente teniendo los cualificadísimos invitados que tenemos hoy aquí), aunque me permitirán que añada una puntualización. Nada más alejado de la retórica que las afirmaciones anteriores. En un contexto cada vez más áspero y descarnado como el del capitalismo en su actual fase probablemente una de los desafíos centrales más urgentes, junto con las presiones a las que hoy están sometidos los principios de igualdad y de libertad, será el de darles una dimensión pública y reconocimiento político, en otras palabras, una encarnación. ¿Por qué? Porque el despliegue práctico de tales principios parece el único que puede garantizar la ciudanía plena o activa, y no un reconocimiento puramente abstracto y pasivo. Los programas políticos fraternales están llamados a ocupar un lugar prioritario en este escenario.
Pero no quisiera finalizar esta ya excesivamente larga intervención mía utilizando un tono engañosamente optimista. Tal vez hoy día no sea posible que los estados ejerzan la capacidad que tuvieron en el pasado para hacer morir, pero sí les es perfectamente posible dejar morir, convirtiendo en invivibles e inviables ciertas vidas más vulnerables que otras. Como dijo Arendt en el ensayo al que empezaba aludiendo: “La sociedad ha descubierto la discriminación como el gran arma social con el que se puede matar personas sin derramar una gota de sangre”. Pues bien, algo deberá hacerse al respecto de tan dolorosa realidad. Para pensar en ello, entre otras cosas, estamos hoy aquí. Muchas gracias.
Los europeos necesitamos aceptar que la emigración no es un hecho aislado sino un fenómeno estructural que permanecerá en Europa por largo tiempo. La gente que llega no sólo viene por problemas económicos sino huyendo de guerras que les empujan a huir. Europa tiene la obligación legal, ética y la responsabilidad moral y política de acogerlos. Poner en marcha soluciones efectivas a la crisis migratoria y avanzar en la integración política europea son dos caras de la misma moneda
(Este texto es una transcripción de la primera parte de la intervención del secretario general de la UEF (Union of European Federalists) en el acto organizado por Federalistes d’Esquerres en el CCCB el 11 de marzo de 2016)
En primer lugar, quiero agradecer la organización de este acto. El debate en Europa respecto a la emigración y los refugiados es un debate que se está desarrollando en negativo. Es un debate que está dominado por el miedo, el nacionalismo y el egoísmo nacional. Creo que es muy importante que las organizaciones de la sociedad civil organicen encuentros donde se discutan propuestas positivas, porque una solución solidaria y europea es posible.
Quiero comenzar introducir algunos aspectos necesarios para el debate.
La crisis de los refugiados es compleja porque tiene muchas caras. Es la crisis de los refugiados, personas desesperadas que intentan entrar en Europa. Es la crisis de los estados miembros que se ven incapaces de encontrar las herramientas para afrontar la crisis. Es la crisis de la Unión Europea que no tiene los instrumentos adecuados para resolverla. Al mismo tiempo, es la crisis de la sociedad europea que se ve incapaz de mirar más allá de la propia sociedad nacional, que mira la inmigración con miedo. Debido a las múltiples caras de la crisis, el problema sólo se puede resolver buscando la solución para cada uno de componentes.
Hoy en día hablamos de crisis porque pensamos que los años 2015 y el 2016 han sido muy críticos pero cuando dentro de unos años miremos hacia atrás nos daremos cuenta que no lo han sido en relación a los flujos migratorios que están todavía por venir. Los europeos necesitamos aceptar que la emigración no es un hecho aislado del último año, sino un fenómeno estructural que permanecerá en Europa por largo tiempo, ya que muchos países de nuestro entorno tienen estados fallidos y África tiene muchos problemas de superpoblación importantes. Durante los próximos veinte años estas personas seguirán mirando a Europa como el lugar donde vivir. La emigración no desaparecerá al final de este año, es un fenómeno natural y necesitamos encontrar la manera de gestionarlo a largo plazo.
Cuando miramos la manera de solucionar la crisis migratoria hay varios aspectos que no podemos perder de vista.
El primero es que la mayor parte de la gente que está viniendo a Europa huye de la guerra. Si miramos a los refugiados que ha llegado desde principios de enero, el 85% viene de Siria, Afganistán e Irak, países destruidos por conflictos letales. El 15% restante llegan del norte y centro de África, aunque no son de países en guerra, están en situaciones civiles extremas. Es decir, la gente que llega a Europa no sólo viene por problemas económicos buscando un futuro mejor sino huyendo de guerras que los empujan a huir. Europa tiene la obligación legal y ética y la responsabilidad moral y política de acogerlos en Europa, de modo que puedan integrarse en la sociedad europea.
El segundo aspecto a remarcar es que Europa tiene mucha responsabilidad en la grave situación que se está viviendo porque ha abandonado a su suerte el norte de África y el Próximo Oriente, particularmente Siria. Estos conflictos tardarán en resolverse y llevará tiempo estabilizar sus economías.
El tercer aspecto a tener en cuenta es que los números son gestionables. En el debate, hay gente obsesionada con la cantidad de refugiados, por el miedo a que los refugiados invadan Europa. Pero en 2015 las llegadas han sido de poco más de un millón o un millón y medio de personas que representan un 0,2% de la población europea, en un continente con 500 millones de habitantes. Los números son manejables si los europeos manejan juntos esta situación.
Si miramos las posibles respuestas a la llegada de emigrantes, vemos que no existen soluciones nacionales, por muchas razones: hay países más expuestos como Italia y Grecia que no tienen capacidad para absorber por sí mismos el número de refugiados acampados en su suelo y que de acuerdo con la ley europea actual tienen la obligación de acoger. Pero incluso países como Alemania, que es el país donde los refugiados mayoritariamente quieren ir, no pueden absorber un millón de personas por sí mismos. No hay ningún país en Europa que pueda hacerlo en tan poco tiempo, ni los países del sur, que dónde llegan, ni los países del centro y norte dónde quieren ir.
Per tanto, no hay soluciones nacionales ni soluciones seguras. Algunos políticos en Europa creen que la solución para la crisis es construir barreras o muros para mantener los refugiados fuera de la Unión Europea o levantar barreras entre países vecinos. El problema no desaparecerá de esta manera ni tampoco empujándolos a los países vecinos porque no se pueden construir barreras a todo lo largo del mediterráneo.
Necesitamos pensar en soluciones europeas colectivas que vayan a la raíz del problema, no basadas solo en la perspectiva de seguridad, sino también en los aspectos de integración en el suelo europeo y compartidas para toda Europa.
Uno de los problemas más importantes es que actualmente Europa no tiene las herramientas, ni el poder ni los recursos para dar unamejor respuesta que la nacional. Frente a la ausencia de una solución europea, en la mente de la población se instaura la idea de que las únicas soluciones sean las nacionales.
La UE está intentando hacer dos cosas, las dos muy limitadas. Está intentando negociar con Turquía. Hay una propuesta sobre la mesa que será discutida la próxima semana en el Consejo Europeo, que básicamente consiste en deportar refugiados desde Grecia a Turquía para evaluar en Turquía cuáles tienen el derecho de asilo y redistribuirlos por Europa en un limitado número en relación al número total de refugiados. Pienso que esta negociación está fuera de las obligaciones internacionales de la UE y no funcionará. La segunda opción que la UE está intentando hacer es intentar construir un sistema europeo de guardia fronteriza y de costas que pueda intervenir en situaciones de crisis para ayudar a los países fronterizos. Es una iniciativa que va en la buena dirección pero solo tiene en cuenta los aspectos de seguridad de la crisis y por el momento es muy limitada en recursos en términos de nivel europeo.
Entonces, ¿Cuáles son las propuestas de la UE basadas en la solidaridad y en el federalismo? Necesitamos ayudar a los países de origen de los refugiados. Si no ayudamos a Siria a estabilizarse y reconstruirse, los sirios seguirán escapando a los países vecinos. Si no ayudamos a Libia a reconstruir la sociedad y a estabilizar su política, seguirá siendo la puerta para enviar refugiados hacia Europa. Europa necesita responsabilizarse de la estabilización económica y política de los países del Mediterráneo que ahora están de facto en una guerra civil.
En segundo lugar, necesitamos construir un sistema europeo para gestionar las fronteras europeas todos juntos. Hemos abolido las fronteras internas y sus controles de manera que los ciudadanos pueden viajar libremente por Europa pero las fronteras externas siguen gestionándose a nivel nacional. Cuando ciertos países están expuestos a presiones particulares son incapaces de gestionar sus propias fronteras por sí mismos. Es importante que a nivel europeo se progrese en construir un sistema para gestionar juntos nuestras fronteras y ayude a gestionar la afluencia de refugiados a Europa. No es fácil des del punto de vista logístico, pero los federalistas europeos pensamos que la frontera global podría gestionarse integrando las fuerzas de los diferentes países miembros.
La tercera propuesta desde la perspectiva federalista y solidaria es crear rutas legales de entrada para los refugiados. Los refugiados tienen derecho a entrar en Europa de forma legal, sobre todo cuando tienen el derecho de asilo. Necesitamos organizar mecanismos para poder solicitar el asilo en las áreas en crisis y promover el transporte a Europa de una forma legal y organizada por toda la Unión Europea. En las últimas cuatro semanas, Canadá ha trasladado des esta manera desde Grecia 25.000 refugiados a los que había decidido asilar.
En cuarto lugar, necesitamos un sistema para redistribuir entre los países miembros, a los refugiados que lleguen a Europa. Actualmente el 80% se concentra en Alemania y necesitamos realojarlos en otros países europeos, teniendo en cuenta las características poblacionales, la capacidad económica así como las preferencias de los refugiados. En estos momentos la Unión Europea está discutiendo la reubicación de 160 mil refugiados en dos años que es solo el 10% de la gente que ha llegado en un año. Necesitamos un mayor esfuerzo para realojar, bajo principios europeos, a todos aquellos que han llegado y llegarán a la UE.
La última propuesta es que necesitamos implementar planes de integración, ya que la llegada masiva de refugiados en tan poco tiempo produce un shock en la sociedad. Necesitamos planes de integración en políticas de mercado laboral y de integración en las diferentes sociedades nacionales. La integración no vendrá de forma natural, necesita ser organizada y necesita instrumentos a nivel nacional y europeo.
Es natural que nos preguntemos si la Unión Europea será capaz de hacer todo esto. Obviamente, existen grandes dudas porque la UE actualmente no tiene ni el poder ni los recursos para adoptar las soluciones que estamos proponiendo. No tenemos un gobierno a nivel europeo que pueda gestionar la crisis en sus diferentes aspectos, tampoco tiene competencias ni recursos y nos falta tiempo para encontrar soluciones europeas. El avance en las soluciones planteadas y en la política europea son las dos caras de la misma moneda. Si Europa avanza en la integración política y se dota del poder, los recursos y la estructura de gobierno para poder tomar las medidas correctas, resolveremos el problema. Por el contrario, si no se avanza en la integración de sus políticas, las soluciones tampoco progresarán. Ver el acto en vídeo:
Ha llegado
la hora de exigir responsabilidades no sólo políticas sino, sobre todo,
penales, de parte de las autoridades europeas y nacionales. Por la omisión del deber de
socorrer a tantas miles de personas en peligro como por el maltrato moral y
físico a que son sometidos los refugiados por el sólo propósito de salvar sus
vidas o huir de la represión y el hambre
Las más de 300 personas que
murieron cerca de Lampedusa en Octubre de 2013 fueron la primera expresión
masiva de la tragedia humanitaria que afronta Europa desde hace muchos años.
Como ha dicho Bernard-Henri
Lévy recientemente en un artículo del diario El País, la crisis de los
refugiados está “dinamitando Europa”, expresa el “retorno de los egoísmos
nacionales” y la instauración de la “ley de la jungla”.
La reciente reacción del
Consejo Europeo no ha podido ser mas reaccionaria y cruel. Ya lo adelantaron
los acuerdos de febrero de 2015: ”El objetivo debe ser, rapidamente, contener
la afuencia de llegadas, proteger nuestras fronteras interiores, reducir la
migración ilegal y salvaguardar la integridad del espacio Schengen”. Ya no se
hablaba de refugiados sino de “flujos migratorios” o “entradas ilegales”. Ni
una cita de la tragedia humanitaria que, desde hacía muchos meses, estaba
ocurriendo en las fronteras europeas. Eso si, se requería a la OTAN, no para
salvar vidas, sino para “el reconocimiento, seguimiento y vigilancia del cruce
ilegal de fronteras en el mar Egeo”.
Ante esta realidad, los
textos de la UE se vuelven meramente declarativos. El derecho a la vida,
expresión de la inviolable dignidad humana, el principio de solidaridad, el
derecho de asilo, la prohibición de expulsiones colectivas y así sucesivamente
constituyen una provocación frente a la defensa de los derechos humanos. Sobre
todo, cuando tambien se dispone la posibilidad de “recurrir a medios y
militares para misiones humanitarias y de rescate” (Art. 43 del Tratado de la
UE). Otra mentira.
El resultado es que, según
la ONG MIGREUROP, Europa está en guerra contra los refugiados e inmigrantes,
como resulta de la oposición de muchos Estados miembros a aceptar y cumplir los
principios básicos de solidaridad y la propia normativa europea.
La consecuencia es que
Europa ha declarado un estado de excepción para aquellas personas, imponiendo
una abierta discriminación que las reduce a un espacio de no-derecho, de limbo
jurídico, un régimen propio de un colonialismo interno, que, obviamente,
favorece toda clase de abusos, como no cesamos de comprobar a diario. Como lo
ha calificado el Profesor Javier de Lucas, la UE está en guerra contra los
inmigrantes y ahora, también, contra los refugiados, una guerra que en no pocos
aspectos tiene las características de guerra sucia
y clandestina” (Mediterráneo: El naufragio de Europa. Editorial
Tirant Humanidades.Valencia 2015).
Régimen que aplican a
quienes tienen la fortuna de sobrevivir. Porque, según la ONG OIM, desde 2000
hasta 2014 han muerto en el Mediterráneo 22.394 personas, a una media de 1.500
por año. Ante esta realidad, ha llegado la hora de exigir responsabilidades no
sólo políticas sino, sobre todo, penales, de las autoridades europeas y nacionales.
No solo, como dijo el vicealcalde de Lampedusa, han abandonado la “cultura de
la vida”, sino otros muchos principios y normas que están presentes en los
ordenamientos penales. Por la omisión del deber de socorro a tantas miles de
personas en peligro como por el maltrato moral y físico a que son sometidos por
el sólo propósito de salvar sus vidas o huir de la represión y el hambre.
Espero que actos como este,
estimulen la exigencia de responsabilidades a los mandatarios europeos civiles
y militares y el comienzo del fin de la impunidad.
La Unión Europea recibió
el Nobel en 2012 por su lucha en favor de la paz, la reconciliación y los
derechos humanos. Ahora es el momento de demostrar que esto es cierto con
personas que escapan de la guerra, la pobreza o la violencia extrema. La UE
debe dar respuestas comunes- federales- y solidarias a sus desafíos comunes
¿Cómo gestionamos
la crisis de los refugiados? se preguntaba el seminario The Economist hace unos
días en su portada. La imagen de una cuerda a punto de cortarse por la que
avanzaban frágiles figuras de refugiados intentaba ilustrar cómo la falta de
una respuesta eficiente y coordinada a la crisis inmigratoria ha puesto en
jaque el proyecto común europeo.
Más de 100.000
refugiados han entrado en Europa en lo que va de 2016 según la Organización
Mundial de las Migraciones (OIM). La mayor parte escapaban de Siria, pero también de países como Afganistán, Irak y Pakistán. La
misma OIM calcula en más de un millón los refugiados que alcanzaron las costas
griegas e italianas el pasado año. Muchos perecieron en el intento, un tercio
de ellos niños.
Muchos
ciudadanos europeos que desayunan cada día con las imágenes angustiosas de las
personas que intentan alcanzar las costas griegas- y las de los cadáveres de
los que no lo consiguen- se preguntan porqué no se han organizado aún brigadas
europeas para rescatar a estas personas. Porqué no se pone en marcha un sistema
efectivo que permita acceder a Europa de forma segura y no en manos de mafias
sin escrúpulos que trafican con la desesperación.
Es
incomprensible, para muchos, que Europa no sea capaz de dar una respuesta
coordinada y eficaz a una tragedia humanitaria que comenzó con la primavera
árabe y que se ha agudizado con el recrudecimiento de la guerra en Siria. No es
un problema que haya explotado ahora en las manos de los mandatarios europeos,
lleva años fraguándose y ha habido tiempo suficiente para abordarlo de manera
coordinada y eficaz.
¿Qué
está fallando? Los artículos 2 y 3.5 del Tratado de la Unión Europea establecen
que los fundamentos de la UE descansan sobre el respeto a la dignidad humana y
la protección de los derechos humanos. Por esta razón, la Unión Europea fue
galardonada en 2012 con el Premio Nobel de la Paz. El Comité noruego del Nobel
destacó entonces que el principal logro de la UE había sido "el éxito de
su lucha en favor de la paz y la reconciliación, la democracia y los derechos
humanos”. “El trabajo de la UE representa la fraternidad entre naciones",
sentenció el Comité del Nobel.
Estos
valores está ahora en cuestión, especialmente entre los países del Este donde
el discurso nacionalista y xenófobo se ha instalado incluso en algunos de sus
gobiernos. Otros, como Austria, se han contagiado de la idea de que la crisis
se solucionará sellando fronteras y han decidido imponer cuotas exiguas que no
disuadirán a unas personas que huyen de la guerra y la persecución y que no
tienen nada que perder.
Detrás de la
inacción y la parálisis se encuentra la división de los miembros de la Unión
Europea en torno a un problema que es común, y que requiere por eso soluciones
compartidas. Pero también la ausencia de herramientas que permitan hacer frente
al problema de forma eficaz. Europa necesita avanzar hacia un modelo federal
que significa mayor integración en todos los niveles, no sólo el económico.
Es necesario
dotarse de una política común de inmigración y asilo que se financie con un
presupuesto europeo y que responda a los valores que inspiran el proyecto común
como son la solidaridad y la cooperación.
En estos momentos
la presión de la ola de inmigrantes recae, según la Convención de Dublín, sobre
los países que les reciben, que hacen de frontera de la Unión Europea, en vez
de repartirse de acuerdo a criterios como el PIB y la población de cada país.
Alemania optó por saltarse el convenio en agosto pasado, para poder acoger de
manera más eficaz al flujo constante de refugiados que de otro modo habría
tenido que devolver a Grecia o Italia, pero la mayoría de países europeos ha
preferido lavarse las manos.
Europa necesita
unificar de forma urgente su política de fronteras pero necesita también que
ésta se adecue a los principios que Europa dice profesar. No podemos poneralambres con cuchillas, como en la
frontera de Melilla hace unos años, ni rociar con gases lacrimógenos a los
refugiados, como hizo Hungría en sus fronteras en septiembre pasado y Macedonia
esta misma semana.
No podemos
olvidar que todas estas personas que mueren ahogadas en el mar Egeo o que
caminan durante semanas expuestas al frío, a la lluvia o a la nieve, escapan de
la guerra, de la pobreza o de la violencia extrema que se vive en sus países.
Voces
europeístas, como la de la presidenta del parlamento italiano, Laura Boldrini,
o el exdirector del diario La Repubblica, Eugenio Scalfari, no se cansan de
repetir que la mala gestión de esta tragedia puede acabar con el proyecto
europeo. El primer paso de esta desintegración podría ser la suspensión del
Tratado de Schengen que garantiza la libre circulación de personas y que
representa uno de los principales logros de la Unión Europea. Si cae Schengen,
caerá todo lo demás, auguran.
Jacques Delors
decía que Europa solo se resuelve con más Europa. “Si Europa se vuelve poderosa
debe ser al servicio del mundo y no de sí misma”, afirmaba en 1991 en un
documento titulado “Primero reforzar, después ampliar”. Sus palabras suenan hoy
más actuales que nunca.
Un professor català de literatura, Joan Ramon Resina, ha afirmat que“hi ha una correlació estadística entre maduresa intel·lectual i sobiranisme” i que, per tant, és normal que “on hi ha una alta població de catalans altament qualificats, l'independentisme sigui més fort”. Els intel·lectuals que defensen la independència, ho fan perquè són més intel·ligents?
Per un article al diari El Pais del periodista Cristian Segura ens assabentem que un professor català de literatura a la
Universitat de Stanford (Califòrnia, EUA), Joan Ramon Resina, ha afirmat que“hi ha una correlació estadística entre maduresa intel·lectual
i sobiranisme” i que, per tant, és normal que “als EUA, on hi ha una alta
població de catalans altament qualificats, l'independentisme sigui més fort”.
Ens assabentem també per l’article que aquest professor és
un actiu comentarista de l’actualitat política catalana. Fa dues afirmacions
contrastables empíricament, per a les quals no aporta cap dada. Respecte a la
primera, que les persones més intel·ligents tendeixen a ser més sobiranistes,
se suposa que ho deu dir per ell i l’elevada opinió que sembla tenir de si
mateix. No serà aquí el lloc on fem una llarga llista de persones qualificadíssimes
que no abracen l’independentisme català. Només direm que al llarg de la història
hi hahagut intel·lectuals i
persones molt intel·ligents (que no és necessàriament el mateix) que han
recolzat posicions polítiques molt diferents. Si Gentile i Heidegger van
recolzar el feixisme, Malraux i Brecht van recolzar l’stalinisme, i Keynes,
Arendt i Orwell es van enfrontar tant al feixisme com l’stalinisme (és molt
alliçonador en aquest sentit el capítol 9 del llibre “To Hell and Back” d’Ian
Kershaw). Tenien uns més “maduresa intel·lectual” que els altres?
Les opcions
polítiques tenen una dimensió moral, que habitualment és prèvia a les
argumentacions que les elaboren. Un cop presa l’opció moral, les persones més
intel·ligents mobilitzen les seves neurones amb eficàcia per justificar l’opció
que han pres (això s’anomena biaix de confirmació). Malauradament, la intel·lectualitat
ha fet poc al llarg dels darrers 200 anys per aturar les pitjors tragèdies de
la humanitat.
La segona afirmació que fa el professor és que als Estats
Units l’independentisme català és més fort (segons ell perquè hi ha una alta població
de catalans altament qualificats). De fet, la resta de l’article sembla
confirmar aquesta afirmació, perquè s’hi anomenen una sèrie de professionals
catalans en institucions nordamericanes que recolzen l’independentisme. Algunes
d’aquestes persones tenen una forta projecció mediàtica a Catalunya, alguns
tanta que un es pregunta si realment segueixen treballant seriosament en les
seves universitats.
Una cosa que potser hauria de fer reflexionar el professor Resina és la gran dificultat que han tingut persones com ell per convèncer col·legues del seu entorn professional d’altres nacionalitats sobre les virtuts de la independència de Catalunya en el món del segle XXI
És una llàstima que en el mateix article no s’hagi fet cap
esforç per donar veu a persones catalanes, molt menys mediàtiques, que també
treballen en universitats o altres institucions dels Estas Units, i que no estan
a favor de la independència de Catalunya.
És molt probable que la conclusió de
presentar una mostra realment representativa fós que entre els intel·lectuals i
científics catalans als Estats Units, igual que entre els intel·lectuals i
científics catalans a Catalunya i en qualsevol altre lloc, hi hagi
aproximadament tants independentistes com persones que defensem altres opcions
(certament això és així entre els científics i intel·lectuals catalans que he
conegut en les quatre institucions on he investigat o ensenyat: l’Institut
Universitari Europeu de Florència, la London Business School, la Universtat de
Califòrnia-Berkeley i la Universitat Autònoma de Barcelona).
Els catalans estem
dividits sobre aquesta qüestió. El millor predictor de les postures de cadascú
no és la intel·ligència (no hi ha cap estudi que ho digui).
Les enquestes i els
resultats electorals ens diuen que el millor predictor és la llengua dels pares
i la comarca d’origen o residència. Els intel·lectuals que defensen la independència
no ho fan perquè siguin més intel·ligents, sinó perquè són més nacionalistes.
Una cosa que potser hauria de fer reflexionar el professor
Resina és la gran dificultat que han tingut persones com ell per convèncer col·legues
del seu entorn professional d’altres nacionalitats sobre les virtuts de la independència
de Catalunya en el món del segle XXI. En el terreny de l’economia, que conec
una mica millor, efectivament hi ha alguns molt bons economistes catalans que són
independentistes (també n’hi ha de molt bons que no ho són), però no conec cap
gran economista internacional a qui hagin convençut. Paul Krugman al seu blog
quan es va suscitar la qüestió de la independència d’Escòcia, va dir que tenia
una preferència pels grans agregats democràtics. Un altre premi Nobel, Jean
Tirole, quan una noia catalana en un debat de la BBC li va preguntar si no li
semblava que els països petits es podien regular millor, li va contestar que
ell era un gran federalista i que creia que no, que cada vegada més l’estat-nació
estava quedant obsolet per a fer front als grans reptes de la humanitat. La gran paradoxa dels intel·lectuals independentistes
catalans dels Estats Units, però, és que viuen (encantats de la vida, sembla) en
el país federalista per excel·lència. Gràcies al model que van forjar Hamilton,
Jefferson i els altres pares fundadors, avui la majoria de les persones que
viuen en democràcia al món, ho fan en federacions –una alternativa a la
independència de les petites nacions. Quan els independentistes diuen que volen
que Catalunya sigui com Massachusetts la contradicció ja fa petar totes les
costures: Massachusetts no és un país independent, és a més un estat que no té
dret a l’autodeterminació, com no el té cap dels estats de la Unió. Els Estats
Units es van veure sotmesos a grans pressions secessionistes al segle XIX (estats
com Carolina del Sud van fer una DUI, que no va acabar gaire bé) que van
desembocar en la guerra de “secessió” dels estats esclavistes, després de la
qual les pulsions independentistes no han desaparegut, però han quedat
arraconades a una força excèntrica i populista, que a ningú se li passaria pel
cap associar a una major intel·ligència. Els Estats Units
(amb tots els seus problemes) són un cas d’èxit, després d’una llarga evolució,
de les fórmules federalistes que molts, més o menys intel·ligents, estem convençus
que són la via de progrés per a Cataunya, Espanya i Europa.
El académico
canadiense y director científico de L’Idée Fédérale defiende en esta entrevista la idea del
federalismo como “una manera de ver la vida”, una propuesta de organización
política y social “no excluyente” que huye de los intentos de homogenización
identitaria
“La idea de
federalismo está en contra de la asimilación: acepta las diferencias y la diversidad.
Cree que la gente puede ser diferente y que eso no es un problema para convivir”.
Es uno de los muchos argumentos a favor del federalismo que André Lecours pone sobre la mesa.
Profesor
de Estudios Políticos de la Universidad de Otawa y director científico de L’Idée Fédérale, el think tank federalista de
Quebec, define el federalismo como mucho más que una forma de organización
política: “Es una manera de ver la vida”, asegura.
Quebequés y especialista
en federalismo pero también en movimientos independentistas
como el escocés, el catalán, el vasco y el flamenco, Lecours estuvo en
Barcelona en noviembre pasado invitado por Federalistes d’Esquerres. Reconoce
que la situación en Cataluña le recuerda mucho a la que vivió Quebec en 1995,
“donde había que ser valiente para decir que no se estaba a favor de la
independencia”, y lamenta que los gobiernos catalán y español hagan más difícil
la convivencia en vez de facilitarla.
-¿Cómo se puede
definir el federalismo en pocas palabras?
-Es un principio
de gobierno que intenta combinar la autonomía y la interdependencia manteniendo
un equilibrio entre las reglas propias y las reglas compartidas, entre
autonomía e integración en un ente más grande.
-Usted sostiene
que el federalismo es la mejor opción en sociedades multiculturales ¿Por qué lo
es?
-Porque permite
que las personas convivan con sus múltiples identidades. Si tienes una
situación como la de España con Cataluña, donde hay personas que tienen un
fuerte sentido de la identidad catalana, pero otras que al mismo tiempo se
sienten también españolas, el federalismo permite que esas personas puedan
mantener sus distintas identidades sin entrar en contradicciones. Vivir en una
Cataluña independiente o en una España muy centralizada puede terminar
comprometiendo alguna de esas identidades. En este sentido el federalismo tiene
un elemento de justicia para todos y permite que las comunidades vivan en un
sistema en que se protegen y se promocionan las diferencias.
-¿Es lo contrario
a la asimilación?
-Exactamente. La
idea de federalismo está en contra de la asimilación: acepta las diferencias y
la diversidad. La forma federal de pensar consiste en creer que la gente puede
ser diferente y convivir en un gran estado que mantiene sus diferencias y
además promueve que nadie tenga que hacer concesiones en este sentido.
-¿Qué es el
espíritu federal?
-Es conseguir el
equilibrio entre el autogobierno y el gobierno compartido. En el federalismo
tienes tus propias reglas pero también reglas que compartes. Tienes autonomía
en ciertas materias pero otras las compartes en un nivel mayor de autogobierno
con las otras unidades que constituyen la federación. Es ser independiente pero
ser dependiente al mismo tiempo. Es intentar buscar el justo medio.
"Las políticas del gobierno catalán y del gobierno español no favorecen que las diferentes sensibilidades se sientan cómodas, están convirtiendo Cataluña y España en un lugar menos agradable para vivir"
-¿Por qué el
nacionalismo moviliza más a las personas que el federalismo a pesar que éste
implica valores universales como el diálogo y la cooperación?
-Porque el
nacionalismo puede utilizar historias que el federalismo no puede.
Especialmente en un país como España donde antes de 1970 no hubieron experiencias
federales, excepto en unos períodos muy cortos. Es difícil construir una
narrativa que diga que España tiene una cultura federal o un pasado federal. Para
los nacionalistas es más fácil construir una narrativa en que la gente se
sienta involucrada, historias acerca de cómo Cataluña era antes de la
unificación de los reinos: más rica, más ilustrada y que fue explotada por
España. La solución que ofrecen los nacionalistas a los problemas es también
más simple y eso hace que tenga más éxito. Incluso en Canadá el federalismo no
provoca el mismo entusiasmo que el nacionalismo. El nacionalismo y el
federalismo son dos formas diferentes de ver la vida. Los federalistas aceptan
la realidad tal como es e intentan sobrellevar las cosas de la mejor manera
posible y los nacionalistas están en una búsqueda permanente de un ideal que no
existe.
-En un mundo
complejo y globalizado como el nuestro ¿Tiene sentido seguir creando estados nación?¿No
deberíamos todos avanzar hacia formas de organización que se adecuen a la realidad
del siglo XXI?
-Los estados nación
tal como se concibieron en sus orígenes no tienen sentido en el mundo actual. Vivimos
en un mundo donde la soberanía no está concentrada en los estados. Y vivimos en
un mundo donde intentar crear un estado para cada nación puede convertirse en
un fracaso y en una idea peligrosa porque la mayor parte de las sociedades no
responden a la realidad de naciones compactas. Y los estados no tienen en sus
manos todo el poder ya que buena parte de la soberanía radica en entes
diferentes al estado, como la Unión Europea o los mercados. La soberanía está
fragmentada y el estado nación no puede hacer frente a esta realidad.
-¿Cómo ve el
futuro de Cataluña desde su experiencia de quebequés?
- Yo creo que la
posibilidad de que Cataluña se convierta en un país independiente es muy
improbable. No hay ningún precedente de una secesión en un país democrático,
nunca se ha producido algo así y eso me hace pensar que es difícil que aquí se
produzca. Además no existe una mayoría a favor de la independencia en Cataluña.
No soy muy optimista respecto a la convivencia futura entre distintas
identidades en Cataluña y en España. Estoy decepcionado con las políticas del
gobierno catalán y del gobierno español que no favorecen que las diferentes sensibilidades
se sientan cómodas. Están convirtiendo España y Cataluña en un lugar menos
agradable de lo que debería ser. Pero lo gobiernos pueden cambiar y las
políticas pueden cambiar también.
-Usted dice que
Cataluña le recuerda mucho a Quebec en 1995. ¿En qué se parecen?
-En que aquí
también es muy difícil no apoyar la independencia. Si tu no apoyabas la
independencia en Quebec en 1995 tenías que ser una persona muy valiente para
reconocerlo. La gente no se atrevía a decir: “Canadá es un buen país” o “es
mejor para los quebequenses quedarse en Canadá”. Esta ha sido la primera cosa
que se me ha venido a la mente al estar aquí. También se produjo allí una fuerte
dicotomía entre nuestros políticos y en la sociedad. Una fuerte movilización de
las personas que apoyaban la independencia frente a una mucho más débil de los
que se oponían, a pesar que éstos eran mayoría. Pero la experiencia de Quebec
demuestra que este estado de ánimo es cambiante, alcanza un ‘peak’ y luego fluctúa
según los acontecimientos y las políticas de los gobernantes. Los nacionalistas
saben esto y por eso son partidarios de aprovechar el momento en que “la
ventana está abierta”. Siempre tienen prisa.