martes, 7 de enero de 2014

Soberanismo económicamente dependiente (Por Carlos Jiménez Villarejo)

Las fundaciones de CDC, UDC, ERC e ICV recibieron un total de 711.335 euros en subvenciones entre 2011 y 2013 de parte de los ministros José Ignacio Wert y José Manuel García-Margallo. Una forma de financiación pública opaca y poco conocida por la ciudadanía que representa la principal fuente de ingresos de estas cuatro formaciones que propugnan la ruptura con el mismo Estado que les financia de una forma poco transparente


El 12 de diciembre pasado ocurrieron dos acontecimientos políticos en apariencia radicalmente contradictorios. Por una parte, Oriol Junqueras, Artur Mas, Joan Herrera y otros acompañantes acordaron celebrar un supuesto referéndum sobre una supuesta consulta con dos supuestas preguntas. En esa misma fecha, el BOE publicaba una Orden del ministro José Ignacio Wert, tan derechista como abominable, en la que otorgaba subvenciones económicas a las fundaciones de estos mismos partidos soberanistas. El objeto de la subvención, se especificaba, era para “el estudio y desarrollo de pensamiento político, social y cultural”.
Una expresión más, a mi entender, de la doble faz del soberanismo, de aquellos mismos que luego repudian al Estado español y al Gobierno del PP.


Las prebendas a los partidos políticos de parte del Estado, y procedentes de los impuestos de todos, vienen de lejos y ha sido denunciada recientemente por el Consejo de Europa


Lo mas grave, sin embargo, es que estas prebendas, procedentes de los impuestos de todos los españoles- incluidos los catalanes-, vienen de lejos. Las cuatro Fundaciones de dichos partidos, por ceñirnos a los últimos tres años (2011, 2012 y 2013) recibieron un total 711.335 euros: 534.515 del Ministerio de  Cultura, ahora Educación, y 176.819 de Asuntos Exteriores, es decir, del ministro José Manuel García-Margallo.
Sumas que se distribuyeron de la siguiente forma: la Fundación Catdem, de CDC, percibió 363.711 euros; la Fundación Miquel Coll i Alentorn, de UDC, 124.945; la Fundación Josep Irla, de ERC, 132.724;  y la Fundación Nous Horitzons, de ICV, 89.953.
En definitiva, una forma de financiación pública poco conocida por la ciudadanía que, por lo general, está envuelta en un cierto grado de opacidad como denunció recientemente el Consejo de Europa.
Partidos que desarrollan su actividad política gracias, en buena parte, a los fondos públicos del Estado (Gobierno, Instituciones Autonómicas, Diputaciones y Ayuntamientos), al que tanto detestan,  pero que representan la mayor proporción de sus ingresos para asegurarles su funcionamiento ordinario y las medidas de seguridad.
La suma total de estas aportaciones en los ejercicios 2009, 2010 y 2011 es la siguiente:

CDC                  5.495.590 euros
UDC                  1.845.672 euros 
CiU                  30.475.027 euros
ERC                  13.877.504 euros
ICV                  10.397.780 euros

Un  total de 62.091.573 euros, suma más que relevante para financiar durante tres años a tres partidos autonómicos, que ahora pretenden justificar falsamente la ruptura con el Estado que tan generosamente ha obrado con ellos.
Pero aquí no queda todo. En cada proceso electoral- general, autonómico o local- los partidos citados han recibido generosas subvenciones públicas para el mantenimiento de las respectivas campañas electorales. Las sumas globales de  los ejercicios anteriores corresponden a:

CiU                  5.035.827 euros
ERC                  3.235.722 euros
ICV                  2.499.020 euros

Los partidos soberanistas CiU, EUIA, ICV y UDC están altamente endeudados y han presentado en los últimos ejercicios un “patrimonio neto negativo”: carecen de bienes para hacer frente a sus inmensas deudas. Están prácticamente bajo el control de sus acreedores


Pero la capacidad de la política española y catalana para convertir en el centro de la política la consecución de dinero, al coste que sea, ha llevado a los partidos a una situación crítica, como ya ha advertido el Tribunal de Cuentas (TCU). Resulta altamente preocupante que gran parte los partidos soberanistas - CiU, EUIA, ICV y UDC- presenten en todos aquellos ejercicios un “patrimonio neto negativo”, es decir, que carecen de bienes para hacer frente a sus inmensas deudas. Están, prácticamente, bajo el control de sus acreedores, el poder financiero.
Este era el estado de sus deudas con las entidades de crédito en el ejercicio 2011:

CDC                  3.607.972 euros
UDC                  16.276.780 euros
CiU                  12.609.005 euros
ERC                  2.482.162 euros
ICV                  16.136.909 euros

Por esta razón, el TCU ha exigido a CiU y a ICV un plan de saneamiento financiero que les permita salir de esta grave situación.
La cruda realidad es que CiU y su aliado ERC, imponen durísimas medidas neoliberales de privaciones de derechos sociales, mientras ellos desarrollan una actividad económica, a través de préstamos hipotecarios y otras operaciones crediticias, que le son negadas a la inmensa mayoría de los ciudadanos de Cataluña. Con este grado de cinismo controlan y propugnan una Cataluña supuestamente libre.

CiU y ERC imponen durísimas medidas neoliberales de privaciones de derechos sociales, mientras ellos desarrollan una actividad económica, a través de préstamos hipotecarios y otras operaciones crediticias, que le son negadas a la inmensa mayoría de los ciudadanos de Cataluña


En las leyes de financiación de los partidos se dispone que en el sistema de obtención de ingresos por estos se combine “suficiencia y austeridad como el mejor antídoto contra la financiación irregular”. Pero, el Parlamento, bajo el control del PP, con el incondicional apoyo en esta materia de CiU y PNV, continúa cerrando los ojos ante las consecuencias del actual coste económico de la política que hace tiempo está provocando un flujo oculto e ilícito de dinero hacia los partidos. En el pasado se adoptaron acuerdos parlamentarios, como el de “contención y disminución del gasto electoral”, que de haberse cumplido, habrían facilitado acabar con la financiación privada y, en particular, la proporcionada por las entidades de crédito. Pero, nadie cumple estos acuerdos ni responde de su incumplimiento.
Ya veremos qué sucede cuando se incorpore al Código Penal, el acuerdo del Congreso de Diputados para establecer un delito específico que persiga la financiación ilegal de los partidos políticos que fue adoptado con fecha de 14 de marzo de 2013.
En este contexto de endeudamiento excesivo de los partidos en el marco de una regulación contemporizadora de su financiación privada, no es de extrañar que se produzca un incremento de la  criminalidad de los gobernantes con un considerable grado de impunidad.

sábado, 4 de enero de 2014

Cataluña, lideremos una salida dialogada (Por Odón Elorza)


La resolución del conflicto en Cataluña es un problema de Estado que exige reformar la Constitución para redefinir el vínculo entre Cataluña y España, perfeccionando el funcionamiento y financiación del Estado Autonómico e incorporando las claves del sistema federal de cooperación. Esta reforma debe reconocer formalmente la realidad nacional de Cataluña y Euskadi en un Estado plurinacional y pluricultural


Me resulta difícil ser optimista sobre el conflicto entre Cataluña y España al comprobar que el Presidente Rajoy, que debería haber hecho el mayor esfuerzo desde la política para buscar la salida del laberinto, es quien más ha contribuido al desapego recíproco. ¿Acaso se puede pedir a un pirómano que ayude a apagar sus propios fuegos? Es constatable que la irresponsabilidad y falta de talla de Rajoy tienen que ver con la estrategia de la FAES seguida por Aznar, Wert y la caverna mediática. Fue el PP quien, en medio de una feroz campaña anticatalana, recurrió en 2006 ante el Tribunal Constitucional el nuevo Estatut con el argumento de que "España se rompe".¡Qué ironía!
Al juego suicida de enfrentar territorios se han sumado factores de gran carga emocional. Me refiero al victimismo de los soberanistas con la idea de que "España nos roba", que ha encontrado gran eco entre la ciudadanía aprovechando la pobreza de miles de familias, la involución que supone el modelo de sociedad del PP así como la sensación de agravio y frustración extendida en Cataluña tras el inaceptable "cepillado" del Estatut por el Tribunal Constitucional.


A muchos catalanes, también a los no independentistas, les entran ganas de alejarse de esta España rancia pensando que así encontrarán el paraíso, aunque olvidan que el PP y CiU comparten políticas antisociales y arrastran casos de corrupción


El resultado es la devaluación total de la autonomía, la fractura de la convivencia y el final de la hegemonía del "catalanismo puente" en favor de un soberanismo radical que busca la secesión unilateral. Vivimos en la coyuntura ideal para excitar el sentimiento nacionalista con las guerras de banderas, la negación del pluralismo y la supremacía de las identidades excluyentes.
A esto se suma la desafección hacia la marca España que se potencia gracias al esperpento que proyecta La Moncloa y otros círculos “reales” y económicos manchados por la corrupción y por una gestión injusta de la crisis. Definitivamente, a muchos catalanes, también a los no independentistas, les entran ganas de alejarse de esta España rancia pensando que así encontrarán el paraíso, aunque olvidan que el PP y CiU comparten políticas antisociales y arrastran casos de corrupción.
Aunque es justo reconocer el papel clave del PSC durante décadas en la modernización y la cohesión social de Catalunya de la mano de Pasqual Maragall, es verdad que desde el PSC y el PSOE no supimos preveer lo que se avecinaba en Cataluña, ni abordar un nuevo sistema de financiación autonómica, ni reforzar el autogobierno de acuerdo con el Estatut aprobado por dos Parlamentos y por los catalanes en referendum. Nos faltó unidad de mensajes entre socialistas de diferente sensibilidad y músculo para responder como tercera vía a los ataques políticos y mediáticos del soberanismo de "Palau" y del independentismo de ERC, que rechazó el Estatut.
La solución se ve dificultada por la crisis, la cerrazón del nacionalismo español y el pacto del otro nacionalismo sobre los confusos términos de una consulta imposible de realizar desde el punto de vista legal. Estas dificultades explican la idea generalizada de que el problema nos ha superado a todos y de que es tarde para encontrar una solución no traumática para ninguna de las partes.

No debemos interiorizar la impresión de que la situación de Cataluña no tiene una salida negociada. Los socialistas no podemos adoptar una actitud defensiva, aferrados a los argumentos de la pura legalidad, respetables pero insuficientes en democracia. Necesitamos una propuesta para salir del bloqueo desde la política 


Sin embargo, no deberíamos interiorizar la impresión de que la situación de Cataluña no tiene una salida negociada, ni los socialistas debemos aceptar la derrota de la política. Tampoco nos pondremos en una actitud defensiva aferrados a los argumentos de la pura legalidad, respetables pero insuficientes en democracia cuando se trata de evitar una ruptura de consecuencias imprevisibles. 
Sabemos cual es la legalidad vigente y lo que dice la Constitución con respecto a la soberanía. Reconocemos la imposibilidad de que hoy ampare una consulta reclamada en la calle por una parte importante de la sociedad de Cataluña y, menos aún, una secesión unilateral. En el derecho internacional, la autodeterminacion ahora rebautizada como “derecho a decidir” está pensada para las antiguas colonias como el Sahara español y no para Cataluña, Euskadi o Escocia. ¿Pero qué pasaría tras unas elecciones plebiscitarias convocadas por Mas con un resultado aplastante de los partidos que defiendan en su programa la independencia? ¿Qué haría Rajoy al día siguiente? ¿Cómo se entendería el resultado en Europa? Necesitamos dibujar escenarios, adelantar respuestas y, sobre todo, no dejar pasar más tiempo sin concretar nuestra alternativa (cultura federal = cooperacion desde la diversidad) dentro de un proceso participativo abierto a fuerzas políticas y movimientos ciudadanos.
Por eso defiendo la búsqueda, sin dilación, de un Pacto de Estado sobre un nuevo encaje de Catalunya en España y Europa, así como una fórmula para que los catalanes puedan expresar su voluntad en el marco de una reforma constitucional que desarrolle la cultura federal. En los casos de Québec y Escocia, la madurez democrática de las partes y la cultura política de sus instituciones han hecho posible procesos negociados y aprobar mecanismos de consulta que garantizan la expresión de la voluntad democrática de la ciudadanía, como la Ley de la Claridad en Canadá. Porque a la vez que es exigible el respeto a la legalidad hay que intentar dar cauce a la voluntad de participación ciudadana a la hora de solucionar un conflicto; son dos principios que tienen que ver con el derecho y la política y que debemos conectar porque forman parte de las reglas de la democracia.

¿Qué pasaría tras unas elecciones plebiscitarias convocadas por Mas con un resultado aplastante de los partidos que defiendan en su programa la independencia? ¿Qué haría Rajoy al día siguiente? Necesitamos dibujar escenarios, adelantar respuestas, convencer de la necesaria evolución del Estado Autonómico hacia un federalismo europeo de cooperación, pluralista y solidario


Por eso reitero, a quien me quiera escuchar, que es tiempo de unidad entre las familias socialistas y de lanzar iniciativas pedagógicas para explicar, a partir de las bases contempladas en la Resolución de Granada, cómo entendemos la convivencia, el pluralismo, la soberanía e identidades compartidas y el modelo federal que propugnamos. Con estos ideales podemos convencer de la necesaria evolución del Estado Autonómico, profundizando en la dirección de un federalismo europeo de cooperación, pluralista y solidario. Y ello sin merma de la asimetría que requiere nuestro proyecto, por respeto a los hechos diferenciales de las nacionalidades históricas. Contamos con las referencias de otros Estados Federales compuestos y asimėtricos  como Alemania, con el estado libre de Baviera, o Canadá, con el Québec.
En estos momentos asistimos a un bloqueo político, con el presidente Mas volcado en una estrategia de confrontación- que busca reducir distancias electorales respecto a ERC- y en la que intenta vender fábulas secesionistas, y con el PP aferrado a una concepción inmoviliza de la Constitución de 1978. En este escenario nos corresponde a los socialistas liderar un proyecto de Estado, una tercera vía política que apueste por una reforma constitucional consensuada. Esto obliga a sentar en la mesa a los dos gobiernos para negociar un sistema más equilibrado de financiación que tenga en cuenta las cautelas temporales que impone la crisis, garantizando el respeto de la singularidades e identidad plural de los catalanes y fijar con lealtad las bases del estatus para Cataluña.

Al grave problema de arquitectura territorial del Estado se suma el de la regeneración democrática pendiente, la crisis del empleo y la involución en derechos y libertades que nos afecta a todos


A este grave problema de la arquitectura territorial del Estado se suma el de la regeneración democrática pendiente, la crisis del empleo y la involución en derechos y libertades que nos afecta a todos. Es necesaria una visión y una solución de conjunto que exige reformar la Constitución para redefinir el autogobierno en un nuevo vínculo entre Cataluña y España así como para perfeccionar el funcionamiento y financiación del Estado Autonómico, incorporando las claves del sistema federal de cooperación.
La reforma debe permitir también reescribir los artículos “tabúes” de la Transición con el reconocimiento formal de la realidad nacional de Cataluña (y Euskadi) en un Estado plurinacional y pluricultural. El proceso negociado de reforma constitucional debe superar un referéndum que obtenga la aprobación de la ciudadanía catalana y del conjunto de la española. Sin duda estamos hablando de un modelo de consulta a la ciudadanía catalana aunque diferente del que ahora se pretende, una consulta más inclusiva y con mayores  garantías democráticas.

miércoles, 1 de enero de 2014

La història comuna (Per Adrià Casinos)

Aragó, el País Valencià, les Illes (que amb Catalunya integraven una sola corona; “l’Escòcia ibèrica”, posats a forçar símils) formen i formaran part d’aquesta Espanya imperialista que ens roba i ens vol anihilar


Fent camí cap al nostre destí de viatge, vam passar unes hores a Saragossa. I aprofitàrem per fer una rapida visita turística. El començament va ser el palau de l’Aljafería, seu de les Corts Aragoneses. Una magnífica restauració que ha valoritzat un edifici en el que es conjuguen diversos estils, que reflexen els molts segles d’història allà continguts. A mesura que passàvem d’una sala a l’altra, trobàvem una i altra vegada evocacions de personatges que ens eren ben coneguts: Pere III, el Gran; Pere IV, el Cerimoniós; Joan I, el Caçador,…I no podia ser d’una altra manera. Nou-cents anys d’història compartida entre el comtat de Barcelona i el regne d’Aragó (1137, compromís de casament de Ramon Berenguer IV amb Peronella, filla del rei Ramir II, el Monjo).

Pot ser, doncs, que totes les desgràcies dels catalans van començar a la nit de noces de Ramon Berenguer IV i Peronella d'Aragó? 


La següent visita va ser per al Museu Gargallo. Una magnífica col·lecció en el marc d’un elegant palau renaixentista. Pablo (Pau) Gargallo va desenvolupar una copiosa obra modernista a Barcelona (jo prefereixo l’etapa avantguardista de París), però era nat a Maella, un poble aragonès de parla catalana (cosa molt diferent a dir que és un poble del “Pastissos Catalans”). La Franja. Un element de transició i unió entre aquelles dues terres enllaçades d’ençà prop d’un mil·lenni.
Aquest meditacions m’anaven barrinant el magí mentre baixaven pel carrer Jaume I, camí de la Seu de Saragossa, allà on els que per herència eren comtes de Barcelona, rebien la dignitat reial.
Tornant cap a l’estació, el taxi enfilà l’avinguda de la Independència (toca ferro!) i vam passar per davant del monument a Juan de Lanuza. Vam evocar amb el xofer (un home molt culte) la seva tràgica mort, de ben jove, amb aquella frase condemnatòria i lapidària de Felip II: “Que tan pronto sepa de su prisión como de su muerte”. “Lo mataron y nos quitaron los fueros”, va dir l’home. “Y ahora nos quieren quitar la institución del Justicia. Y eso no lo vamos a permitir”, afegí. I digué que jo coneixia bé la historia d’Aragó. La meva resposta?: “Hace muchos años que nos es común”.
Els sentiments que n’afloraven no eren massa diferents dels que tinc quan visito València o Palma, ciutats que, val a dir, conec millor que Saragossa. Però, ai!, Aragó, el País Valencià, les Illes (que amb Catalunya integraven una sola corona; “l’Escòcia ibèrica”, posats a forçar símils) formen i formaran part d’aquesta Espanya imperialista que ens roba i ens vol anihilar. Això ens ho van explicar  ben clar, no fa gaire dies, uns quants sabuts historiadors; no sé si basant-se en el materialisme històric o en el materialisme i prou. Pot ser, doncs, que totes les desgràcies dels catalans van començar a la nit de noces de Ramon Berenguer i Peronella? Però prou de capficar-se. Ara el que sembla que realment importa, és el procés (el de Kafka?) cap a la independència, de forma que la pròxima vegada que hi vagi a Saragossa ho pugui fer ja amb passaport. Tot plegat, un petit parèntesi de 900 anys.

Adrià Casinos es catedrático de Zoología de la UB

sábado, 28 de diciembre de 2013

“¡Viva Québec Libre!” Libertad y federalismo (Por Jean Leclair*)

El pensamiento federal reconoce al sujeto la capacidad de tomar decisiones, de cambiar de opinión si lo desea y de hacer todo eso sin ser acusado de negarse a sí mismo. El federalismo reconoce también que una comunidad puede estar compuesta no sólo por una pluralidad de identidades monistas, distintas las unas de las otras,  sino también por identidades superpuestas, verdaderamente plurales en su esencia



“¡Viva Québec libre!” Esta famosa frase, lanzada desde un balcón por el general de Gaulle, refleja el carácter polisémico de la palabra “libertad”. Aunque de Gaulle se refería en su discurso de 1967 a la libertad de una comunidad política, nosotros utilizamos esta palabra con más frecuencia para describir la libertad de un individuo.
La libertad puede ser vista desde distintos ángulos. Dos versiones de la misma palabra son la libertad individual y la libertad nacional. Sus significados, como veremos más adelante, inciden sobre la reflexión federal.



En un ensayo de 1819, Benjamin Constant distingue entre la libertad de los antiguos y de los modernos. La primera, dice el autor, “consiste en ejercer colectivamente pero de forma directa varias partes del conjunto de la soberanía”. Constant constata como los antiguos creían que era compatible la libertad colectiva y la completa sumisión del individuo a la autoridad del conjunto de individuos.
La libertad moderna es, sin embargo, una cosa bien distinta. Se fundamenta en la capacidad, reconocida a todos los individuos en igualdad de condiciones, a actuar de acuerdo a sus propios deseos. Se define como un espacio donde todos pueden ejercer su libre albedrío.
Al lado de esta libertad individual moderna se sitúa la llamada “libertad nacional” que tiene que ver con un fenómeno distinto: algunos hombres no tienen la sensación de ser libres si sus líderes no pertenecen a su misma raza o comparten una misma lengua. En este sentido, la concepción de libertad nacional se encuentra mucho más cerca a lo que Benjamin Constant consideraba la libertad de los antiguos.
Estas dos concepciones de la libertad- individual y nacional- se encuentran en el origen de todas las teorías políticas e identitarias caracterizadas por su carácter monista, lo cual, tiene consecuencias a la hora de pensar el federalismo.

En la concepción nacionalista, el individuo deja de estar reducido a la condición de simple sujeto de derechos. Su identidad, y por lo tanto, el espacio donde puede ejercer su libre albedrío, queda determinado por su herencia cultural


En la “libertad nacional”, la nación se moviliza para garantizar la independencia del grupo en contra de la amenaza planteada por “los otros”. En lugar de hablar de “libertad nacional”, algunos prefieren a menudo términos como “soberanía nacional” y “autodeterminación” que tienen en común la capacidad de borrar la dimensión relacional de los conflictos sociales y políticos.
Una vez transformadas en “derechos” - o “en soberanía indivisible” – las reivindicaciones nacionalistas requieren la entrega total del adversario. La nación, para aquellos que así la conciben, trasciende la abstracción cívica porque hunde sus raíces en una historia y una cultura singulares. El individuo deja de estar reducido a la condición de simple sujeto de derechos. Se convierte por encima de todo en el producto de esta historia y esta cultura. Su identidad, y por lo tanto el espacio donde puede ejercer su libre albedrío, queda determinado por esta herencia.
El precio que se paga frecuentemente con esta concepción es que todo aquello que se quiere proyectar en nombre de la libertad individual, más allá de la frontera identitaria, es calificado de no-auténtico.

Uno de los problemas que plantea el nacionalismo es que como su finalidad es garantizar la cohesión de un grupo cultural en particular, pone énfasis en las diferencias y no en los aspectos que les unen con otros grupos que son las que dan origen a la solidaridad


 El nacionalismo plantea varios problemas. Uno de ellos es que como su finalidad es garantizar la cohesión de un grupo cultural en particular, pone énfasis en las diferencias culturales que surgen de la historia común del grupo y no en los aspectos que les unen con otros grupos que son las que dan origen a la solidaridad.
Desde mi punto de vista, el enfoque nacionalista no da respuesta a la realidad que es una cosa mucho más compleja. Si aceptamos que la identidad de una persona no es un recipiente con los bordes bien definidos sino más bien un espacio donde se superponen una serie de registros. Y reconocemos que estos registros no se movilizan todos en el campo político, que muchos de ellos pueden predisponer a un individuo a pertenecer a más de una comunidad política, es el momento de abrir la puerta a la reflexión federal.
La mayor fuerza del federalismo es que, a diferencia del nacionalismo, apela a seres humanos y no a superhombres. Abraham Lincoln ya decía que el mayor mérito del federalismo es que no nos idealiza, nos acepta a todos con nuestros defectos y nuestras cualidades.
El pensamiento federal se basa en una antropología moral que reconoce al sujeto la capacidad de tomar decisiones, de cambiar de opinión si lo desea y de hacer todo eso sin ser acusado de negarse a sí mismo. Admite que la elección de los sujetos, sin estar totalmente determinada por el contexto, tampoco es impermeable a él.
http://www.droit.umontreal.ca/professeurs_personnel/corps_professoral/jean.leclair.html
El federalismo reconoce la importancia de multiplicar las comunidades políticas. Constata también que una comunidad puede estar compuesta no sólo por una pluralidad de identidades monistas, distintas las unas de las otras,  sino también por identidades superpuestas, identidades verdaderamente plurales en su esencia. Si aceptamos esto, podemos concluir también que no hay nada raro en que en el ejercicio de su libertad individual, el sujeto abrace una doble o triple pertenencia identitaria.

El pensamiento federal trata no sólo de considerar seriamente la gestión de las diferencias sino que también trata de estructurar las relaciones políticas para que las partes estén obligadas a entender el principio de solidaridad


En otras palabras, el principio federal trata de pensar y institucionalizar la relación compleja, y a veces tensa, que existe entre la libertad individual y la libertad  nacional.
El federalismo obliga a todas las partes a considerar el alcance y los límites del poder de forma simultánea. Cierra el paso a cualquier pretensión totalizadora. Y es por eso que si concebimos la libertad individual como un atributo del sujeto, como un espacio donde cada uno puede ejercer su libre albedrío, el federalismo parece ser una forma política menos restrictiva que el nacionalismo.
Debido a su dimensión simbiótica, la identidad nacional tiende a absorberlo todo, a dictar más que proponer. El pensamiento federal, en cambio, trata no sólo de considerar seriamente la gestión de las diferencias sino que también trata de estructurar las relaciones políticas para que las partes estén obligadas a entender el principio de solidaridad.
Algunos de los principales teóricos del federalismo, como Alexis de Tocqueville o Alexander Hamilton, estaban convencidos que el compromiso de los ciudadanos con su administración local sería siempre más fuerte que los lazos que los unen con la administración central. No concibieron el principio federal como una manera de gestionar las diferencias culturales. Los Estados Unidos tuvieron que pasar por una sangrienta guerra civil antes de darse cuenta del potencial que tenía el federalismo como modelo de convivencia.
Sin embargo, si la federación canadiense perdura, puede deberse a que los quebequenses y los canadienses angloparlantes no creen que la cultura sea una túnica cortada de una misma pieza de tela. O quizás no creen que esta cultura merezca ocupar todo el espacio político. Es posible que dentro del ejercicio de su libertad individual, jerarquicen de forma distinta a como algunos desearían sus múltiples señas de identidad. La democracia, y más aún, la eficiencia económica, son probablemente preocupaciones más importantes para ellos.


*Traducción y edición de Beatriz Silva. Para un análisis más en profundidad del tema, consultar el artículo de Jean Leclair 'Vive Le Québec Libre !' Liberté(s) EtFédéralisme, 3 Revue Québécoise de Droit constitutionnel, 2010.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Federalista per eliminació (Per Siscu Baiges)

Quan vaig escoltar que els independentistes deien que els federalistes no existien, vaig pensar que era el moment de fer-se’n. Quan deien que a Espanya no hi havia federalistes, vaig pensar que era el moment de buscar-los. Quan els independentistes diuen que el federalisme és impossible perquè no sabem amb qui federar-nos, vaig començar a dibuixar mapes d’una hipotètica Espanya federal


“Tu ets federalista per aturar l’independentisme”, em diuen alguns interlocutors convençuts de la causa secessionista. Tenen part de raó. Temps enrere mai no m’hauria plantejat que ser federalista fos un dels trets que em defineixen. De fet, quan CiU era nacionalista en comptes d’independentista, ni tan sols m’agradava el mot “catalanista” per identificar-me, contràriament a moltes persones del meu entorn que creien que així es diferenciaven dels convergents.
Els “ismes” atribuïts a territoris, sigui ciutats, comunitats o països, em sonen a antipàtics, creguts i insolidaris. Només els trobo tolerables quan es refereixen a l’esport i es plantegen com un joc del qual tothom en coneix les limitacions i frivolitat. “Viva el Betis manque pierda” és la síntesi perfecta d’allò que vull dir. S’és del Betis i tant li fa que jugui bé o malament, que guanyi o perdi, que estigui a Primera o a Segona Divisió. És una opció personal, quasi infantil. Per riure i treure’s l’estrés del damunt.   
A més, pateixo una malaltia congènita, diagnosticada pel meu pare quan ja era un marrec, que em porta a anar en contra sistemàticament dels corrents majoritaris. Novament, l’esport és l’única excepció en aquesta dinàmica. Tota la vida he estat culer i tot i la seva dependència actual d’una dictadura àrab continuo patint cada cop que anuncien els resultats del Barça en qualsevol competició. Crec que assoliré la maduresa definitiva el dia que trenqui el carnet blaugrana que mai no he tingut.

Això del federalisme sempre m’havia sonat a antiquat. Als llibres o reportatges sobre la història de Catalunya que ens parlaven de gent que havia viscut molts anys enrere, liderats per Pi i Margall


Potser això permet entendre perquè quan des de les altes instàncies polítiques i mediàtiques del país se’ns commina a fer-nos independentistes, jo m’hi posi d’esquena. Però, en girar-nos ens trobem que l’altra cara de la moneda són els que fan bandera de l’espanyolisme, per convicció o per guanyar vots. Si no puc ser ni espanyolista ni independentista, què em queda?
I en això van arribar els federalistes. A mi, això del federalisme sempre m’havia sonat a antiquat. Als llibres o reportatges sobre la història de Catalunya que ens parlaven de gent que havia viscut molts anys enrere, liderats per Pi i Margall. La història sempre m’ha semblat una trampa que serveix per legitimar actituds polítiques que, sovint, pensen més en la rendibilitat electoral que en el futur i les necessitats de la majoria de la població. Cadascú et parla dels seus historiadors bons, els que interpreten el que va passar anys enrere de forma correcte. Ho sintetitzava “El Roto” en l’acudit on es llegia: “Historiador, la teva pàtria et crida”. El gran Jaume Sobrequés és l’exemple viu d’aquest model d’historiador que em fa malfiar d’aquesta branca del coneixement.
Amb el pas del temps he anat trobant coincidències amb la gent que es mou en els cercles “federalistes”. Quan vaig escoltar que els independentistes deien que els federalistes no existien, vaig pensar que era el moment de fer-se’n. Quan deien que a Espanya no hi havia federalistes, vaig pensar que era el moment de buscar-los. Quan els independentistes diuen que el federalisme és impossible perquè no sabem amb qui federar-nos, vaig començar a dibuixar mapes d’una hipotètica Espanya federal.

Una estudiant em demanava fa un temps quants diners representaria per Catalunya federar-se amb Espanya. Una professora li deia que la independència portaria a Catalunya un regal anual de 16.000 milions d’euros. No puc quantificar el federalisme en euros. A partir de quina quantitat un independentista acceptarà que “Espanya ja no ens roba”?


I així arribem al moment actual. Quan algú em pregunta si sóc federalista, primer faig una ganyota de no saber què respondre; després puntualitzo que l’independentisme i l’espanyolisme em semblen dues actituds insolidàries i egoistes. Tot seguit passo a la vessant positiva i dic que jo entenc el federalisme com la voluntat d’agermanar persones i comunitats, d’avançar en la millora del benestar de les persones, de totes les persones, de resoldre les tensions entre col.lectius, comunitats i països, combinant solidaritat i justícia,...
Una estudiant em demanava fa un temps quants diners representaria per Catalunya federar-se amb Espanya. M’insistia en demanar-me una xifra perquè una professora li exigia i li deia que la independència portaria a Catalunya un regal anual de 16.000 milions d’euros. L’únic concret que li vaig saber dir és que la seva professora es fiava massa dels càlculs que fan els independentistes. No puc quantificar el federalisme en euros. A partir de quina quantitat un independentista acceptarà que “Espanya ja no ens roba”?
Ja sé que els meus arguments no convenceran ningú. No estan pensats per això. Si algú m’ofereix una altra etiqueta per identificar-me, que m’allunyi tant de la insolidaritat dels independentistes com de la dels centralitzadors, potser la compro. De moment, tinc aquesta. I m’agradaria poder tenir una bandera de referència per penjar-la al balcó entre tantes estelades i alguna que altra bandera espanyola i catalana. Però em diuen els meus amics federalistes que a nosaltres no ens agraden les banderes.

I segurament tenen raó!

domingo, 22 de diciembre de 2013

Federalisme vs. independència: costos de transacció i aspectes distributius (Per Francesc Trillas)

Els costos de transacció un cop s’ha decidit avançar fermament cap a la independència, poden fer que no s’obtinguin guanys socials nets de la separació fins al cap d’uns cinquanta anys. En canvi, l’alternativa federal, tant a Espanya com a Europa, permet una evolució amb uns costos de transacció molt menors, incloent una menor incertesa, pel fet de poder evolucionar-hi des de les institucions actuals, tant autonòmiques a Espanya com d’unió embrionària a Europa



El federalisme no és una tercera via, és la primera via, és l’única via transitable per organitzar la nostra convivència, almenys dintre de la Unió Europea i la zona euro. Una reforma constitucional a Espanya seria un acompanyament molt útil, i s’haurà d’acabar produint, encara que avui és difícil perquè els nacionalistes d’aquí i allà prefereixen no resoldre el problema. Però ningú creu seriosament, em sembla, que es pugui avançar legalment en les necessàries reformes institucionals sense un aprofundiment federal de l’estat de les autonomies i sense una Europa que avanci cap a un model més federal que intergovernamental: una Europa unida i democràtica sense fronteres que esdevingui un estat federal europeu.



El concepte de costos de transacció ajuda a entendre per què, quan els independentistes en països desenvolupats han de concretar la seva proposta, en realitat molts d’ells acostumen a acovardir-se, i quedar-se en conceptes ambigus (especialment a Europa i el món globalitzat d’avui) com la “sobirania plena”, o la creació d’un “estat” de definició imprecisa, o l’original “separar-nos per després unir-nos”. Els costos de transacció són els que es deriven d’arribar a acords i fer-los complir, i de reformar les institucions que governen les relacions humanes en els seus aspectes formals i informals. És un concepte que va desenvolupar el gran economista britànic recentment desaparegut Ronald Coase, i que el politòleg Robert Young ha aplicat als debats secessionistes en països democràtics com Canadà.
Young argumenta que, incloent els costos de la incertesa sobre allò que succeirà en el futur, a la qual condueix la necessària ambigüitat dels sobiranistes, els costos de transacció un cop s’ha decidit avançar fermament cap a la independència, poden fer que no s’obtinguin guanys socials nets de la separació fins al cap d’uns cinquanta anys. En canvi, l’alternativa federal, tant a Espanya com a Europa, permet una evolució amb uns costos de transacció molt menors, incloent una menor incertesa, pel fet de poder evolucionar-hi des de les institucions actuals, tant autonòmiques a Espanya com d’unió embrionària a Europa. 
Un nou senat, competències blindades, multilingüisme, mecanismes transparents de finançament basats en regles automàtiques i no en la discrecionalitat, són reformes ambicioses que cal introduir, però que no generen la incertesa institucional de no saber quins països reconeixeran el teu passaport, de no saber quines institucions es faran servir per pagar la teva pensió, o de no saber quins tractats internacionals garantiran la seguretat del teu país. A Europa, unió bancària, tresor federal, unió fiscal, govern i president europeus (per exemple, que el president de la Comissió i del Consell siguin la mateixa persona, elegida pel Parlament Europeu), serien grans avenços, però factibles, amb menys costos de transacció associats que una cascada de secessions.


Un nou senat, competències blindades, multilingüisme són reformes ambicioses que no generen la incertesa institucional de no saber quins països reconeixeran el teu passaport, de no saber quines institucions es faran servir per pagar la teva pensió, o de no saber quins tractats internacionals garantiran la seguretat del teu país


Per això les alternatives secessionistes troben grans dificultats quan han de clarificar la seva ruta, i quan arriba l’hora de la veritat sembla que molts d’ells s’arronsen, demanant “sobirania” en comptes d’independència en alguns casos (Canadà), o elaborant projectes “independentistes” que inclouen no canviar de cap d’estat, ni de moneda, ni de televisió pública (com en el cas escocès). O que plantegen separar-se per tornar-se a unir ràpidament (l’últim invent dels assessors d’Artur Mas).
Els costos de transacció són tan grans, que quan els promotors es veuen obligats a revelar els detalls del seu projecte, resulta que la independència no és gaire independent, i en realitat els costos rellevants no acaben sent els de la independència, sinó els de fer bullir l’olla a una pressió més o menys controlada si pot ser durant dècades, cosa que ja va bé a les dretes d’un costat i l’altre per amagar desigualtats i corrupcions. I en aquest bullir l’olla l’efecte fonamental és la divisió o en casos extrems la desaparició de l’esquerra. I per tant la continuïtat de polítiques de dretes, a Catalunya per exemple les polítiques nefastes de Boi Ruiz o Irene Rigau, o la continuïtat de pressupostos regressius, com ens recordava Guillem Martínez. Una part molt important dels votants d’esquerres a Catalunya no recolzaran mai la independència per raons culturals i socials d’afinitat amb Espanya. En aquest sentit, el de facilitar la divisió de l’esquerra potencialment majoritària, l’efecte redistributiu del moviment independentista és enormement regressiu. La dreta també es divideix, perquè també té afinitats culturals diverses, però la dreta social en una societat industrialitzada és habitualment minoritària, i el que hi perd amb la seva divisió ho guanya amb escreix amb la divisió de l’esquerra.


A Catalunya el procés sobiranista perjudica als sectors populars perquè impedeix l’articulació d’una majoria d’esquerres que apliqui programes de progrés sostenible en l’únic context on és avui això possible, que és el context europeu. Nacionalisme i socialisme no lliguen



Ho fan no conscientment potser, sinó d’una forma evolutiva i adaptativa, però pels detalls que donen de la independència quan no tenen més remei, molts líders independentistes (a Catalunya, Quebec i Escòcia) sembla que troben més útil el moviment i el procés que la independència en si, com ha argumentat brillantment Jordi Soler. Per això crec que aquells que des de l’esquerra de bona fe s’afegeixen al procés (demanant una consulta ex-ante sense que hi hagi un projecte elaborat darrera els conceptes que es plantegen a l’electorat, o proclamant sobiranies) en realitat fan el joc a erosionar l’esquerra. I també sense saber-ho fan el joc a erosionar els objectius compartits del catalanisme: bàsicament, preservar la cultura catalana de la qual la llengua n’és el component principal, amb el suport de persones d’altres orígens culturals, i modernitzar Espanya amb la vista a Europa. Els eixos nacional i social no són ortogonals (és a dir, no són independents l’un de l’altre: l’eix nacional és social). En altres processos secessionistes pot no ser així (com a l’Índia), però a Catalunya el procés sobiranista perjudica als sectors populars perquè impedeix l’articulació d’una majoria d’esquerres que apliqui programes de progrés sostenible en l’únic context on és avui això possible, que és el context europeu. Nacionalisme i socialisme no lliguen, li va dir Einstein a Campalans en una visita a Catalunya. En això, és a dir, pel que fa a la divisió de l’esquerra i l’efecte boomerang per al catalanisme, els costos del federalisme (desenvolupant la idea d’unió en la diversitat i de govern compartit, a Espanya i Europa) no sols són menors, sinó inexistents.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Federalismo en el Estado de bienestar (Borrador para amigos) (Por José Luis López Bulla)

El Estado de bienestar fue una conquista itinerante, especialmente de las izquierdas sociales y políticas, en el marco del Estado nacional y en el contexto de la empresa taylorista-fordista, que hoy están en profunda crisis. El federalismo necesita un programa de Estado de bienestar


Posiblemente uno de los escenarios que pueden darle mayor credibilidad social al federalismo sea el tratamiento que se le dé al Estado de bienestar. Un federalismo que no aborde tan importantísima cuestión deviene música celestial, y no será, como afirmaba Hegel, «una bandera en la cabeza de la gente». El tema es de la mayor importancia precisamente en estos momentos de concienzudo y sistemático ataque al Estado del bienestar y al conjunto de bienes democráticos que representa. Un ataque que está provocando, de un tiempo a esta parte, una reacción general de protesta en toda la piel de toro.    



Es obvio que el federalismo necesita un programa de Estado de bienestar. Ahora bien, a mi entender, es imprescindible situar una discusión previa acerca de los prerrequisitos o precondiciones de ese programa federalista. Por esta razón: el Estado de bienestar fue una conquista itinerante, especialmente de las izquierdas sociales y políticas, en el marco del Estado nacional y en el contexto de la empresa taylorista-fordista, que hoy están en profunda crisis. Por otra parte, los elementos más potentes  del Estado de bienestar tenían una fuerte característica centralista, sin que este adjetivo tenga en esta ocasión una connotación despectiva.
Así las cosas, no se puede elaborar un programa federal de welfare sin tener en cuenta que: 1) los federalistas no estamos por un Estado centralista; 2) el gigantesco cambio de paradigma que llamaré, por pura comodidad, postfordista; 3) la reconstrucción del Estado de bienestar tras la desestabilización que están produciendo las políticas neoliberales, así las del Partido Popular (PP) como, aquí en Catalunya, las del gobierno de Convergència i Unión (CiU). En resumidas cuentas, los federalistas no podremos elaborar un programa de welfare –teniendo en cuenta que un programa no es un zurcido de retales varios--  si no nos aclaramos antes en los prerrequisitos. Hablando en plata: no se trata de proponer una “plataforma reivindicativa” y, a continuación, ver de qué manera encaja en el proyecto federalista. Porque eso sería algo parecido a trazar las calles e inventarse después qué tipo de urbanismo requiere la ciudad. Peor todavía, obviando la compatibilidades de las calles entre sí y de todas ellas con el proyecto de urbanismo.
Seamos claros: se trata de abordar la crisis del Estado de bienestar como expresión de la crisis que pone en discusión no sólo el eje de poderes públicos, estatales y privados, sino también la consecución de determinados objetivos de política económica y fundamentalmente el conjunto de mecanismos que presiden la relación entre Estado y economía, entre economía y sociedad, entre la sociedad y las instituciones. Y, más todavía, la relación entre economía y cuestión medioambiental. En suma, no empecemos la casa por el tejado.  
Una última consideración: en la construcción de ese «urbanismo federal» deberían participar el mayor número de sujetos sociales,  políticos y del mundo de los conocimientos humanistas y técnicos.